Hijos dorados XXXII
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XXXII

XXXII

Derrota

Ir al Baile de Navidad había sido un error.

Lo había sabido en cuanto había salido por la puerta de casa y durante todo el camino hasta el jardín botánico. Lo había sabido al subir las escaleras del edificio donde se celebraba la fiesta y al ver a su amiga corriendo hacia él, desesperada, como poseída por sus propios recuerdos.

Cuando ella le había recriminado que olía a tabaco, él se había encogido de hombros, fingiendo inocencia.

Pero en realidad le hubiera gustado soltarle que sí, que se había fumado un par de cigarros, o tal vez tres, en la última hora y quizá también se había metido una raya.

Porque sabía que ir al Baile de Navidad era una mala idea, que no debía hacerlo, pero igualmente había acudido.

¿Y por qué? ¿Para cumplir una absurda promesa que había hecho meses atrás, pensando que en diciembre todo seguiría como en mayo? ¿Para contentar a un chico al que había decepcionado y maltratado hasta el punto de alejarlo para siempre?

Bajó las escaleras de dos en dos, poniendo distancia entre él y la fiesta.

La noche había ido de mal en peor. Y lo que más le dolía era que él había sido la causa del dolor y las fracturas que ahora los dominaban y recorrían; a él y a ellos.

Era como si una bomba hubiera estado suspendida por encima de sus cabezas y él la hubiera detonado.

Porque no tenía suficiente con su vida, también tenía que joder las de los demás.

Se aflojó el nudo de la corbata y, echando un vistazo atrás para asegurarse de que no lo siguieran, se internó en los jardines y luego en el bosque.

Llegó a un pequeño claro rodeado de árboles enormes ( Quercus rubra , apuntó su mente de forma innecesaria, porque quién en su sano juicio pensaba en la especie de un árbol en momentos como aquel) y se dejó caer sobre la hierba.

Sacó el tabaco del bolsillo interior de su americana y se encendió otro cigarro.

Exhaló el humo esperando que se perdiera en la oscuridad de la noche e intentó calmarse. Aunque, por supuesto, fue en vano.

Tanteó la posibilidad de meterse algo más y el mero pensamiento lo aterró y calmó a la vez.

Las lágrimas empezaron a brotarle y resbalarle por la piel. ¿Cuánto podía llorar una persona hasta quedarse seca?

—¿En toda una vida? —se preguntó a sí mismo.

—Sí, claro —se contestó.

—¿Veinte litros? ¿Treinta litros? ¿Infinitos litros?

—Seguro que él lo sabría.

—Ya, pero él no está, tú te has encargado de eso.

—Ya.

—Pues vaya.

—Pues vaya.

Fuera cual fuere la respuesta, él todavía no había llegado a su límite. Las lágrimas seguían brotando y brotando y, por lo que parecía, no tenían ninguna intención de detenerse.

Iluso.

Egoísta.

Estúpido.

Iluso, por haber tenido la esperanza de que quizás esa noche podía volver a ser el chico que había sido antes.

Egoísta, por haber albergado la certeza de que aquello era imposible e, igualmente, haber acudido a la fiesta.

Estúpido, por dejarse llevar por su rabia, por su dolor y por su impotencia y destruir, ahora sí de forma definitiva, lo único bueno de su vida.

Su móvil empezó a vibrar, incansable. Alguien lo estaba llamando, y teniendo en cuenta las horas y las circunstancias, había pocas opciones de quién podía ser.

Miró la pantalla y masculló un «mierda» que se lo llevó el viento.

Descolgó.

—Sí. —Un monosílabo, una negativa camuflada en una afirmación.

Porque, en realidad, lo que le habría gustado decir era «no, no me llames, no me hables, no me busques».

El pulso empezó a acelerársele. Escuchaba las palabras al otro lado de la línea, pero no las entendía. O más bien, no quería entenderlas: se había quedado sin tiempo, había abusado de su confianza, iba a enterarse de las consecuencias, iban a ir a por él, a por su madre, y a por sus amigos…

Un silencio.

Y más palabras: ¿le había entendido? ¿Podía responder de una puta vez y dejar de comportarse como un subnormal?

No, no te entiendo, no quiero entenderte.

—Sí.

Un par de gruñidos, amenazas e insultos después, colgaron la llamada.

Se había quedado sin tiempo.

Apagó el cigarrillo sobre la hierba, se levantó y empezó a ir y venir por el prado. Qué se suponía que tenía que hacer ahora.

—Lo primero, calmarte —se dijo.

—Pero cómo voy a calmarme, ¿tú has escuchado la conversación? —se respondió.

—Ya, han dicho que van a ir a por tu madre y tus…

Connor .

—Ya.

—Pues vaya.

—Pues vaya.

Se llevó las manos a la cabeza y se agarró el pelo con toda la fuerza que pudo. Por un momento, pensó en arrancárselo.

De pronto, oyó unos gritos a lo lejos.

Abrió mucho los ojos, buscando a alguien en la oscuridad. Pero no advirtió nada ni a nadie.

Eso sí, se vio a sí mismo, semanas atrás, en el callejón trasero del Liberty, en el suelo, sangrando, agonizando de dolor. Si aquello solo había sido un aviso, no quería ni imaginarse cuáles serían las consecuencias.

Otro grito. Y otro.

¿Y si lo estaban buscando? O peor, ¿y si ya lo habían encontrado y lo estaban vigilando desde las sombras? ¿Y si también tenían controlados a sus amigos?

Fuera lo que fuere, tenía que salir de allí.

Pero ¿para ir a dónde? No podía quedarse en casa, ni en ningún otro lugar que frecuentara.

Hablar con ellos nunca había sido una opción, y menos después de lo que había pasado aquella noche.

Un ruido en la linde de los árboles que rodeaban el bosque y, ahora sí, había dos figuras acercándose.

No lo dudó ni un segundo. Salió corriendo del prado. No sabía a dónde iría ni lo que sería de él las próximas horas. Pero había una cosa que tenía clara: si iban a por él, tenía que huir.

Si iban a por él, tenía que…