Hijos dorados XXIX #2
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XXIX #2

—¿Con? —Blythe lo estaba mirando, confusa, extrañada—. ¿Qué mierdas está diciendo? ¿Qué es eso de que una de las becas te pertenece?

—Los ganadores de las becas se anuncian después de celebrarse el Caso Magno, creo que incluso el mismo día por la tarde —aportó Vera, refugiándose en la razón.

—¡JA! —exclamó Charles, y un grupo de estudiantes de primer año de JD se giraron y los miraron con recelo—.

Eso será para el resto de los mortales. Pero Connor no es mortal.

Es un Hannaway. Y papá y mamá Hannaway se han encargado de comprar al decano Heiden y a toda la maldita Facultad de Derecho para asegurarse de que su hijito sea uno de los cuatro galardonados.

Ni Caso Magno ni mierdas. Así de fácil. Por su cara bonita.

—Extendió la mano y le pellizcó la mejilla a Connor.

Charles sabía lo que significaba aquel gesto para él. Cómo se sentía cuando su madre lo tocaba de aquella forma, el rechazo que experimentaba frente a la condescendencia con la que lo trataba. Lo sabía. Y se había aprovechado de ese conocimiento, de sus debilidades, para herirlo.

El Charles que tenía delante no era su Charles.

No era el chico que lo acompañaba a comer tacos las veces que hicieran falta simplemente porque a él le gustaban.

No era el amigo que había crecido a su lado y lo había respaldado en todos los momentos duros y felices de su vida, el que le había tendido la mano una vez y otra, animándolo a levantarse.

No era el hombre del que se había enamorado, el que le había susurrado que el muelle era su lugar, por el que esperaría años y años y todo lo que hiciera falta.

No, el hombre que tenía delante era una caricatura de Charles. Un boceto mal dibujado, emborronado por el dolor, la rabia y la tristeza.

Habían prometido que siempre que estuvieran tristes, enfadados o perdidos irían al muelle.

Y Charles llevaba meses aislándose, tragándose sus sentimientos y convirtiéndolos en una bola negra, en una bomba.

Y en lugar de ir a su lugar seguro y confiar en él para descargar su peso, por muy pesado que fuera, había decidido tirar la bomba allí en medio.

Y pum .

Había detonado.

—Sí, Connor, nos has estado mintiendo a la cara. —Charles escupió las palabras. Y guiñándole un ojo a Connor, agregó—: Así que yo que tú vigilaría a quién llamas «mentiroso».

Connor nunca había pegado a nadie (es más, era de los típicos que en las películas violentas se tapaba los ojos cuando veía demasiada sangre), pero en ese instante hubiera dado lo que fuera por partirle el labio a Charles.

Se aferró a la mesilla auxiliar hasta que sus nudillos se pusieron blancos como la leche.

—Cómo… —Fue lo único que consiguió articular.

Charles chasqueó la lengua.

—A veces subestimas el cariño que me tienen tus padres.

¿A quién crees que llamó Sarah cuando su preciado hijo no apareció en la casa de los Hamptons la noche en la que celebrabais su absurdo divorcio?

—Los miró a todos, como esperando una respuesta y, al ver que nadie decía nada, abrió los brazos y exclamó— A mí.

Oh, tendríais que haberla escuchado, estaba tan preocupada.

«Connor se ha marchado sin decir nada y no sabemos dónde está.

¿Tú sabes algo, Charles?» —imitó la voz de su madre—.

Le dije que no tenía ni idea, incluso le di largas para que me dejara en paz, pero ella siguió.

Y entonces lo soltó —volvió a cambiar la voz—.

«Estábamos cenando tan tranquilamente y de repente se ha ofendido con el tema de la beca». Me lo contó como si fuera una tontería.

Su amigo detuvo su relato para llamar la atención de un camarero y, tras hacerse con otra copa de champán y preguntar si no servían nada más fuerte (sí, pero al otro lado de la sala), continuó:

—Supuse que te habrías marchado a casa de Blythe y que cuando volvieras me contarías lo de la beca. Pero ¡sorpresa! Te lo callaste como una putita. Supongo que es otro de los jueguecitos a los que tanto te gusta jugar.

Charles suspiró, como un padre cansado, harto de repetirles lo mismo a sus hijos. Volvió a sus macarrones.

