Hijos dorados XXXIV
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XXXIV

El sonido de su móvil, agudo y molesto, consiguió arrebatarle los últimos vestigios de sueño que la separaban de la realidad.

Vera desenterró el brazo del cálido y pesado edredón y palpó la mesita de noche en busca del dispositivo. No lo encontró; algo raro, porque cada noche se aseguraba de depositarlo sobre la superficie de madera.

Quizá se había caído al suelo.

Abrió los ojos, dispuesta a buscar el móvil, y fue entonces cuando se dio cuenta: no se encontraba en su habitación, en casa de Blythe. Aquella no era su cama ni sus sábanas ni su pijama.

Imágenes de la noche anterior empezaron a bombardearla sin consideración ni compasión. El Baile de Navidad, la llegada de Charles, las mentiras, el miedo, ella corriendo por el bosque, Roman, Roman, Roman, el miedo otra vez, el deseo, Roman, Roman, Roman…

Estaba en casa de Roman.

Ese era el motivo por el que su móvil descansaba dentro de su pequeño bolso negro en la mesa baja que había frente a la chimenea en lugar de en la mesita de noche.

Se había visto obligada a dejarlo allí después de que Roman la agarrara por la cintura con ambas manos, la guiara hasta uno de los sillones frente al fuego y empezara a cubrirla de besos y bajarle la cremallera del vestido.

«Roman».

«Dime».

«Quiero ir a tu casa».

«Entonces, vendrás a mi casa».

Recordó las palabras que le había confesado al chico, hacía apenas unas horas.

Sí, había sido ella la que le había insinuado que quería pasar la noche en su casa.

Y no solo porque necesitara evitar a Blythe y todo lo relacionado con ella (al menos de momento), sino también porque, genuinamente, había querido estar con él.

Pese a todo lo que había sucedido, el mero pensamiento de separarse de él le había producido un pavor que nunca, nunca , había experimentado.

¿Sentiría Roman lo mismo que ella? ¿Ese deseo? ¿Esa necesidad de absorberlo todo de él? Su aroma, su piel, su mirada, sus pensamientos, su pasado, presente y futuro.

Con cuidado de no moverse de forma brusca, se giró hacia el otro lado de la cama. Quería hallar la respuesta a aquellas preguntas en los ojos verdes de…

¿Dónde estaba Roman?

Confundida, el corazón empezando a desbocársele por los mil motivos por los cuales el chico podría haber abandonado la cama, se incorporó.

Se descubrió, dejó el grueso edredón a un lado (el lado en el que tendría que haber estado Roman) y caminó descalza hasta la mesa frente a la chimenea. Comprobó la hora en el móvil: las nueve menos veinte de la mañana.

Tenía una llamada perdida de Blythe, de hacía unos cinco minutos. Así que el sonido que la había despertado había sido su amiga, que quería hablar con ella.

¿Cómo se suponía que tenía que actuar? ¿Devolviéndole la llamada? ¿Fingiendo que no la había visto?

Volvió a depositar el móvil encima de la mesa y decidió que solucionaría los problemas uno por uno.

Y el primero es averiguar dónde está Roman y por qué ha salido de la cama tan pronto, sin decirme nada , pensó mientras entraba en el baño del chico, oculto tras una puerta corredera en una esquina de la habitación.

Se miró al espejo. Tenía el rímel y el delineador corridos por lo mucho que había llorado en el bosque y después en el prado, cuando Roman se había lanzado contra los tres chicos que los habían sorprendido en medio de la noche y ella había decidido golpear la cabeza de Mark Tahoe con una piedra.

Podría haberlo matado.

Tumbados en la cama tras mantener el sexo más espectacular que Vera había mantenido en su vida, Roman le había asegurado que todo estaba bien, que ni Mark Tahoe ni sus amigos habían sufrido heridas importantes y que no dirían nada porque hacerlo implicaría incriminarse también a ellos, algo que nos les convenía.

En la carrera de fondo que era conseguir la Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes cualquier tipo de comportamiento problemático implicaba una descalificación automática.

Y Mark Tahoe, le había recordado Roman, quería la beca tanto como ellos.

Vera no le había confesado lo que le había pasado por la cabeza en ese momento: que su preocupación no era haber herido al idiota de Mark Tahoe, sino darse cuenta de que, en el fondo, desearía haberle dado más fuerte.

Ojalá lo hubiera enviado al hospital , se sorprendió a sí misma pensando mientras se lavaba la cara con un poco de jabón de manos y optaba por hacerse un moño alto para controlar el manojo de enredos que era su pelo. No sabía si Roman tenía un cepillo y no quería empezar a rebuscar en sus cajones.

Pensar en el chico la llevó a pensar, otra vez, en cómo se había sentido al estar con él. Era como si su cuerpo no hubiera tenido suficiente y necesitara recrearse en la imagen de estar encima de él, debajo de él, entre las sábanas, sobre el sillón, contra la pared.

Su piel se incendió.

Necesitaba más.

Lo necesitaba.

Tal vez fuera mejor que Roman no estuviera allí, en la habitación, porque Vera no tenía dudas de que, de estar presente, se habría abalanzado sobre él.

