Hijos dorados XXXI #2
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XXXI #2

— Nah , nos apetece quedarnos un rato más. Asegurarnos de que la chica vuelva a casa. ¿No, chicos?

«Sí, sí, claro, un rato más. Asegurarnos de que vuelva».

Mark Tahoe le dio un largo sorbo a la petaca y, tras pasársela a sus dos amigos para que hicieran lo mismo, fijó sus ojos lascivos en Vera.

A su lado, Vera se convirtió en pura tensión.

«Es la forma en la que me miran», les había explicado un día, «como si no fuera más que un trozo de carne, un objeto del que se quieren apropiar».

Roman hizo acopio de todo el control del que fue capaz.

En otras circunstancias, se habría lanzado contra ellos y, de un solo golpe, les habría borrado esas miradas obscenas, esas sonrisas repulsivas.

Al fin y al cabo, a lo largo de su vida se había visto en peores y más peligrosas situaciones.

Pero estaba con Vera. Y bajo ningún concepto iba a permitir que le pasara nada.

Empleando el tono más calmado que pudo, dijo:

—Como he dicho, Vera está bien —y en un susurro, para que solo Vera pudiera escucharlo, añadió—: Vámonos de aquí.

Sin soltarla, empezaron a caminar hacia el otro lado de la parcela, donde un sendero de tierra llevaba directo al parking en el que había aparcado su coche.

Nunca había deseado tanto que alguien lo ignorara como en ese momento.

No digáis nada, no digáis nada, no digáis nada , se repitió como un mantra. Porque si lo hacían, si esos idiotas decían algo más, perdería el control que había conseguido reunir.

Pero, por supuesto, hablaron.

—¡Eh, no os marchéis! ¡Vera, ven con nosotros! —exclamó Tahoe.

—Sigue caminando —murmuró Roman. No sabía si sus palabras iban dirigidas a Vera o a él mismo.

—No creo que vayan a callarse —advirtió ella.

En efecto, los tres chicos seguían gritando, diciéndole a Vera que se detuviera, que dejara a Roman y se quedara con ellos un rato, que iba a ser divertido, que podían compartir su petaca, que la llevarían a casa.

—No, pero prefiero que se queden allí diciendo estupideces a que nos sigan.

—Pero ¿y qué harían? ¿Lanzarse sobre nosotros?

—Nunca infravalores a un hombre borracho. Y menos tratándose de esos tres.

Estaban a punto de llegar al camino de tierra y dejar atrás a esos idiotas cuando uno de ellos gritó:

—¿Le harás lo mismo que le hiciste a Nathalie Porter?

Las piernas de Roman se negaron a dar un paso más.

—¿Te la follarás como te la follaste a ella y después la arrojarás a una cuneta? ¿O te harás con una pistola y le pegarás un tiro cuando te canses de ella? Al fin y al cabo, lo tienes en la sangre, ¿no?

A su lado, Vera le dijo algo, pero él no la escuchaba. Solo veía su boca moverse, su expresión preocupada.

—¿Dónde está Nathalie, Cagliari? ¿Tú y tus amiguitos la tenéis encerrada en algún sótano?

Vera tiró de él, pero no se movió. No podía.

—Venga, Vera, déjalo y ven con nosotros. Te aseguro que podemos meterte mano mucho mejor de lo que lo ha hecho este hace un rato en el bosque. Oh, espera, creo que ni te ha metido mano.

Y eso, el nombre de Vera arrastrado de esa forma, la imagen de esos tres desgraciados poniéndole un solo dedo encima, fue la gota que colmó el vaso.

Roman se giró y fue hacia ellos.

Estaban riéndose.

Estaban. Puto. Riéndose.

Ni se dieron cuenta de que lo tenían a escasos metros.

A ver quién reía ahora.

No lo dudó ni un segundo, se abalanzó sobre el primero que encontró y le propinó un puñetazo en toda la cara.

El chico, Gavin Fuller, profirió un aullido de dolor y se llevó las manos al rostro, mascullando «me ha roto la nariz, me ha roto la puta nariz».

Pero Roman no se detuvo. Es más, solo acababa de empezar.

Tiró a Gavin al suelo y, antes de que los otros dos pudieran arremeter contra él, le dio una patada en todo el estómago que lo dejó sin respiración. Esperaba que por un largo rato.

Alguien le agarró el brazo izquierdo y se lo retorció detrás de la espalda hasta que Roman no pudo aguantarlo más y se sacudió del dolor. Una patada en la espinilla lo mandó sobre la hierba húmeda.

—Puto monstruo. —Alcanzó a escuchar—. Dale fuerte.

Un golpe le partió el labio.

Roman intentó zafarse de las cuatro manos que lo sujetaban contra el suelo y, en su lucha, consiguió patear a Frank Root en los cojones.

—Hijo de puta. —Root cayó de rodillas y llevándose las manos a la entrepierna empezó a llorar como un crío.

Otro menos , pensó Roman.

Intentó ponerse de pie, pero todavía tenía a Mark Tahoe encima, inmovilizándolo contra el suelo. El chico colocó sus rodillas sobre las manos de Roman con una fuerza capaz de romperle alguna falange.

—Voy a destrozarte esta cara tan bonita que tienes. Y entonces, ni Nathalie, ni Vera, ni nadie más querrá acercarse a ti. —Su aliento apestaba a alcohol.

Como queriendo afianzar su estado de ebriedad, Tahoe agarró la petaca de metal, desenroscó el tapón y le dio otro buen trago, tras el cual soltó un sonoro «ahhhh». Fue a taparla para guardársela en el bolsillo de la americana pero, justo cuando iba a hacerlo, se detuvo.

