XXVII
—«Texas contra Johnson».
—¿En serio?
—Sí. Has dicho «libertad de expresión».
—Sabes que no estoy a favor de «Texas contra Johnson».
—¿Y? Te guste o no, es una sentencia histórica y trata sobre los límites de la libertad de expresión. Ergo , respuesta correcta.
—Es una tergiversación del derecho fundamental que ha abierto las puertas al vandalismo y propiciado la violencia. Ergo , me da igual si tu respuesta es técnicamente correcta.
—Verba volant, scripta manent.
—¿Quieres que te diga por dónde me meto lo que acabas de decir?
—Su señoría, la letrada de la parte contraria me está agrediendo verbalmente. Le pido que la amoneste y, de seguir así, suspendamos este juicio.
—No estamos en un juicio.
—Su señoría, me reitero en mi petición.
—Connor, como no te calles te juro que…
A su lado, Blythe se levantó de la silla y apuntó a Connor con el dedo índice, amenazándolo con tirar a la basura su taza preferida si no paraba de tomarle el pelo.
Ante aquellas palabras, Connor también se puso en pie e, imitando a su amiga, la señaló.
—¿Te atreves a proferir semejante barbaridad en mi dies natalis ?
—¡Deja ya de hablar en latín!
Vera observaba el intercambio como si fuera la espectadora de una obra de teatro. De no ser por la cantidad de comida que acababa de engullir, no le importaría tener unas palomitas.
Se habían reunido los cinco en casa de Blythe (ahora también su casa, por mucho que le costara creerlo) para celebrar el cumpleaños de Connor.
Vera había cocinado el plato peruano preferido de su amigo, ají de gallina, junto con algunos entrantes.
Del postre se habían encargado Charles y Blythe.
Roman había traído las bebidas (Coca-Cola incluida para Connor), como siempre que se reunían.
Después de que Connor soplara las velas y les obligara a cantarle «cumpleaños feliz» en cuatro idiomas diferentes, se habían puesto a jugar a una especie de dinámica que consistía en soltar un tema o concepto jurídico y citar un caso relacionado.
—Se nos ocurrió durante el verano antes de entrar en Cornell —le había explicado Charles antes de empezar a jugar—.
Las respuestas correctas te dan cinco puntos, las incorrectas te restan dos.
Si citas una sentencia histórica dictada por la Corte Suprema, son siete puntos.
La idea es ir subiendo la dificultad de los conceptos a medida que el juego va avanzando. El primero que llega a cincuenta gana.
—Y si contestas mal, bebes —había añadido Connor.
—Pero si tú no bebes alcohol —le había reprochado Blythe.
—No es mi problema —murmuró al tiempo que se encogía de hombros.
Alcohol o no, habían empezado con la dinámica.
Cuando Charles había retado a Vera a citar un caso que versara sobre el derecho a ser defendido por un abogado, ella no había dudado ni un segundo en responder «Gideon contra Wainwright».
De allí, Vera le había preguntado a Blythe sobre la libertad de religión, a lo que su amiga no había dado una sino dos respuestas: «Wisconsin contra Yoder» y «Estados Unidos contra Lee», ambos casos relacionados con el conflicto entre las convicciones religiosas de los amish y las leyes laicas estadounidenses.
Tras esas dos rondas, Vera había comprendido que el juego tenía un problema fundamental: no era un juego, sino una competición.
Era imposible juntar a las mentes más brillantes y ambiciosas de la Facultad de Derecho de Cornell y que no se tomaran aquello como una oportunidad para demostrar sus conocimientos y su superioridad intelectual.
Por eso, cuando Connor había citado «Texas contra Johnson», Blythe no había dudado en negarse a aceptar la respuesta. La cuestión no era si era correcta o incorrecta, sino quién conseguiría imponer su interpretación de la ley.
Claro que debatir con Connor a veces podía resultar complicado (incluso imposible) y lo que comenzaba siendo una conversación académica acababa convirtiéndose en una lucha de gritos y sinsentidos.
Así que allí seguían, Blythe intentando explicar por qué la quema de objetos simbólicos, como una bandera, constituía una clara incitación a la violencia, y Connor negando con la cabeza y tarareando algo ininteligible.
Al final, Charles agarró a su amigo de la manga de la camisa e, ignorando el chillido agudo que profirió, lo obligó a sentarse. Al otro lado de la mesa, Roman le ofreció una copa de vino tinto a Blythe, que la tomó sin pensarlo y apuró de un trago.
Después de aquello, siguieron jugando hasta que Charles llegó a cincuenta puntos y ganó.
—¿Por qué me da la sensación de que siempre eres tú el que gana? —inquirió Vera.
—Porque es la verdad —respondió Charles. Los ojos le brillaban divertidos, quizás un poco achispados por el alcohol.
—Es suerte —interrumpió Blythe desde la cocina. Se había levantado a buscar una jarra de agua.
—Yo más bien lo llamaría «inteligencia». —Charles alzó la voz para hacerse oír por encima del ruido de la nevera al abrir y cerrarse.
