Hijos dorados XXVIII #2
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XXVIII #2

De verdad, lo que tengo que aguantar, pensó. Pero no pudo evitar sonreír.

Quince minutos después, Charles todavía no había llegado.

—¿Y si le llamamos? —propuso Vera.

—No descolgará. —Connor agarró un canapé de una de las bandejas que los camareros paseaban por la gran sala y se lo llevó a la boca. Su cara se contorsionó en una mueca de asco—. Lleva salmón.

Habían dejado sus chaquetas en el guardarropas y, apartándose de la multitud, se habían colocado frente a una pequeña exposición de flores y plantas secas enmarcadas.

A su alrededor, los demás estudiantes y los miembros de la Facultad de Derecho comían y bebían despreocupados.

Ignorando el comentario de Connor, Vera marcó el contacto de Charles.

—Me salta el buzón.

—Te lo he dicho.

—¿Dónde se supone que está? —Blythe escudriñó la sala en busca de Charles, como esperando localizarlo en algún rincón.

—Y yo qué voy a saber. —Connor seguía probando toda la comida que pasaba por su lado.

—No te lo preguntaba a ti.

—¿No? ¿Y a quién se supone que se lo preguntabas?

—A nadie en particular.

—Ya.

—Dios, Connor. Roman tiene razón, relájate. ¿No se suponía que eras tú el que quería venir a este maldito baile?

—Eso era antes.

—¿Antes de qué?

—De que todo empezara a irse a la mierda. —Y sin esperar a que alguno contestara, se excusó murmurando que iba al baño un momento.

Connor desapareció.

—Volverá, ¿no? —inquirió Vera.

—Como no lo haga, pienso matarlo. —Blythe apuró su tercera copa de champán y la depositó sobre una de las muchas mesitas auxiliares dispuestas en la sala.

—Ya somos dos —coincidió Roman.

—A mí no me pidáis ayuda para esconder el cadáver. —Vera se cruzó de brazos y los miró a ambos con las cejas levantadas, como retándolos a hacer lo contrario.

Por supuesto, Roman tomó la oportunidad para chinchar a Vera y decirle que seguro que ella colaboraría en el asesinato, a lo que su amiga respondió, fingiendo estar ofendida, que ella no era una persona violenta, a lo que Roman comentó que opinaba diferente, a lo que Vera se quejó, a lo que Roman aprovechó para acercarse unos pasos a ella… Y así siguieron.

Blythe decidió desconectar de la conversación, dejarlos a lo suyo. Honestamente, eran insufribles. Lo dijo en voz alta, pero ninguno de los dos pareció oírla. Claro que no, estaban demasiado ensimismados el uno en el otro.

Con un suspiro exasperado, se hizo con otra copa de champán (la cuarta) y se puso a observar su alrededor.

Aghh , allí estaban Kasey y su séquito de incompetentes, cuchicheando sobre vete a saber qué con las cabezas muy juntas, para que los rumores no se escaparan (al menos no hasta que ellos decidieran).

¿Ese era Glassberg? ¿Ligando con Tracy de Administración?

Por lo que sabía, Glassberg estaba casado y tenía un hijo de unos cinco años, pero si su vista no la engañaba…

no, esa noche no llevaba anillo. Un poco más a la izquierda, justo en el centro de la gran sala, estaba Annette Wittman y, por las caras de concentración de los cuatro estudiantes que la rodeaban (eran de primer año de JD), les estaba explicando algo interesante.

Típico de Annette, aprovechar eventos como aquel para explayarse con sus batallitas.

Y allí, al otro lado del cristal, junto a las escaleras, Mark Tahoe, Gavin Fuller, Frank Root y otros tres chicos fumaban mientras se reían de forma desenfadada.

La imagen la transportó a un año atrás, al Baile de Navidad de 2016. A Nathalie y todo lo que había sucedido por su culpa.

Cuando Nathalie había salido llorando del edificio principal, después de que Blythe la abofeteara, se había encontrado (o más bien casi chocado) con Mark Tahoe y el resto.

Al ver el maquillaje corrido y las mejillas empapadas de lágrimas, Mark había posado una mano sobre su hombro y, por lo que parecía, se había preocupado por ella.

Y había sido aquel gesto, más que ningún otro, el que lo había enviado todo a la mierda.

Blythe nunca sabría lo que había dicho Nathalie.

Ella se había hallado a una distancia que hacía imposible oír nada.

Junto con Roman, Charles y Connor, habían observado la escena como si se tratara de una película muda.

Lo que sí podía asegurar, y sus amigos estaban con ella, era que Nathalie —valiéndose de sus dotes de actriz barata de Hollywood— había empezado a gesticular y gesticular, los brazos subiendo y bajando, los pies cruzándose y descruzándose, hasta que al final se había girado y, con una mueca que iba entre el asco, el odio y el terror, los había señalado a ellos.

Y cuando hubo terminado su actuación, sin esperar una respuesta ni una reacción, había desaparecido escaleras abajo.

Al principio, Mark Tahoe, Gavin Fuller, Frank Root y el resto de los chicos se habían quedado un poco descolocados (o al menos eso era lo que denotaban sus rostros).

Pero después, uno de ellos, Frank, había dicho algo que había conseguido que todos asintieran convencidos. Y sin más, habían ido tras Nathalie.

«Hija de puta. Zorra manipuladora», había soltado Roman, y preparando un cigarro para encendérselo en cuanto hubieran puesto un pie en el jardín, había siseado «vamos, hay que encontrarla antes que ellos».

Y eso habían hecho.

Blythe intentó desprenderse de los recuerdos y relajarse.

Volvió al presente justo en el momento en el que su móvil emitió un sonido corto y agudo.

Era un mensaje de Charles, que había escrito:

He llegado.

Blythe levantó la vista y, en efecto, atisbó la figura del chico subiendo las escaleras.

Esa imagen, tan similar a la del Baile de Navidad de hacía un año, la activó como un resorte.

Sabía que Charles no era Nathalie, que él no estaba llorando, que no tenía ninguna intención de hablar con Mark Tahoe, pero su cuerpo reaccionó sin ser consciente de ello.

Esa imagen, y todo lo que vino después, hizo que sus piernas se movieran antes de percatarse del propio movimiento.

Sin darse cuenta, dejó atrás a Roman y a Vera y corrió hacia Charles.

Lo alcanzó a la altura del penúltimo escalón y lo abrazó sin pensarlo.

Y solo cuando estuvo a su lado, agarrada a él como si se tratara de un bote salvavidas, se permitió respirar y tranquilizarse de verdad.

Aquel Baile de Navidad no iba a ser como el del año pasado.

Nathalie no estaba.

Charles no era Nathalie.

Vera no era Nathalie.

No iba a pasar nada.

Se separó de su amigo, preparada para darle un golpe amistoso en el hombro y soltarle alguna broma como que si seguía llegando tarde iba a empezar a parecerse a Connor…

Y entonces lo vio.

Porque, hasta entonces, no lo había visto bien. Simplemente había advertido su presencia a lo lejos y había corrido hacia él como una loca.

Pero ahora que lo tenía delante, sí que lo veía bien.

Y lo que vio no le gustó nada.

Y esa sensación de angustia y terror que la había controlado hacía apenas un minuto, y que en realidad no se había acabado de marchar, resurgió más fuerte que nunca.

Y sin pensar en que detrás tenía a Mark Tahoe, a Gavin Fuller, a Frank Root y a otros tres chicos que seguramente los estaban observando y escuchando, exclamó:

—¿Se puede saber qué mierda has hecho?