Pero ¿y si Roman no pensaba lo mismo? Al fin y al cabo, y pese a sus veintitrés años, Vera no era la persona más experimentada.

Y por lo que había podido comprobar esa noche…

Roman era todo lo contrario. ¿Y si ella era la peor chica con la que había estado?

¿Y si ya no quería tocarla? ¿Qué cosas debía de haber hecho con Nathalie?

¿Realmente se había acostado con Nathalie, o solo era algo que Tahoe y los demás habían dicho para provocarlo?

¿Y si solo se había acostado con ella porque le recordaba a Nathalie?

Detente.

Forzó la palabra a través de todas las inseguridades que, de pronto, habían salido de su escondite, dispuestas a joderle la cabeza.

Abandonó la habitación vestida solo con la camiseta negra que Roman le había dado como pijama y que le llegaba por encima de las rodillas.

El aroma a café recién hecho y algo dulce la invadió en cuanto empezó a bajar las escaleras.

Roman se encontraba en la cocina, vestido con una camiseta verde oscuro y con las palabras Cornell Boxing estampadas en blanco y unos pantalones de chándal grises.

Estaba de espaldas a ella, frente a los fogones, cocinando algo que, por el olor, parecía…

¿tortitas? ¿Roman Cagliari, el misterioso jugador de boxeo, sabía cocinar tortitas?

La escena consiguió que su corazón se encogiera.

Intentando no hacer ruido, porque era una cobarde y quería retrasar el momento de enfrentarse a Roman lo máximo posible, se acercó hasta la cocina. Pero en cuanto retiró el taburete para sentarse, el chico se giró, espátula en mano.

La recorrió con la misma intensidad y la misma hambre con las que la había desnudado esa noche. Vera vio la nuez del chico subir y bajar un par de veces.

Después de lo que pareció una eternidad, dijo:

—Buenos días.

A lo que ella respondió:

—Buenos días.

Con la mano libre, Roman se revolvió el flequillo, despeinándolo todavía más de lo que ya estaba.

—¿Tortitas? —murmuró alzando la espátula a la altura de su rostro.

Y, por algún motivo, aquel gesto, tan poco Roman, le quitó parte de las inseguridades de encima. Se bajó del taburete de un pequeño saltito y caminó hacia él hasta colocarse a su lado.

Sus brazos se rozaron. El breve contacto con su piel fue suficiente para incendiar su cuerpo y avivar el deseo otra vez.

Contrólate, Vera.

Pero no podía. No al lado de aquel chico.

Vera carraspeó e intentó poner orden a sus emociones. No era una adolescente loca, era una persona adulta y, como tal, iba a comportarse con madurez.

Así que decidió abordar la situación, hacer frente a los mil pensamientos que no paraban de rondar por su cabeza.

—¿Hace cuánto que te has despertado? —Claro que sí, aquella era una forma muy directa de abordar la situación.

Roman echó un poco más de masa sobre la sartén.

—Hace una hora.

—¿No has dormido bien?

El chico la miró y ella hizo todo lo posible por seguir respirando con normalidad.

—Suelo despertarme pronto. No quería molestarte.

—¿Así que has decidido bajar a hacer tortitas? —No pudo evitar la sonrisa que se adueñó de su cara.

Oh, Vera, estás cayendo, pero bien fuerte…

Roman le dio un pequeño golpe en el brazo con la espátula.

—¿Qué hay de malo con las tortitas?

Ella soltó una queja y le devolvió el golpe.

—Nada. Es solo que el Roman de mi imaginación no cocina tortitas.

—Ah, ¿no? Y qué cocina el Roman de tu imaginación. —Esbozó una media sonrisa que le dio a entender que no había pasado por alto el hecho de que pensara en él.

—Pollo con arroz.

Roman soltó una carcajada. Le dio la vuelta a la tortita.

—¿Porque soy un boxeador torturado que solo come carbohidratos y proteína?

—Eso, y que no te imaginaba como el tipo de chico que disfruta cocinando.

Roman dio otra vuelta a la tortita y, al ver que ya estaba hecha, la depositó en el plato que tenía preparado junto al fuego. Echó un poco más de mantequilla sobre la sartén y, después de verter otra porción de masa, repitió el proceso.

—Cuando era pequeño, mi madre solía cocinarme tortitas para desayunar.

—Su tono se había vuelto serio, más pausado—.

Lo hacía solo las mañanas en las que Stefano no estaba en casa, gritándole órdenes y tratándola como un trapo.

Venía a despertarme y bajábamos juntos a la cocina.

Me sentaba en un taburete para que pudiera estar a la altura de la encimera y ayudarla.

Me encantaba ayudarla. —La miró de soslayo, cauto, como si estuviera compartiendo uno de sus mayores secretos—.

Mientras preparaba la masa y hacía las tortitas me contaba cuentos en voz muy baja.

Pese a que Stefano no estuviera en casa, el miedo no la abandonaba nunca.

Era la segunda vez que Roman le hablaba de su familia. Vera no sabía qué contestar o cómo reaccionar. Lo único que se le ocurrió fue posar una mano sobre su brazo.

—Creo que esos momentos son los únicos buenos recuerdos que tengo de mi infancia.

—¿Dónde está ahora? —No hizo falta especificar que estaba preguntando por su madre.