XXXIII
XXXIII
… salir del campus lo antes posible.
Charles llegó al parking del jardín botánico. Corrió hasta la primera fila de coches, aparcados en batería, y se deslizó por el espacio que había entre dos de ellos hasta quedar sentado sobre el asfalto.
Necesitaba recuperar el aire, tomarse unos minutos para pensar.
Cerró los ojos y se dejó tragar por el silencio y la oscuridad de la noche. Deseó poder quedarse allí, en la ranura entre esos dos coches, para toda la vida. Al menos aquí no hay gritos, ni reproches ni dolor , pensó.
Pero no podía quedarse. Al igual que tampoco podía retroceder en el tiempo y borrar tanto aquella noche como los últimos meses de su vida, por mucho que quisiera.
Sabía que había sido injusto con sus amigos.
Había arremetido contra ellos como un huracán, insensible ante sus lágrimas, su confusión y su decepción.
Charles había tomado el sufrimiento de Roman, Blythe, Vera y Connor, lo había absorbido, y cuando había tenido suficiente, había implosionado y los había roto en mil pedazos.
Sí, había sido injusto.
Pero también sincero.
Porque, con independencia del dolor que hubiera podido causar aquella noche, él tampoco se merecía la pasividad con la que lo llevaban tratando desde que había empezado a descender al infierno en el que estaba ahora.
Sí, le habían preguntado en más de una ocasión si se encontraba bien, si le pasaba algo. Connor incluso lo había enfrentado y se había mostrado claramente preocupado por su estado.
Pero aquello no había sido suficiente.
No para él.
Porque cuando estás en un pozo tan profundo que no alcanzas a ver ni una pizca de esperanza, necesitas algo más que una mano. Necesitas que alguien entre en el pozo contigo, te cargue a sus espaldas, y te saque de allí cueste lo que cueste.
Pues bueno, ninguno de sus amigos había bajado al pozo a por él. Y por eso sus palabras e intenciones no habían sido suficientes. La prueba de ello era que ninguno se había molestado en llamarlo o en salir a buscarlo.
Charles se llevó las manos a la cabeza y volvió a tirarse del pelo, esta vez hasta que sintió un dolor agudo. Pero aquello, el dolor físico, no fue suficiente para distraerlo del bucle en el que había entrado su mente.
¿Cómo se suponía que tenía que actuar? Necesitaba más que nunca a sus amigos, pero no podía pedirles ayuda por miedo a lo que pudiera pasar si lo hacía. ¿Por qué no podía soportar aquel peso él solo? ¿Por qué era tan débil?
Como activado por la palabra, la pequeña bolsa de plástico transparente que tenía guardada en el bolsillo de su chaqueta empezó a palpitar (o al menos eso sintió él). Pum-pum, pum-pum. Tómame-tómame, tómame-tómame .
Y eso hizo.
Débil.
Sacó una de sus tarjetas de crédito de la billetera e introdujo la punta en la pequeña bolsa, recogiendo un poco del polvo blanco.
Lo esnifó.
La cabeza se le despejó casi de inmediato, todo trazo de sentimentalismo y arrepentimiento eliminados.
Un plan. Necesitaba un plan.
Había dos cosas que tenía claras.
La primera: estaba seguro de que alguien lo estaba vigilando o estaría haciéndolo dentro de poco.
La segunda: no podía volver a casa. Si lo hacía, pondría en peligro a Connor, y aquello era lo último que quería.
Pero necesitaba dinero (bueno, lo que le quedaba) y algo de ropa y un cargador del móvil y un par de cosas más que estaban en su habitación.
Miró el reloj. Eran las once y media de la noche. Tenía que llegar a casa antes que Connor. Sí, ese era el primer paso. Después ya decidiría el resto.
Se puso en pie procurando no hacer ruido. Miro a derecha e izquierda. Despeja…
No.
Dos figuras se acercaban por el camino de tierra que unía el jardín botánico con el parking .
Charles se agachó, ocultándose una vez más entre las sombras pero sin despegar la mirada de las dos personas, que cada vez se acercaban más y más. Una de ellas, la más alta, echaba la vista hacia atrás cada pocos segundos. La otra se aferraba a la primera como si le fuera la vida en ello.
Siguieron avanzando, avanzando, hasta que pudo verlos.
Eran Roman y Vera.
¿Qué les había pasado? Roman parecía salido de una de sus luchas de boxeo (solo que peor) y, por la forma en que se sacudía, cualquiera diría que Vera acababa de presenciar la propia muerte.
Roman guio a la chica hasta su coche. Le abrió la puerta del copiloto y, cuando se hubo asegurado de que estaba sentada, rodeó el vehículo y también entró en él. Pocos segundos después, el coche se perdió en la noche.
Charles sintió el impulso de llamar a su amigo, preguntarle qué había pasado y si aquello era obra de…
No.
Aquello no tenía nada que ver con lo suyo. No tenía sentido, al menos no todavía.
Así que se contuvo e intentó pensar de forma lógica.
No podía, bajo ningún concepto, ponerse en contacto con sus amigos. Porque cualquier conversación o interacción podría ponerlos en peligro.
Quería que lo ayudaran, que hicieran más por él, pero no quería implicarlos en su mierda. No tenía ningún sentido y, a la vez, tenía todo el sentido del mundo.
Charles podía aceptar la responsabilidad de muchas cosas. Pero si había algo que sabía que nunca se perdonaría era que sus amigos descendieran al infierno por su culpa.
Así que dejó que Vera y Roman se marcharan y puso rumbo hacia su casa. Tenía que llegar antes que Connor.
Ese era el primer paso.
Después solo tendría que dar otro, y otro, y otro…
Hasta acabar. ¿Dónde? No lo sabía. Solo esperaba que donde fuera que acabara hubiera una pizca de esperanza.
Solo una.