Hijos dorados XXXIV #2
70%

XXXIV #2

Los ojos de Roman se oscurecieron y todo su cuerpo se encogió levemente, como si un gran peso se acabara de depositar sobre él.

—No lo sé. Huyó de casa cuando yo tenía diez años.

Vera sintió una punzada en el pecho, pero supo que aquello no debía de ser nada en comparación con el dolor de Roman.

—No la culpo —añadió el chico—. Yo hubiera hecho lo mismo en su situación. Stefano… es un monstruo, Vera. No quieres saber lo que sufrió mi madre a su lado.

—Te abandonó. —Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera retenerlas.

Roman se encogió de hombros, como resignándose ante aquel hecho.

—Creo que en algún momento se planteó llevarme con ella.

Carter, él siempre ha sido como Stefano.

Ya desde pequeño podías ver cómo buscaba cualquier excusa para pegarnos a mis primos o a mí, para lanzarse sobre cualquier persona o animal.

Era evidente que el camino de Carter era convertirse en Stefano.

Pero el mío no. —Depositó otra tortita sobre el plato y siguió cocinando, hablando—.

Y mi madre lo sabía. Supongo que al final tuvo que escoger entre salvarse o permanecer al lado de Stefano por el resto de su vida.

No la culpo —repitió—. Estoy seguro de que, si se hubiera quedado, habría acabado muerta a manos de ese hijo de puta.

Pero, para Vera, aquello no era suficiente.

No dudaba de que la madre de Roman hubiera vivido un infierno al lado de Stefano (Dios, se compadecía de la mujer y no podía llegar ni a imaginar el dolor que debería de haber soportado durante tantos años), pero no le cabía en la cabeza cómo había podido dejar atrás a su hijo.

No conocía la historia de Roman, ni mucho menos, pero si de una cosa estaba segura era de que el chico había sufrido a manos de su padre.

Y todavía seguía sufriendo.

—Eh, eh, Vera. —Roman la sostuvo por los hombros y la miró a los ojos—.

No llores. —¿En qué momento había empezado a llorar?

—. Lo que te cuento pasó hace mucho tiempo.

Entiendo por qué mi madre se fue y, créeme, hace tiempo que hice las paces con su decisión.

Me alegra saber que consiguió escapar de toda la mierda que rodea a mi familia.

Me alegra pensar que, esté donde esté, ahora ya no vive aterrorizada.

—Eso no cambia la realidad, Roman. Te abandonó. Te dejó atrás. Eras un niño.

Roman exhaló un largo y pesado suspiro, tras lo cual la soltó. Dejó caer su cuerpo sobre la encimera y se apretó el puente de la nariz con visible fuerza.

Y entonces Vera lo vio: el cansancio, el dolor, la pena. ¿Cómo había estado tan ciega? Era evidente que a ese chico lo rodeaba un aura de tristeza. Hasta ese momento no había sido consciente de ello, pues la enmascaraba de forma hábil con indiferencia y frialdad.

Todo el mundo lo consideraba arrogante, superficial y agresivo. Pero eso era una falacia, un personaje que se había creado para proteger su verdadero yo. La realidad era otra: Roman no era nada más que un niño maltratado y abandonado, un joven obligado a jugar unas cartas que nunca había querido.

—No voy a quedarme por mucho más tiempo.

—Roman se había cruzado de brazos—. Sí, mi madre se marchó sin mí.

Pero eso me sirvió para darme cuenta de que había una escapatoria, una forma de huir de Stefano.

Y si mi madre lo había conseguido, yo también.

Solo era cuestión de tiempo. —Hizo una pausa, tras lo cual la atravesó con la mirada—. Solo es cuestión de tiempo.

—¿Qué quieres decir?

—Que no voy a seguir siendo el perro de Stefano.

De pronto, el terror paralizó a Vera.

—Estás diciendo que… Quieres decir… ¿Te marchas?

Se imaginó al chico, saliendo por la puerta de su casa, para nunca volver.

Con una maleta en cada mano, dispuesto a empezar de cero.

Y se vio a ella, quedándose atrás, resignándose a seguir sin él.

La imagen la llenó de una tristeza y una sensación de soledad desagradables.

Es más, le dio ganas de romper algo. O a alguien.

—No. —Roman volvió a los fogones—. No sé cómo lo hizo mi madre, pero desaparecer así, de un día para otro…

No quiero ni imaginarme la paranoia que debió de sentir los primeros meses.

Temiendo que la encontraran y la encarcelaran de nuevo.

Porque Vera, tendrías que haber visto a Stefano cuando se enteró de que mi madre había escapado.

Decir que se volvió loco se queda corto.

—Sacudió la cabeza, como intentando arrojar de sí esos pensamientos—.

No. Yo no podría soportar esa sensación.

El no saber si me va a encontrar, si me está vigilando.

Si corto lazos con Stefano y mi familia…

quiero asegurarme de que sea en mis términos y que nunca van a poder volver a por mí.

Roman depositó la última tortita en el plato. Lo alzó, satisfecho, mostrándole a Vera su creación.

