Hijos dorados XXVIII
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Prometedme que os lo vais a pensar.

Como siempre, Connor se había salido con la suya. Desde que había sacado el tema por primera vez, durante la noche en la que habían celebrado su vigesimocuarto cumpleaños, no había parado de insistir en que ese año tenían que acudir al Baile de Navidad. Todos juntos.

Un disco rayado, un martillo pilón, eso había sido , pensó Blythe mientras con una mano agarraba el bajo de su largo vestido negro. Lo último que quería era tropezarse por las escaleras que daban al jardín botánico de Cornell, donde se celebraba el Baile de Navidad.

A su lado, Vera hizo lo mismo con su vestido verde de terciopelo. No iba a ser ella quien lo dijera, pero su amiga estaba espectacular. El color oscuro resaltaba su piel dorada y su pelo castaño claro. Además, el corte de la prenda se le ajustaba a la perfección al cuerpo, resaltando sus curvas.

—Este vestido ha sido hecho para ti —le comentó Blythe cuando llegaron al último peldaño.

Vera le dedicó una sonrisa breve, tensa, y masculló:

—En realidad, lo hicieron para ti.

Ya estaba otra vez dándole vueltas a lo mismo. Blythe la agarró del hombro, cubierto por una chaqueta de piel negra, también suya, y la forzó a detenerse.

—Para ya. Y no me pongas esa cara —añadió ante la expresión afligida de Vera—.

Si te invito a vivir en mi casa, es porque quiero.

Si pago en los restaurantes a los que vamos, es porque quiero.

Si te presto o regalo mi ropa, es porque quiero.

Así que deja de tratarme como si actuara por pena o compasión.

Porque te aseguro que no es así. Es más, si me comporto de alguna forma, es egoísta.

—Blythe…

—No, escúchame. Es verdad. Si hago todas las cosas que hago por ti no es porque empatice con tu situación.

En este campus hay cientos de alumnos sin recursos y me importan lo que se dice bien poco.

Si hago lo que hago, es porque quiero que estés conmigo.

Odiaría que no pudieras venir a comer a los restaurantes que quiero porque no puedes pagarte una ensalada, o que no pasáramos tanto tiempo juntas porque sigues en la casa de Madison Street, o que no quisieras venir a este ridículo baile porque no tienes nada con lo que vestirte.

Así que deja ya de poner esa cara de cachorro dolido cuando te hago un favor. Porque no es por ti. Es por mí.

Para cuando hubo acabado de hablar, Vera tenía las mejillas teñidas de un rojo escarlata, como si alguien le hubiera pintado la piel con sangre.

Blythe se preparó para el reproche, la reprimenda o incluso las lágrimas. Al fin y al cabo, le acababa de soltar a la cara que le importaba una mierda su situación económica.

No, no era algo agradable de escuchar, pero era la verdad (al menos en parte).

Porque sí, Blythe se comportaba mirando por su propio bien, pero también le preocupaba el bienestar de su amiga.

Por eso la había sacado de la casa de Madison Street y había hecho otros mil gestos.

Pero si obviar ese detalle y pintarse a sí misma como una egoísta que no pensaba en nadie más era lo que hacía falta para que Vera dejara de sentirse miserable en situaciones como aquellas, pues era lo que iba a hacer.

Vera asintió con fuerza y, tras soltar un «vale» seco pero ligero, siguió caminando hacia la enorme entrada de cristal.

Era tradición celebrar el Baile de Navidad de la Facultad de Derecho en el jardín botánico de Cornell.

Si bien la cena y la fiesta transcurrían en el edificio principal, que en ocasiones se cedía para eventos como aquel, los jardines cercanos permanecían abiertos.

De esta forma, los asistentes que quisieran aventurarse en la noche pese al frío, podían admirarlos y pasear por ellos.

—¿Nombres? —les preguntó un chico de cabello rubio y tez pálida parado junto a la entrada. Varios estudiantes de Cornell se ofrecían para trabajar en fiestas de ese tipo. Una forma de ganar un dinero extra para pagar sus créditos o caprichos.

—Vera Velasco y Blythe Jeong —ofreció Blythe.

El chico revisó la lista que tenía entre las manos hasta que encontró sus apellidos.

—Pasen.

Y eso hicieron.

En cuanto pusieron un pie en el edificio, sucedieron tres cosas.

La primera, que cientos de estudiantes se giraron para depositar sus ojos en ellas. La segunda, que pese a la música, Blythe pudo escuchar los susurros viajando de boca en boca, los rumores siendo extendidos. Y la tercera, que le dio igual.

Había estado preparada para aquella reacción, y más teniendo en cuenta la noche que era y lo que simbolizaba. Y como no podía cambiar los pensamientos o acciones de la gente que la rodeaba, se focalizó en controlar los suyos.

Sacó el pintalabios del pequeño bolso de mano rojo Hermès que había decidido combinar con su vestido negro y, utilizando la cámara de su móvil como espejo, se lo retocó.

—Kasey parece a punto de echar humo —comentó, divertida, Vera.

Blythe buscó a la chica pelirroja. La localizó en cuestión de segundos, junto a su odioso grupito de amigos. Esbozó su mejor sonrisa y le guiñó un ojo.

A Vera se le escapó una risita.

