Hijos dorados XXXI
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XXXI

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Nada lo podría haber preparado para la sensación que lo invadió al besarla.

Y mira que se había imaginado aquel momento de mil formas y en mil lugares diferentes.

Por Dios, una vez hasta había tenido que detener uno de sus entrenos excusándose con que le había dado un calambre en el gemelo, para luego marcharse a los vestuarios y darse una ducha de agua fría.

Todo su cuerpo se volcó en el beso. Sus manos recorrieron los brazos de Vera hasta posarse sobre sus mejillas. Su pecho se acercó al de ella, sus pies rozaron los suyos. Sus músculos se relajaron y tensaron al mismo tiempo.

Y por un momento, el mundo dejó de existir.

Sus pesadillas, Stefano y Carter incluidos, dejaron de atormentarlo.

Blythe, Connor y Charles desaparecieron (¿quiénes eran?

, no podía acordarse). La beca, Greenberg & Hughes y la familia Arrieta se convirtieron en polvo.

Y Nathalie, esa presencia que llevaba persiguiéndolo día y noche desde hacía un año, se desvaneció como si nunca hubiera existido.

Ni miedos, ni preocupaciones, ni nada.

Solo estaban ellos dos.

Roman se había lanzado a Vera en un arrebato desesperado y Vera lo había recibido con un anhelo, con una codicia, de los que no la había creído capaz.

Pero allí estaba, aferrándose a su camisa como si le fuera la vida en ello. Tocando su cuerpo como si temiera que fuera a evaporarse si dejaba de hacerlo.

Y Roman solo pudo responder con más ansia, con más desesperación.

Sin dejar de besar a Vera, su boca, su frente, su cuello, su clavícula (joder, ese vestido sin tirantes y con abertura en la pierna izquierda lo llevaba volviendo loco desde que la había visto en lo alto de la escalera), la giró y dirigió unos pasos hacia atrás, hasta que su espalda quedó apoyada contra la corteza de un árbol.

Solo entonces Roman despegó sus manos de las mejillas de Vera y las colocó a ambos lados de su rostro, sobre la corteza rugosa. Solo entonces, dejó de besarla para mirarla. Sus ojos dorados resplandecían en la oscuridad de la noche como dos gotas de oro.

Allí, en la quietud del bosque, Roman podía escuchar sus corazones, latiendo de forma desbocada.

Pensó en la primera vez que la había visto.

En cómo todo su cuerpo la había rechazado de forma automática por su parecido con Nathalie.

Había sido casi un acto reflejo, un mecanismo de defensa.

Incluso cuando se había dado cuenta de que Vera no era para nada como la otra chica, su mente había continuado jugando con él, susurrándole que si se acercaba a ella iba a repetir los mismos errores.

Y eso que Connor le había asegurado, en más de una ocasión, que aquella sensación se la estaba inventando, que eran sus miedos hablándole y no la razón.

Aun así, había sido cauteloso. Había mantenido la distancia y hecho todo lo posible por no acercarse demasiado a Vera.

Y ya no solo por Nathalie y el pánico a revivir una pesadilla, sino también por él. Porque seguía siendo Roman.

Un Cagliari.

Un monstruo.

Seguía teniendo las manos manchadas de sangre.

Y Vera era… Vera.

Con los meses, se había dado cuenta de que aquella chica era demasiado importante como para decepcionarla y romperla y herirla, como hacía con todo en su vida.

Pero con los meses, aquello, el mantener la distancia, se había hecho más y más y más complicado.

Y cuando Vera había empezado a mostrar signos de que quizá, solo quizá, ir en coche con él hasta Nueva York, o compartir una hamburguesa mientras le hablaba sobre sus años en Lima, no era tan horrible, alejarse de ella había resultado difícil y al final se había tornado imposible.

Las palabras de Blythe habían sido la gota que había colmado el vaso, la última barrera, el detonante.

Te ibas enamorando de él.

Todavía no se atrevía a preguntarle si eran ciertas, si realmente las sentía. El miedo, siempre el puto miedo, era mayor.

Pero una cosa estaba clara: Vera sí sentía algo.

Y por el momento, aquello era más que suficiente.

—Cierra los ojos —le susurró.

Vera obedeció y, cuando lo hubo hecho, Roman le beso un párpado, luego el otro. La piel de su amiga (¿tenía sentido que siguiera llamándola así?) se erizó y su respiración, que nunca se había calmado del todo, volvió a entrecortarse.

Eres lo más bonito que tengo , quiso decirle. Por favor, no te vayas nunca , quiso suplicarle. Pero una vez más, el pánico, esta vez a querer, a mostrarse vulnerable, se lo impidió.

¿Cómo expresar sus sentimientos cuando su padre le había arrebatado a golpes la capacidad de hacerlo?

Los hombres no lloran, los hombres no dicen mariconadas, los hombres no dicen «te quiero» ni « te necesito».

¿Cómo cuidar de alguien cuando toda su vida lo habían entrenado y educado para destruir?

No quería decepcionarla y romperla y herirla.

No quería estar sin ella.

¿Duele que te recuerden lo hijo de puta que eres?

Carter.

—¿Roman? ¿Estás bien? —La voz de Vera le llegó raspada, casi afónica.

Tengo miedo , quiso decirle. Ayúdame , quiso suplicarle.

—Sí.

—Te arrepientes de… Es por…

—No. —Fue una negación rotunda, seca. Por nada del mundo dejaría que Vera se pensara que se arrepentía de lo que acababa de hacer.

