Hijos dorados XXXIV #3
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XXXIV #3

—Es complicado. —Quiso dejarlo allí, no hurgar más en la herida.

Pero algo en ella hizo que diera rienda suelta a sus emociones—.

Por un lado, me duele que me haya mentido.

Pero, por otro, ¿quién soy yo para achacarle nada si he hecho lo mismo?

Y lo de Connor… —Vera negó con la cabeza, todavía incapaz de asimilar lo que les había revelado Charles, lo que Connor les había estado escondiendo—.

¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Fingir que no ha pasado nada?

Roman permaneció en silencio, esperando a que Vera continuara. Porque no, no había acabado.

—Y para colmo, Greenberg de que sus amigos descubrieran que, en un principio, se había acercado a ellos por interés.

El miedo al pensar que iba a perderlos y el alivio al ver que no (o eso creía).

La frustración al no entender lo que pasó con Nathalie, el temor al enterarse de que se parecía a ella y de que, quizás, ese era el único motivo por el que sus amigos la querían.

—Uno, dos, uno, dos.

Izquierda, derecha, izquierda, derecha.