—Inteligentes somos todos. —Ya de vuelta, Blythe dejó la jarra sobre la mesa.
—Sí, pero yo más. —Charles le guiñó un ojo.
Vera observó aquel intercambio con una sonrisa tonta.
En Lima, durante sus últimos años de colegio, había fantaseado con vivir en Estados Unidos y estudiar en Cornell.
Solía imaginarse a sí misma caminando por pasillos interminables con una pila de libros en la mano, estudiando en una biblioteca de película e incluso corriendo por las calles de un campus verde y lleno de vida.
Pero en esas ilusiones, en esos sueños, siempre estaba sola.
«¿Y a quién vas a tener aparte de tu hermana? ¿Te crees que los gringos van a aceptarte como una más? Para ellos siempre serás una extranjera».
Su madre le había gritado aquellas palabras la noche antes de que Vera se subiera al avión con destino a Los Ángeles. Y pese a que le había contestado que qué iba a saber ella, que estaba equivocada, en el fondo se las había creído.
Porque la realidad era que ella misma se había convencido de que su vida en Estados Unidos iba a ser solitaria. Y lo había sido.
Hasta que habían llegado ellos.
Era increíble cómo, pese a conocerlas desde hacía solo unos meses, aquellas cuatro personas se habían convertido en elementos esenciales de su día a día. Con ellos encajaba. Con ellos podía ser la versión de sí misma que se imaginaba en un futuro: una Vera con éxito y poder.
Aunque también era cierto que la Vera que había acudido a casa de Connor y Charles hacía unos meses después de que el primero la invitara a pasar una tarde de estudio era radicalmente distinta a la Vera de esa noche, que sonreía de forma desenfadada, reía ante las bromas de Connor, e intercambiaba miradas cómplices con Blythe.
Sí, la Vera de entonces no tenía nada que ver con la Vera de ahora.
Y la verdad, no podría estar más contenta. Porque si hubiera continuado por el camino que se había planteado seguir en un principio… no sabía dónde estaría.
La voz de Connor la devolvió a la escena. Su amigo se había levantado, esta vez sin gritar ni señalar a nadie. Se arremangó los puños de la camisa blanca que se había puesto aquella noche, carraspeó un par de veces y, tras mirarlos uno por uno, empezó a recitar:
—Beyond this place of wrath and tears,/ Looms but the Horror of the shade,/ And yet the menace of the years,/ Finds and shall find me unafraid. **
Connor recogió su vaso de la mesa y lo alzó en señal de brindis.
Uno por uno, Blythe, Roman y Charles se pusieron en pie. Acercando sus copas a la de Connor, terminaron de recitar aquel fragmento del poema de Henley.
—It matters not how strait the gate. —Charles.
— How charged with punishments the scroll. —Roman.
—I am the master of my fate. —Blythe.
Y antes de que pudieran pronunciar el siguiente verso, Vera se levantó y añadió:
—I am the captain of my soul.
Brindaron.
Y si a alguno le sorprendió que Vera conociera el poema, no lo dijo.
—Quiero que me prometáis una cosa —soltó Connor de repente.
—No sé por qué, pero creo que no me va a gustar lo que vas a decir. —Blythe entrecerró los ojos.
—Que en diciembre vamos a ir al Baile de Navidad de la Facultad de Derecho.
Las respuestas, más bien quejas, llegaron a la vez:
—¿A qué viene esto ahora? —Blythe endureció más su expresión.
—No. —Roman fue el primero en negarse.
—No creo que sea una buena idea —aventuró Charles.
—¿Baile de Navidad? —Vera no sabía ni de qué estaban hablando.
Connor depositó el vaso sobre la mesa y extendió ambas manos, como instando a sus amigos a calmarse y escucharlo.
—Dejadme hablar. Sé que queda mucho…
—Medio año —interrumpió Blythe.
— … y que el año pasado las cosas no acabaron muy bien.
—Decir que no acabaron muy bien es subestimarlo —masculló Charles—. Yo preferiría no ir.
Cansada de no entender de qué iba la conversación, Vera intervino:
—¿Alguien me puede explicar de qué estamos hablando?
Para su sorpresa, quien le contestó fue Roman. Le explicó que, cada mes de diciembre, la facultad organizaba el Baile de Navidad, una fiesta exclusiva para alumnos de JD y demás miembros del claustro.
—Es una excusa para vestirse de etiqueta, bailar como si estuviéramos en el siglo xix y emborracharnos. Aburrido. Innecesario . —La última palabra se la dirigió a Connor, que sonreía como un niño pequeño.
—Es maravilloso.
—No. No lo es. Y no vamos a ir —soltó Blythe.
—Oh, venga, Blythe.
—Connor, honestamente no entiendo qué se te ha metido en la cabeza para proponer algo que sabes que es una mala idea y para lo que, repito, queda más de medio año.
—Me apetece estar con mis amigos —dijo encogiéndose de hombros.
—Puedes estar con nosotros los restantes trescientos sesenta y cuatro días.