Y para reafirmarlo, volvió a besarla.

Y como antes, ella le correspondió.

Roman se acercó todavía más al cuerpo de Vera, lo que provocó que ella hiciera lo mismo y…

—Auch —soltó la chica.

Roman se separó de inmediato.

—Te he hecho daño. Lo siento, Vera…

Pero ella alargó el brazo y lo atrajo hacia ella, diciendo que no con la cabeza.

—Es solo que me he pinchado con algo. No llevo zapatos. —Y levantando ligeramente el pie izquierdo, se lo mostró. Estaba cubierto por una fina media color transparente rasgada, como mínimo, por cinco sitios diferentes. Alcanzó a ver un par de cortes.

Roman abrió mucho los ojos.

—¿Se puede saber qué haces descalza? —sonó enfadado. Normal, se dijo, se podría clavar cualquier cosa y hacerse una buena herida.

—Intenta tú correr con tacones, a ver qué tal se te da. —Se cruzó de brazos, indignada.

Aquella imagen, la de Vera enfurruñada, preparada para discutir con él y salir victoriosa del encuentro, hizo que se le escapara una sonrisa.

—Bueno, en este caso…

Y sin previo aviso, la tomó en volandas.

—¡Roman! ¡Bájame, Roman! —exclamó agarrada con fuerza a su cuello—. ¿Qué estás haciendo?

—Proteger tus pies —dijo él como si fuera obvio—. ¿Dónde están los tacones? —Dio un par de vueltas sobre sí mismo, ante lo cual Vera murmuró que iba a vomitar, hasta que localizó los zapatos—. Creo que va a ser mejor que te subas a mi espalda.

—No pienso…

Pero él la soltó con cuidado, depositándola en el suelo, y, una vez tuvo los tacones de terciopelo verde en la mano, se giró, esperando a que ella subiera.

Vera profirió una exhalación para mostrar su disconformidad con aquel plan, pero, unos segundos después, saltó y se colocó a horcajadas sobre su espalda. Roman aseguró las piernas con sus manos y le dijo que se sujetara fuerte, cosa que ella hizo.

—¿Cuál era tu plan, exactamente? ¿Quedarte a dormir en el bosque? —aventuró Roman mientras intentaba dilucidar el camino para volver al jardín botánico.

—No tenía plan —se sinceró Vera—. Solo necesitaba alejarme de…

—Nosotros —terminó Roman por ella.

—Sí.

—Te entiendo.

Siguieron en silencio unos minutos, hasta que Vera volvió a hablar.

—Connor, Blythe y Charles… ¿Dónde están?

—Ni idea. —Era la verdad—. He salido del baile justo cuando tú te has ido. Quizá sigan en el jardín, quizá se hayan marchado a casa.

—Roman.

—Dime.

—No quiero volver a la fiesta.

—Entonces, no volveremos.

Roman sintió el rostro de Vera sobre su clavícula y después sus labios, rozándole la piel del cuello.

—Vera.

—¿Hmm?

—Si quieres llegar a casa, mejor no hagas eso.

Ella profirió una carcajada que a Roman le supo como al café recién hecho en una mañana de domingo.

Iba a retarla con algún comentario inteligente cuando, de repente, le pareció ver un par de figuras unos pasos por delante, detrás de unos árboles.

Paró en seco. A su espalda, Vera se removió inquieta.

—Crees que hay alguien…

—Shh.

Los estaban vigilando.

De pronto, tenía el pecho oprimido, la respiración alterada y el pulso acelerado.

Eran Carter y Stefano, que habían venido a arrebatarle lo único que no quería perder.

«¿Pensabas que podrías esconderte en esta universidad para siempre?

». Era Nathalie, que había vuelto un año después para recordarle que nunca se había marchado.

«¿Vas a hacerle lo mismo que me hiciste a mí?

». Aguzó el oído, intentando captar un ruido, unas pisadas, una respiración…

—Vaya, vaya. Si es que no dejáis de sorprendernos.

Mark Tahoe, Gavin Fuller y Frank Root salieron de entre los árboles. Tenían un aspecto desaliñado, como si llevaran un rato recorriendo el bosque. Tahoe sujetaba una petaca de metal de la que, al parecer por el tono de su voz, llevaba bebiendo un buen rato.

Lo que le faltaba aquella noche, el trío de idiotas de la Facultad de Derecho.

Roman le dio un leve apretón a Vera en la pierna derecha.

Entendiendo lo que quería decirle, la chica se soltó de su espalda y volvió a posar los pies sobre el suelo.

Por suerte esa vez no sufrió cortes ni se clavó nada, ya que se encontraban en los alrededores del jardín botánico, en una parcela de hierba rodeada de setos y árboles.

—Tahoe, Fuller, Root —los saludó, pese a que no tenía ninguna gana de dirigirles una sola palabra—. ¿Qué queréis?

—Oh, nada. —Mark se encogió de hombros, fingiendo inocencia—.

Solo que estábamos en las escaleras fumando tranquilamente y de pronto hemos visto a la pobre Vera Velasco salir corriendo y a ti detrás como un loco.

Nos hemos preocupado porque hemos tenido una especie de…

cómo decirlo… déjà vu . ¿Verdad, chicos?

Los otros dos dijeron «sí, sí, claro» como dos ineptos.

—Bueno, pues como podéis ver, Vera está bien —Roman le rodeó la cintura con un brazo—. Así que os podéis ir.