Hijos dorados XXX #2
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XXX #2

Entonces se dejó caer sobre la húmeda hierba.

Se abrazó las piernas y ocultó el rostro entre los brazos.

Sabía que si no sentía el aire helado de la noche era por el calor que había generado su cuerpo al correr desde el jardín botánico.

Pero en algún momento, cuando el bochorno de la actividad física se desvaneciera, el frío la asaltaría como un bandido en un camino abandonado.

Y ella solo iba con un ridículo vestido sin tirantes que ni era suyo.

Genial.

¿Había sido todo en vano? ¿Realmente había tenido alguna oportunidad de ganar una de las becas? ¿O había sido una ilusión?

Al fin y al cabo, en eso se basaba la sociedad, ¿no?

En hacer creer a los pobres que, si se esforzaban, si le echaban sangre, sudor y lágrimas, podrían conseguir lo que se propusieran, hacerse un hueco entre los poderosos.

Ponle una zanahoria al conejo delante y ya verás cómo salta para morderla.

Pero cuando esté a punto de conseguirlo, aléjala un poquito más.

Y así constantemente. Mientras el conejo vea la zanahoria seguirá saltando, convenciéndose a sí mismo de que puede alcanzarla.

Así era como se sentía Vera. Como el puto conejo, dando brincos para hacerse con la beca. Y los encargados de alejar y alejar la zanahoria eran personas como Connor, Blythe, Charles y Roman.

Personas que estaban en lo alto de la pirámide social, de la jerarquía.

Personas con poder, capaces de utilizarlo sin escrúpulos, sin un ápice de consideración hacia los pobres, hacia los conejos.

Se imaginó a Blythe, ese día en el que le había mentido diciéndole que tenía cita con el médico en Nueva York, entrando por la puerta de un lujoso restaurante, dándole su chaqueta a un camarero para que se la guardara, sentándose a una mesa de mantel blanco, saludando a Rebecca Callahan con una sonrisa falsa, allanando su camino hacia Greenberg & Hughes.

¿Y, mientras tanto, dónde había estado Vera?

Seguramente estudiando en su habitación, o encerrada en la biblioteca, o corriendo para liberar el estrés que le producía aquella batalla por conseguir un futuro que toda su vida le habían dicho que nunca podría alcanzar.

Se imaginó a Connor, secándose la boca con una servilleta de seda o lino después de haber devorado un arroz con langostas, riéndose ante la noticia de que la beca era suya, estrechándole la mano a su padre, abrazando a su madre, despidiéndose de ellos entre bromas y más risas.

¿Y, mientras tanto, dónde había estado Vera?

Preguntándose si la disertación que había redactado para la clase del profesor Glassberg necesitaba más fundamentación jurisprudencial o si debería quedarse despierta esa madrugada para repasar el examen que tenía a la mañana siguiente.

¿Qué más le estarían ocultando sus amigos?

¿Qué le habían hecho a Nathalie? Quizás el motivo por el que Charles estaba tan fuera de sí, tan consumido, era porque un secreto lo estaba comiendo por dentro.

Le constaba que su padre, John F. Aster, era el propietario de uno de los negocios familiares que más dinero movía en Nueva York.

No le extrañaría que estuviera intentando comprarle a su hijo una de las cuatro becas (bueno, mejor dicho, tres, ya que la cuarta era de Connor).

¿Y Roman? Si estuviera jugando sucio, como había expresado Connor, ella se habría percatado, ¿no? ¿Y si después de todo solo estaba con ella porque le recordaba a Nathalie? Una forma sádica de revivir algo que ya no tenía pero de lo que se negaba a desprenderse.

Blythe te ha mentido a la cara y vives con ella , siseó su yo más oscuro.

Touché.

Pero Roman era diferente, ¿no? Sí, pensar en que su amigo llevaba esos meses ocultándole algo, fingiendo una realidad que no existía, le retorcía el corazón y le erizaba la piel.

Cómo ibas descubriendo al verdadero Roman y, poco a poco, te ibas enamorando de él.

Hasta ese momento, las palabras que Blythe había pronunciado antes de que Vera saliera corriendo del jardín botánico ( una buena forma de no llamar la atención , pensó irónica) habían quedado sepultadas bajo el resto de verdades que, como balas, se habían disparado aquella noche.

Pero antes de que pudiera dedicarles un segundo de sus pensamientos, oyó el ruido de unos pasos acercarse por detrás.

Vera se puso en pie de un salto, tacones olvidados en algún lugar junto al río, y se giró para encarar a quien fuera que la hubiera encontrado.

—Joder, sí que corres rápido —encogido sobre sí mismo, Roman tomó aire—. He tenido que recorrer medio bosque hasta dar contigo.

Todavía resollando por el esfuerzo, se irguió. Con la mano izquierda, se aflojó el nudo de la corbata.

Tenía el pelo oscuro revuelto, como si acabara de salir de la cama después de una mala noche, y las mejillas de un color rojo intenso. La camisa se le había salido un poco del pantalón.