Esbozando una sonrisa desagradable, alzó la petaca por encima del rostro de Roman y empezó a inclinarla poco a poco.

—¿Qué dices? ¿Que quieres un poco de whisky?

El líquido dorado, calenturiento por el tiempo que llevaba almacenado, le salpicó el rostro. Sintió el alcohol deslizarse por su cuello, su clavícula, y colarse por entre el tejido de su camisa.

Roman se sacudió, intentando liberarse, pero Tahoe endureció la presión sobre sus manos.

—Te dije que te la devolvería, Cagliari, y ha llegado el momento. —Alzó la petaca—. A los hijos de puta como tú deberían encerrarlos.

El metal impactó contra su mejilla.

Roman ahogó un gritó de dolor. No consentiría que ese desgraciado lo viera sufrir.

—Cuando haya acabado contigo voy a ir a buscar a la chica y voy a follármela como si…

No terminó la frase. Mark Tahoe se llevó las manos a la cabeza con un alarido propio de una bestia.

Roman aprovechó el momento para quitárselo de encima e incorporarse.

Frente a él, Vera sostenía una piedra.

Tenía las mejillas inyectadas en rojo y brillantes por las lágrimas que no paraban de brotar de sus preciosos ojos.

Le tendió una mano (la que no sostenía la piedra) y Roman la tomó.

—¿Estás… estás bien? —balbuceó Vera una vez que él estuvo de pie.

—Sí —consiguió articular.

Pero Vera no paraba de recorrerlo con la mirada y repetir las mismas preguntas: ¿estaba bien? ¿Seguro que estaba bien? ¿Tenía algo roto? ¿Por qué había tanta sangre?

Estaba temblando como una hoja, claramente en estado de shock.

—Vera, suelta la piedra.

Y cuando Vera no lo hizo —porque seguía interrogando a Roman de forma frenética—, le acarició la piel de la mano hasta que se calmó y, por fin, se desprendió de la roca.

—Lo he matado —susurró entonces Vera. Y su respiración empezó a agitarse, entrando en pánico.

Roman la obligó a mirarlo. Le dolía todo el cuerpo, le costaba respirar, se sentía derrotado y olía el alcohol en su piel, pero Vera era lo único que importaba.

—Vera, escúchame. —Posó sus manos, magulladas por la presión que Tahoe había ejercido sobre ellas, en los hombros de la chica—. No está muerto. No. Está. Muerto —repitió, puntualizando cada palabra para asegurarse de que hicieran mella.

Como invocado, Tahoe se retorció en el suelo y gruñó una amenaza sin sentido.

—¿Ves?

Vera se relajó. Pero fue apenas un segundo, porque acto seguido empezó a mirar a su alrededor.

—¿Dónde están los otros dos?

No estaban. Lo que significaba que…

Joder.

—Tenemos que irnos. Ya.

Le rodeó la cintura y comenzó a guiarla de vuelta hacia el camino de tierra, dejando a Mark Tahoe doblado en el suelo y murmurando palabras sin sentido.

No sabía cuánto tiempo hacía que Fuller y Root se habían levantado y marchado, pero lo más probable era que hubieran ido a buscar ayuda y volvieran dentro de poco con sus otros amigos.

Así que sí, tenían que salir del jardín, desaparecer de allí.

Durante todo el camino de vuelta al parking , Vera siguió temblando y llorando en silencio.

Una vez en el coche, Roman activó el pestillo y, tras asegurarse de que Vera tuviera el cinturón puesto, arrancó el motor.

Condujeron unos cinco minutos en silencio hasta que, por segunda vez aquella noche, Vera lo rompió:

—Roman —una pausa cargada de significado—, no quiero volver a casa de Blythe.

Él asintió sin responder lo que pensaba: que él tampoco quería que volviera con Blythe y que solo ahora se daba cuenta de que había estado conduciendo hacia su casa y que por favor dijera que quería pasar la noche junto a él porque la verdad es que no quería separarse de ella.

En su lugar, contestó:

—Te llevaré donde me digas.

A unos metros, el semáforo se puso en rojo y Roman detuvo el coche.

Miró a Vera y, cuando lo hizo, se encontró con unos ojos brillantes, rebosantes de algo que en ese momento no supo descifrar.

Unos ojos que seguían anegados en lágrimas.

Por su culpa.

Porque si Vera no se hubiera acercado a ellos no tendría que haber vivido lo de esa noche.

Habría acudido al Baile de Navidad y habría bailado y bebido y disfrutado como cualquier estudiante normal.

Si Vera les hubiera dado la espalda y hubiera escuchado las advertencias, hecho caso de las señales, no habría acabado con una piedra en la mano ni temblando como seguía temblando.

—Roman.

Su nombre.

En sus labios.

—Dime.

—Quiero ir a tu casa.

Di que no, di que no, no la decepciones, no la rompas, no le hagas daño.

Pero las palabras de Blythe volvieron a asaltarlo, recordándole que quizá, solo quizá, Vera sentía por él lo que él sentía por ella. Y en un arrebato egoísta y también de esperanza, porque quizá, solo quizá, aquello podía acabar bien y, joder, es que no quería separarse de ella, dijo:

—Entonces, vendrás a mi casa.

Antes de que la luz cambiara al verde y siguiera conduciendo, Roman acarició el rostro de la chica. Y se juró a sí mismo que haría todo lo posible por que nunca más volviera a llorar.