Hijos dorados XXIX
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XXIX

Había recibido el mensaje mientras fumaba encerrado en uno de los baños.

He llegado.

Dos palabras que lo sacudieron como si fuera un mísero hierbajo en medio de una tormenta.

Porque lo que no les había contado a sus amigos era que la noche anterior él y Charles habían discutido. Otra vez.

Connor había llegado a casa después de una larga sesión de estudio con Blythe y se había encontrado a Charles tirado en el sofá. Otra vez.

Y cuando le había preguntado si estaba bien y Charles solo había balbuceado a modo de respuesta, Connor se había acercado a su amigo y, al percibir un ligero olor a marihuana —enmascarado con ambientador y una vela aromática que se consumía en la mesa de centro—, había explotado. Otra vez.

Pero no había servido de nada. Charles ni se había inmutado y lo había despachado con unas palabras secas que habían dolido más que una bofetada en toda la cara.

Pensándolo bien, decir que habían discutido no era la mejor forma de describir lo que había pasado entre ellos.

Connor había intentado discutir y Charles lo había ignorado. Esa era una forma más exacta de expresarlo.

La cuestión era que esa tarde ni se había molestado en preguntarle a Charles si quería que fueran al Baile de Navidad juntos.

Simplemente se había marchado de casa y, cuando se había encontrado con Roman, ya en el jardín botánico, se había inventado que Charles todavía no estaba listo y que llegaría más tarde.

Inciso: en ese momento no había sabido ni si Charles estaba en casa.

Por eso, cuando Blythe había preguntado dónde demonios estaba el chico —pregunta que, por cierto, iba dirigida hacia él porque sus amigos asumían que era quien lo sabía todo sobre Charles—, no había podido evitar sentirse atacado ni tampoco controlar la ansiedad que le había empezado a oprimir el pecho.

La única opción que había visto viable había sido escapar al baño y encerrarse un rato para estar solo. Porque necesitaba estar solo y alejarse por un momento de Charles y todo lo relacionado con él.

Pero al parecer no era posible porque no habían pasado ni cinco minutos que el móvil había sonado con ese tir ín molesto y había visto el mensaje.

He llegado.

Ni cinco. Putos. Minutos. De paz.

Barajó la posibilidad de largarse a casa y así demostrarle a Charles que le daba igual si iba o no al Baile de Navidad, que ya estaba harto y que, o bien le explicaba qué mierda le pasaba, o iba a ignorarlo por el resto de sus días y acostarse con todos los hombres con los que se cruzara.

Pero no, no podía hacer eso porque: 1) si se marchaba sus amigos lo matarían (tenían razón, al fin y al cabo él había insistido en que fueran a la fiesta), y 2) después de todo, su absurdo y ridículo corazón seguía desbocándose ante la posibilidad de ver a Charles.

— The more I give to thee, The more I have, for both are infinite *** .

Le dio una última, profunda y larga calada al cigarrillo y exhaló el humo mirando al techo de madera del baño (porque estaban en un jardín botánico de ricos y, por supuesto, los baños tenían que estar a la altura del recinto).

Se mentalizó para el encuentro, es decir, se repitió una y otra vez que no iba a llorar como un crío, y salió.

Se abrió paso entre los estudiantes y miembros de la facultad que bebían y charlaban despreocupados, ajenos a que el mundo de Connor se estaba tambaleando.

Sus amigos estaban donde los había dejado hacía apenas unos minutos. Solo que, con ellos, ahora había una figura más. Un chico de estatura media con el pelo negro rizado y una postura propia de quien está sosteniendo una gran carga sobre sus hombros. ¿Cuál es tu carga, Charles?

Ni veinte horas de meditación podrían haberlo preparado para lo que se encontró.

—¿Qué mierda has hecho?

Charles estaba apoyado sobre una de las mesitas auxiliares, copa de champán en mano, aunque por la palidez de su rostro y su expresión perdida y agotada, parecía una versión apagada de su amigo, un fantasma.

—Eso mismo le he preguntado yo cuando lo he visto. —Blythe se colocó a su lado y le tendió un canapé a Charles. Lo miraba de arriba abajo, de arriba abajo, como si no se creyera el estado en el que se encontraba su amigo.

No era que estuviera lleno de magulladuras y golpes, era que parecía… Eso, un espectro, una bombilla de esas blanquecinas que daban una luz tétrica y apagada.

Tenía el pelo desarreglado, alborotado. Parecía que no se hubiera peinado en una semana.

La piel, blanca como la leche, carente de ese rubor y esa calidez que tanto lo caracterizaban (o, mejor dicho, habían caracterizado).

Sus ojos marrones estaban enmarcados por un color entre morado y azul semejante al del cielo antes de una tormenta.

¿Desde cuándo las ojeras podían rodear todo el ojo en lugar de solo formar bolsas debajo?

Y en general estaba… más delgado y escuálido.

Blythe debía de estar pensando lo mismo, porque no paraba de tenderle canapé tras canapé.

Incluso detuvo a un camarero para preguntarle si podía prepararle algo a su amigo, inventándose que era celíaco y no podía comer la mayoría de la comida que estaban sirviendo.