—¿Por qué has venido? —¿Acaso no había escuchado el discurso de Blythe?

Roman tanteó el terreno dando un paso hacia ella y, cuando Vera lo correspondió retrocediendo, acercándose al río, puso las manos en alto, como queriendo mostrar que venía en son de paz.

—Si sigues caminando hacia atrás, te caerás al río y, créeme, no me apetece mucho lanzarme al agua helada.

No, a ella tampoco le apetecía darse un baño.

Permitió que Roman recorriera la distancia que los separaba y se colocara frente a ella, a escasos centímetros.

—Vas a congelarte —susurró él, y Vera sintió las palabras en la piel de su rostro.

Cerró los ojos. No podía enfrentarse al chico. Porque hacerlo significaba enfrentarse a sus sentimientos, sus dudas y sus miedos, y todo era demasiado jodidamente confuso y la cabeza le dolía y el corazón no paraba de martillearle con fuerza y…

Notó al chico moverse a su lado, el rasgueo de una prenda de ropa al moverse y, segundos después, la calidez de una tela sobre sus hombros, su espalda, sus brazos.

No sabes que tienes frío hasta que sientes el calor. No sabes que necesitas a alguien hasta que lo tienes al lado.

… cómo ibas descubriendo al verdadero Roman…

Roman había abandonado la fiesta, la había seguido corriendo y, cuando le había perdido la pista, no había parado hasta encontrarla.

¿Por qué?

Debió de expresar la pregunta en voz alta, porque el chico respondió:

—Ya sabes por qué.

Y entonces, Vera abrió los ojos.

Y allí seguía Roman, solo que ahora sin americana.

Tenía el ceño y los labios fruncidos. Pequeñas, finas arrugas de preocupación se extendían de lado a lado de su frente.

Su mandíbula, tan fuerte y marcada, estaba tensa.

Y sus ojos, de ese verde tan suyo, brillaban en la oscuridad, dos faros en una tormenta, pidiéndole que fuera hacia ellos, que confiara en él.

—Blythe tenía razón, Roman —confesó Vera—. Me acerqué a vosotros por interés.

Necesitaba decirlo. Con independencia de todo lo demás, Vera necesitaba liberarse de aquel secreto que había llevado consigo desde hacía meses. Aunque, como había dicho Blythe, sus sentimientos hubieran cambiado con el tiempo.

Roman resguardó las manos en los bolsillos de sus pantalones.

—Mi familia es de la mafia.

Por un momento, Vera se olvidó de respirar.

—No pongas esa cara, seguro que algo sospechabas.

—Roman echó la cabeza hacia atrás y exhaló.

Vera vio su aliento perderse en la noche—.

De hecho, seguro que la mitad de los inútiles que estudian en esta universidad lo sospechan.

—Devolvió sus ojos a los de Vera—. Stefano, mi…

padre —la palabra se le atragantó y salió distorsionada—, es un hijo de puta.

Nos crio a mi hermano, Carter, y a mí, para que siguiéramos sus pasos.

Para que nos hiciéramos con las riendas de la familia Cagliari.

Carter es otro hijo de puta, así que siempre ha estado encantado de obedecer a Stefano en todo lo que le ha pedido.

Pero yo… yo no quiero esa vida, Vera. No quiero nada que tenga que ver con el crimen y el dolor y la muerte.

Vera extendió la mano y la posó sobre el brazo del chico. Él fijó su vista en el gesto y no la despegó de su piel.

—He hecho cosas, Vera. Cosas que no puedes ni imaginarte.

—Roman …

—No, escúchame —la cortó—. Hay cosas que he hecho que son imperdonables. Mis manos —las sacó de los bolsillos y las extendió— están manchadas de sangre.

Sacudió la cabeza, como intentando deshacerse de algún mal recuerdo.

—Lo que quiero decir con todo esto… es que no, no creo que ninguno de nosotros sea un ejemplo a seguir ni un santo. Yo el que menos. Y sí, Connor ha mentido, Blythe nos ha manipulado, Charles vete a saber en qué mierdas está metido y tú al principio nos utilizaste. ¿Y qué?

—No es tan fácil. —Vera sintió que el mundo se comprimía y la comprimía a ella con él. Que no tenía casi espacio para moverse, para decidir, ni para pensar. Soltó a Roman, pero él no le permitió alejarse. Sus dos manos, firmes, se posaron sobre las suyas.

—Sí que lo es. —Y con una leve pero decidida sacudida, la obligó a mirarlo a los ojos otra vez—. Porque, si no, ¿qué nos queda? ¿Cuál es la alternativa?

… cómo ibas descubriendo al verdadero Roman y, poco a poco,…

—No lo sé. —Y esa era la verdad. No sabía. No sabía nada. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Olvidar todo lo que había pasado esa noche? ¿Todos los secretos y traiciones y mentiras?

—Pues yo sí que lo sé.

Y Roman la besó.

… te ibas enamorando de él…