—Espero que tengas hambre, porque he hecho unas cuantas.

—No hacía falta —murmuró Vera mientras se dejaba guiar por Roman hacia la mesa del comedor, donde dos tazas de café descansaban sobre unos posavasos de cuero —. Si te hubieras esperado te habría ayudado.

Vera se sentó y agarró la taza de café con leche como si le fuera la vida en ello, deseando que el chico no hubiera leído entre líneas y comprendido el verdadero significado detrás de sus palabras.

Pero era Roman, por supuesto que lo había entendido. Por eso se quedó de pie, de brazos cruzados, mirándola con una ceja enarcada, escéptico.

—No pensarás que he bajado a la cocina porque no quería estar contigo en la cama, ¿no?

Bueno, esa sí era una forma directa de abordar la situación, pensó Vera.

—Porque no es eso, Vera. Me he despertado pronto.

—Eso ya lo has dicho. —Le dio un sorbo a su café.

—¿Entonces?

¿De verdad tenía que explicárselo? ¿De verdad iba a obligarla a expresar sus inseguridades en voz alta?

Al parecer, sí.

Ahora fue Vera quien se apretó el puente de la nariz, frustrada y avergonzada por la situación en la que se había metido.

—Entonces, podrías haberme despertado y no dejarme allí tirada como una más.

Ya está, ya lo había dicho. Dios, se sentía como una adolescente con las hormonas revueltas. Además, qué se suponía que hacía preocupándose por lo que fuera que estuviera pasando entre Roman y ella en lugar de atender la cantidad de preocupaciones que tenían encima y…

Unas manos frías se posaron sobre sus mejillas, deteniendo el bucle de pensamientos.

—Mírame, Vera.

Y eso hizo.

—No eres una más. Lo siento si te he hecho pensar lo contrario. No lo eres.

Y como para demostrarlo, la besó.

No fue un beso atropellado ni ansioso, como los que habían compartido la noche anterior, tanto en el bosque como en su habitación.

No.

Ese beso fue diferente. Profundo y cargado de significado.

Era como si Roman le estuviera diciendo con sus labios que lo que había pasado entre ellos era importante, que ella no era una conquista más de una larga lista, sino alguien especial.

Que para él, ella era especial.

Y Vera escogió creerlo.

Así que se forzó a enterrar sus dudas y miedos.

Al menos por el momento.

—Más te vale que las tortitas estén buenas —dijo mientras pinchaba una y la colocaba en su plato. Roman le ofreció sirope de arce y nata. Vera aceptó la nata, mascullando que los estadounidenses no sabían comer panqueques, porque lo mejor era untarlos con dulce de leche.

—Van a ser las mejores que has probado. —Roman le guiñó un ojo y le dio un largo sorbo a su café.

—Eso tendremos que verlo. —Se llevó un trozo a la boca y lo saboreó y…—. Guau, vale. Tengo el presentimiento de que estoy cavando mi propia tumba al decir esto, pero… están increíbles.

—Jamás vuelvas a dudar de mis habilidades en la cocina.

—No lo haré.

La siguiente hora la pasaron charlando de todo y de nada.

Simplemente disfrutando el uno del otro.

Vera le preguntó sobre boxeo y se interesó por entender cómo funcionaba el deporte y por qué Roman parecía disfrutarlo tanto.

Roman se lo explicó al detalle y le propuso ver alguna pelea juntos en la televisión más tarde, a lo que Vera asintió porque sí, deseaba quedarse con él.

Si por ella fuera, congelaría el tiempo y se quedaría en casa de Roman toda la vida. Así, vestida con nada más que su camiseta, comiendo tortitas hasta la saciedad, ignorando la realidad.

Ignorando que hacía unos meses lo primero que hubiera hecho al despertarse en la cama de un chico habría sido llamar a su hermana para contárselo, que su futuro cada vez parecía más incierto, que no tenía claro si estaba enfadada con Connor y Blythe o, por el contrario, si los entendía.

Ignorando que la noche anterior podría haber matado a un chico y lo único que le preocupaba era asegurarse de que le hubiera hecho daño de verdad, que el despacho en el que soñaba con trabajar desde hacía años estaba lleno de criminales, que Charles se había convertido en un desconocido.

Ignorando que todavía no sabía lo que había pasado con Nathalie y que estaba casi segura de que era una historia de esas que, una vez contada, se convertía en una pesadilla.

Pero Vera sabía que aquello, el desayunar tortitas y charlar y mirar la televisión, era solo un paréntesis, un tiempo muerto; un descanso antes de que se vieran obligados a volver a poner los pies sobre la tierra y afrontar todos los hechos que habían estado obviando.

En efecto, la paz se rompió cuando el móvil de Vera sonó por segunda vez aquella mañana.

El tañido llegó desde la habitación de Roman.

—¿No deberías responder? —preguntó el chico al ver que Vera no hacía ningún gesto de levantarse.

—No —contestó, seca. Y después añadió—: Supongo que es Blythe, llamando otra vez.

—No quieres hablar con ella.

No, no quería. Porque no sabía cómo afrontar lo que había pasado la noche anterior.