—En estas ocasiones, agradezco que mis padres me obligaran a acudir a eventos a los que no tenía ningún interés en ir.

No hay mejor aprendizaje para comportarte en una fiesta como esta que estar acostumbrada a moverte entre idiotas e inútiles.

—Cuando un camarero pasó a su lado con una bandeja repleta de copas de champán, agarró dos sin dudarlo.

Le tendió una a Vera y alzó la suya en señal de brindis—.

Algún día te los presentaré. Les caerás bien.

El brindis no llegó. La expresión liviana y desenfadada de Vera había dado paso a una de pánico y preocupación.

Blythe miró detrás de ella, esperando encontrar el motivo de la agitación de su amiga. Pero solo vio a un grupo de estudiantes de primer año de JD dándose palmadas en la espalda unos a otros en señal de saludo.

—¿Todo bien?

Vera reaccionó al instante. Agitó la cabeza de un lado a otro, como queriendo sacudirse una mala sensación.

—Sí, sí, claro.

Blythe no lo vio nada claro.

Es más, hacía unos días que Vera tenía aquellos cambios de humor bruscos. Era como si hubiera algo que la estuviera molestando, persiguiendo, y la invadiera de forma repentina. ¿Un pensamiento? ¿Un recuerdo?

Vera se sacudió una pelusa inexistente del escote recto de su vestido, haciendo como si nada.

—¿Dónde están los demás? —preguntó, cambiando de tema.

Blythe decidió seguirle el juego.

—Ni idea, les escribo.

Le envió un mensaje rápido a Connor preguntándole si ya habían llegado. Recibió la respuesta un segundo después:

Estamos en cinco minutos. Charles llega tarde.

Como todavía no habían acudido al guardarropas a dejar las chaquetas, decidieron esperarlos fuera, junto a las escaleras. Así podrían interceptarlos antes de que se perdieran entre la multitud de estudiantes de JD.

Blythe se percató de que, cada dos por tres, Vera desviaba la mirada hacia el camino que llevaba hasta el edificio.

Por mucho que quisiera disimularlo, era obvio que estaba deseando ver a Roman.

—Yo que tú aprovecharía la noche. —Le dio un leve codazo en las costillas.

—¿A qué te refieres? —Otra mirada hacia el camino.

—Conozco a Roman desde hace unos años y tú te has convertido en mi mejor amiga. ¿Creías que no me iba a dar cuenta? Hacednos un favor a todos y matad de una vez esa tensión sexual que os hace estar babeando el uno por el otro.

Vera abrió la boca, seguro que dispuesta a negarlo, pero Blythe levantó el dedo índice y, con un «shhh» corto y brusco, la mandó callar.

—Ni te atrevas a mentirme, Vera Velasco.

—¿Y tú? —preguntó, tras un par de segundos, enarcando una ceja.

—¿Yo qué?

—¿Planeas aprovechar la noche?

—Oh, Vera. Eso siempre —articuló Blythe.

Pero la verdad era que no tenía ningún plan más allá de pasar un buen rato con sus amigos.

Hacía semanas que había cortado cualquier tipo de relación con Jared (si lo que habían tenido se podía tildar de relación) porque el chico se estaba poniendo demasiado intenso y ella le había aclarado más de una vez que lo que tenían era solo sexo.

Pensándolo bien, quizás había sido demasiado directa e insensible, pero bueno, lo hecho, hecho estaba.

—Y con quién…

Un grito agudo que sonó como un buona seraaa impidió que Vera acabara la frase y las obligó a girarse.

Por supuesto, había sido Connor, que subía las escaleras de dos en dos en una especie de trote bizarro. Iba vestido con un traje marrón a cuadros estilo tweed .

Unos pasos por detrás, con un traje negro y una camisa blanca, estaba Roman. Se había encendido un cigarrillo y le daba caladas mientras, con la mano libre, se apartaba el pelo rebelde del rostro.

Connor las alcanzó primero. Las abrazó a las dos (besos en las mejillas incluidos) a la vez que elogiaba sus vestidos y les decía que parecían musas salidas de un mito griego.

—Melpómene y Calíope —sentenció señalando primero a Blythe y luego a Vera, tras lo cual hizo una leve reverencia.

—¿Me estás diciendo que soy la encarnación de la tragedia? —No había pasado ni un minuto y ya quería asesinar a Connor.

—Matices —contestó el chico con una sonrisa elocuente.

—No se lo tengas en cuenta, lleva diciendo estupideces desde que me lo he encontrado en el parking —Roman apareció por detrás.

—No es mi culpa, las fiestas me ponen nervioso.

—Eres tú el que ha insistido en venir, así que cálmate y compórtate. No quiero montar un espectáculo. —Roman le habló a Connor, pero sus ojos no se apartaron de Vera.

Su mandíbula, no, todo su cuerpo, se había tensado. Como si estuviera esforzándose en controlar las ganas de abalanzarse sobre ella. Le dio una calada larga y profunda al tabaco y, alzando la cabeza, exhaló el humo en la oscuridad de la noche.

—Vayamos dentro antes de que nos congelemos. —Blythe tomó el brazo de Connor y lo dirigió hacia la entrada, dándoles a Vera y a Roman un poco de intimidad para que se saludaran y verbalizaran lo que fuera que les estuviera pasando por la cabeza.