Cuando el pobre chico había empezado a excusarse, diciendo que no tenía permiso para solicitar algo especial a la cocina, Blythe había arremetido con una sarta de amenazas:

—Si mi amigo se intoxica y acaba en el hospital vais a tener un problema gordo y tú, por negarte, vas a acabar en la cárcel. —Algo que era improbable, si no imposible, pero que claro, el camarero no sabía.

Aterrorizado, el chico se había disculpado con una reverencia totalmente fuera de lugar y ridícula y había salido escopeteado hacia la cocina.

Connor sabía que, de un minuto a otro, volvería con un plato de pasta sin gluten o algo similar.

Charles había intentado quejarse, pero ninguno lo había dejado. Literalmente, Roman le había soltado que como dijera algo pensaba darle una paliza que recordaría para el resto de sus días. Y si Roman se ponía así era que el estado de Charles era preocupante.

¿En qué momento su mejor amigo había perdido mínimo cinco kilos y él no se había dado ni cuenta? Por las caras de Blythe, Vera y Roman, les estaban atormentando los mismos pensamientos.

Quizás esa revelación fuera consecuencia del traje, que, por el corte y el tallaje, se le ajustaba al cuerpo mucho más que los jerséis, pantalones anchos y chaquetas que solía llevar.

Pero aun así… tendría que haberse percatado.

A la mierda el no llorar y actuar de forma calmada. Sus ojos se convirtieron en dos presas de agua a punto de reventar.

—Te pasa algo —afirmó Blythe.

—No. —Una palabra cansada, nada más.

—Charles… Puedes hablar con nosotros. —Vera le puso una mano sobre el hombro.

Charles se estremeció ante el tacto de su amiga, pero esta no retiró la mano.

—Te saltas clases, no te vemos el pelo para estudiar, casi ni nos hablas, desapareces sin dar explicaciones…

El camarero apareció de repente deshaciéndose en disculpas y depositó un plato de pasta al pesto con tomates cherry y escamas de parmesano frente a Charles. Predecible. Al lado le dejó un sobre con unos cubiertos y una servilleta.

— … estás en los huesos y tienes un aspecto deplorable —continuó Blythe, como si el plato hubiera aparecido por ciencia infusa.

Charles agarró el tenedor y empezó a comer, seguramente para ocuparse con algo, para desviar la atención de sus amigos.

No contestó.

—Char… —Roman apoyó los codos sobre la mesa auxiliar e intentó captar su mirada, pero Charles siguió con los ojos clavados en el plato de pasta.

El rostro de Roman se endureció y con un movimiento rápido, propio del ring , agarró a Charles de la muñeca, impidiendo que diera otro bocado.

—O paras ya de ignorarnos o…

Entonces, Charles lo miró. Frío, apático.

—¿O qué? ¿Vas a amenazarme otra vez con darme una paliza? —Su sonrisa se transformó en una mueca irónica—. Venga ya, Rome. Deja tu acto de machote. Nadie se lo cree.

Roman dejó caer la muñeca de Charles y este, al darse cuenta de que había desarmado a su amigo, de que por una vez lo había callado, se regodeó en su poder.

—Sois. Todos. Unos. Putos. Hipócritas. —Los miró a los ojos, uno por uno—.

Si tan preocupados estuvierais por mí, habríais hecho algo hace meses.

Pero no, claro que no lo habéis hecho. Porque hacer algo habría significado salir de vuestras vidas y dedicar tiempo a la mía.

Y eso es lo único que no queréis perder.

El tiempo. Es más importante estudiar para tener la puta beca.

—Eso no es verdad —siseó Blythe.

—Claro que lo es. Habéis escogido el camino fácil.

Creer que todo estaba bien. «Oh, sí, Charles está un poco raro, pero seguro que es porque está estudiando para el Caso Magno» —entonó la frase con una voz aguda y sarcástica—.

«Oh, Charles no ha venido a clase, mmm… se debe de encontrar mal».

«Oh, Charles no me contesta a los mensajes, debe de estar celoso porque me he acostado con otro subnormal». —Dejó escapar una risa falsa.

Connor no pudo aguantarlo más.

—Llevo meses yendo detrás de ti, preguntándote qué te pasaba, preocupándome por ti. El hipócrita y mentiroso eres tú .

—Ten cuidado con a quién llamas «mentiroso», Con.

Fue como si le tiraran un jarro de agua fría sobre la cabeza.

—¿A qué te refieres?

—¿De verdad quieres que lo diga? ¿Aquí, delante de todos? —Se terminó el champán de un trago y, después de arrebatarle a Vera su copa de la mano, también apuró la suya.

—¿De qué estás hablando? —Esta fue Blythe.

—De que Connor, aquí presente —lo señaló con la copa de cristal—, tiene una de las cuatro becas garantizadas y se lo ha callado como una puta.

Connor sintió el mundo entero detenerse. Por un segundo, dejó de respirar. Después empezó a temblar de forma descontrolada. Hacía tiempo que las lágrimas corrían libres por sus mejillas.

—¿No tienes nada que decir? —Charles volvió a esbozar esa mueca de terror—. Una pena, es una historia interesante.