Connor seguía agarrado a la mesita auxiliar, el jarro de flores del centro haciéndole de barrera ante el desconocido que tenía delante.

Sabía que Roman, Blythe y Vera lo observaban, esperando a que hablara, se excusara o, mejor, desmintiera las palabras de Charles.

Si fuera valiente levantaría la cabeza y se disculparía, les pediría perdón y perdón y otra vez perdón y les explicaría que, si se había comportado así, si no había dicho nada, era por el miedo a perderles.

Pero no era valiente. Era un cobarde. Y por eso se quedó en su rincón de la mesa, cabeza agachada, como un perro acostumbrado al maltrato, aguardando el siguiente golpe.

Y el golpe vino en la voz de Blythe:

—Connor. ¿Es verdad?

Blythe ya sabía que era verdad, lo que quería era que Connor se lo confirmara. Y cuando no lo hizo, reventó.

—Te fuiste a los Hamptons a finales de noviembre.

Hace casi un mes que sabes esto. ¿No habías pensado en decírnoslo?

Todas las veces que hemos estado juntos estudiando y preparando el maldito Caso Magno y no has dicho nada.

Nada . —Tomó aire—. Bueno, más bien, todas las veces que he estudiado y he preparado el caso, porque tú poco has aportado.

Aunque claro, qué fácil es cruzarte de brazos y ser un vago y permitirte ir los sábados a darte masajes cuando ya sabes que tienes la beca garantizada, ¿no?

—Pero entonces, si una de las becas es para ti, eso significa que… —Vera todavía intentaba asimilar lo que estaba pasando.

—Solo quedan tres —terminó Roman.

—Exacto —canturreó Charles.

—Pero si tú ni siquiera quieres la beca. —Vera lo miraba con el ceño fruncido, sin comprender. Claro que no entendía, en su mundo la gente luchaba por lo que deseaba, no se lo entregaban en una bandeja de plata sin necesidad de mover ni un dedo.

—Exacto —volvió Charles.

—¿Y no puedes hablar con tus padres y explicarles esto? Que no la quieres —aventuró Vera.

La risa histriónica de Charles se alzó por encima del ruido de la sala. Estaban empezando a llamar la atención de la gente.

—Es más probable que corra una maratón a que hable con Sarah y George. Además, una vez que los Hannaway quieren algo, es imposible conseguir que cambien de opinión.

—Que te jodan, Connor —siseó Blythe—. Que te jodan a ti y a tus padres.

El insulto, en la boca de su amiga, lo hizo reaccionar.

Levantó la cabeza y se encontró con sus ojos, brillantes por la rabia.

—¿Disculpa? —susurró.

—He dicho que…

Pero Connor la cortó. Se dio cuenta de que ya había tenido suficiente. Podía ser un cobarde, pero no el tonto al que todo el mundo pasa por encima. Y menos cuando Blythe había hecho exactamente lo mismo que él.

—Sé muy bien lo que has dicho. ¿Y sabes lo que pienso? Que te jodan a ti, Blythe.

—Ups —murmuró Charles mientras se llevaba la copa a los labios.

—Quizá deberías parar de beber. —Roman intentó arrebatarle la bebida, pero Charles lo esquivó.

—Quizá deberías irte a la mierda.

—Que te jodan a ti, porque has mentido igual que yo —continuó Connor.

Blythe se quedó blanca y negó con la cabeza.

—Ah, ahora quieres que me calle. Eres muy rápida para lanzarte contra mí, pero cuando se trata de ti… No, cuando se trata de ti todo está bien. Porque eres santa Blythe.

—No es lo mismo.

—¿Qué tal la rodilla? Quizá deberías ir a que te la miraran, ya te toca.

—Pero si se la miraron hace un par de semanas, cuando… —empezó Vera.

—Oh, Vera, por favor, para de ser tan inocente y abre los ojos. —Connor hizo eso: abrir mucho, mucho los ojos—. Estás rodeada de mentirosos e hijos de puta, y ni te das cuenta.

La expresión de Vera pasó de la confusión a la dureza en menos de un segundo.

—Sí —remató Connor—, ya va siendo hora de que te enteres de con quién te has juntado.

*** «Cuanto más te doy, más tendré para ofrecer, pues ambos son infinitos en esencia». William Shakespeare, Romeo y Julieta.