Hijos dorados XXX
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Ya va siendo hora de que te enteres de con quién te has juntado.

Vera llevaba meses vanagloriándose (aunque solo fuera por dentro) de conocer a sus amigos. Cada vez que los estudiantes de Cornell los observaban desde la distancia, susurraban mentiras y juzgaban, ella alzaba el mentón, orgullosa.

La gente creía conocer a los Hijos Dorados.

Pero solo Vera los conocía de verdad.

O al menos eso había pensado.

¿En qué momento un secreto pasa de ser inocente a ser capaz de causar una brecha infranqueable entre dos personas?

Tú también tienes tus secretos, le susurró una voz.

—Se puede saber qué estás diciendo ahora. —La discusión seguía. A su lado, Roman era pura tensión.

—Blythe no fue a Nueva York para mirarse la rodilla.

Fue para comer con Rebecca Callahan, una de las socias de Greenberg sin él, el grupo se desmoronaría. Connor es la luz. Roman, la fuerza».

Había escrito ese fragmento hacía meses, en el jardín de la Facultad de Ingeniería, justo antes de conocer a Connor.

Aquello lo confirmó: Blythe había leído su diario .

—Sí, lo he leído. —Parecía que la chica estaba dentro de su mente.

—Es algo personal. No tenías ningún derecho a hacerlo.

—Bueno, disculpa si lo encontré tirado debajo de la mesa de mi salón, en mi casa y lo abrí pensando que era una libreta más. Pero claro, ¿cómo parar de leer cuando te enteras de que tu mejor amiga se ha querido aprovechar de ti?

—¿Cuándo lo leíste?

—Oh, hace tiempo. Acababas de mudarte a casa.

—¿Y por qué no dijiste nada? ¿Si piensas tan mal de mí, por qué no me echaste y me apartaste de vuestras vidas?

Vera no lo entendía. ¿Por qué Blythe seguía a su lado? ¿Por qué no les dijo a Charles, Roman y Connor lo que había descubierto? Había algo que no cuadraba.

Miró a Blythe, y lo que encontró en sus ojos fue algo que nunca hubiera pensado que llegaría a ver en su amiga.

Lágrimas.

—Porque seguí leyendo y leyendo hasta el final.

Y vi cómo tu opinión sobre nosotros iba cambiando con cada página.

Y cómo pasabas del interés a la curiosidad, y de la curiosidad a la amistad.

Vi lo mucho que admirabas la constancia y la dedicación de Charles.

Cómo Connor te hacía sentir parte de un grupo, de una familia, como nunca nadie lo había hecho en tu vida.

Cómo ibas descubriendo al verdadero Roman y, poco a poco, te ibas enamorando de él.

Y cómo empezaste a encontrar en mí lo que yo también empecé a encontrar en ti: una mejor amiga.

Alguien en quien confiar. Vi que no eras ella.

Nathalie.

Blythe tomó aire y siguió.

—Quizás al principio nos utilizaste, pero eso cambió en cuanto nos conociste de verdad.

Por eso nunca dije nada, ni a ti ni a nadie.

Por eso decidí callarme. —Agarró una servilleta de la mesa e intentó secarse las mejillas sin estropear su maquillaje.

Cuando se hubo tranquilizado, sus ojos volvieron a enfriarse—.

Pero lo que no voy a consentir es que vengas aquí y vayas de chica humilde, de que no has roto ni un plato, de cachorro dolido y abandonado, cuando eres igual que nosotros.

Lo harías todo por conseguir lo que quieres.

Por ganar poder. —Y tras aquello, sentenció—: Espabila, Vera.

Vera no pudo aguantarlo más.

Necesitaba aire, salir de allí, alejarse de esas cuatro personas.

Antes de que pudieran detenerla, se había dado la vuelta y estaba caminando, corriendo, saliendo por la puerta del edificio donde se celebraba la fiesta, bajando las escaleras, adentrándose en la noche.

No sabía a dónde iba, solo que necesitaba poner distancia.

En algún punto se quitó los tacones.

En otro empezó a llorar.

Su mente era un lío. Millones de pensamientos la abordaban, le pedían que les prestara atención, que parara. Pero no podía. No quería.

Siguió corriendo y corriendo y corriendo. Sus pies magullándose y rasgándose.

Hasta que llegó al río. Y ya no pudo seguir.