—¿Qué pasó en el Baile de Navidad del año pasado? —inquirió Vera, aunque realmente ya conocía la respuesta a esa pregunta. Kasey se lo había dicho el mismo día en el que había llegado a Ithaca: «Sucedió las Navidades pasadas. Nadie sabe qué ha ocurrido con ella».
La pregunta quedó enterrada entre las voces de sus amigos, que habían pasado de recitar un maldito poema sobre la fortaleza del espíritu humano a gritarse en menos de cinco minutos.
—Charles, ayúdame. —Connor.
—No sé… —Charles.
—Ves, si ni Charles te defiende es por algo. —Blythe.
—¿Rome? —Connor.
—Ya te he respondido. No. —Roman.
—Pero ¿por qué no? —Connor.
—Porque me parece un baile absurdo. —Roman.
—Ajá, pero no porque tengas miedo o te dé reparo ir. —Connor.
—Eso es todavía más absurdo. —Roman.
—Que te den, Roman. —Blythe.
Roman le enseñó el dedo corazón. Blythe lo imitó.
—¿Qué pasó en el Baile de Navidad del año pasado? —Vera, de nuevo.
De nuevo, sin respuesta.
—Venga, nos tomaremos algo, lo pasaremos bien. —Connor.
—Pero si tú ni bebes. —Blythe.
—A ver, pensándolo mejor… —Charles.
—Charles, no. —Blythe.
—Quizá Connor tenga razón. Nos lo pasaremos bien y puede ser una forma de cambiar el recuerdo que tenemos del último baile. —Charles.
— ¡Resurgam! —Connor.
—¡Deja de hablar en latín! —Blythe.
Vera odió esa sensación, la de sentirse apartada del grupo y ser consciente de que, una vez más, estaban evitando explicarle cualquier cosa relacionada con Nathalie (Dios, esa chica era un fantasma que se negaba a dejarla en paz).
Fue como si un relámpago de rabia la sacudiera por dentro. No pudo contenerse más.
—¡¿Me podéis escuchar de una puta vez?!
Se hizo el silencio.
Cuatro pares de ojos se posaron en ella. Confundidos, sorprendidos, cautelosos, enfadados.
—¿Qué sucedió el año pasado en Navidad? —Las palabras le salieron sofocadas, como si no le llegara el aire.
Una vez más, quien habló fue Roman:
—Es mejor si no lo sabes.
Vera no pudo seguir fingiendo, aparentando que no sabía de qué iba todo aquello, que no pensaba en Nathalie casi a diario, que pese a no conocerla esa chica la atormentaba día y noche, que era la voz de sus inseguridades y sus miedos.
Así que lo soltó, sin pensar en las consecuencias:
—Nathalie.
El chico asintió.
—¿Qué pasó con Nathalie? —Necesitaba llegar al fondo de aquel asunto—. Podéis contarme…
Un golpe seco resonó por todo el salón. Era Connor, que había dado una palmada para llamar su atención.
—Oh, no, no, no. Me niego a hablar de esto el día de mi cumpleaños.
Rodeó la mesa hasta colocarse al lado de Vera y posó el brazo izquierdo sobre sus hombros.
—Por favor —añadió, y le dio un pequeño apretón para reafirmar su ruego.
Blythe y Charles le dedicaron una media sonrisa, también pidiéndole en secreto que no sacara ese tema.
Y en cuanto a Roman… podía sentir sus ojos clavados en ella, monitorizando cada uno de sus movimientos y palabras.
Cuando Connor suplicó por segunda vez que «por favor, Verus, por favor», decidió no insistir. Dejarlo ir.
Aunque aquello, pensó, no acababa allí: en algún momento, volvería a salir su nombre; en algún momento, volvería a preguntar; en algún momento, el silencio y la evasión no serían suficientes.
Sí, en algún momento, llegaría al fondo de aquel asunto.
Pero no ahora, se repitió, ahora déjalo ir.
Percibiendo la tensión evaporarse del cuerpo de Vera, Connor volvió al tema.
—Entiendo vuestras reticencias, pero insisto: este año vamos a ir al Baile de Navidad. Y si no me queréis prometer vuestra asistencia, al menos prometedme que os lo vais a pensar.
—Sí, vale, lo pensaré —suspiró Charles.
—Bueno. —Un monosílabo por parte de Roman.
—Eres insufrible. —Blythe.
—¿Eso es un «sí»? —Connor le dedicó una sonrisa inocente.
—Es un «puede».
—Me sirve —concedió su amigo y, dándole otro apretón en los hombros, pronunció su nombre—. ¿Vera?
Ella asintió.
Connor la soltó y dio un saltito ridículo acompañado de un grito de «victoria, victoria».
A Vera le fue imposible no reír ante aquella muestra de emoción.
Y Blythe empezó a servir más vino, y Charles propuso que volvieran a jugar a la dinámica de los casos, y Roman se encendió un cigarro y simplemente los miró con una sonrisa torcida.
Y ella se dejó llevar por la alegría de Connor, y la bebida que Blythe le depositó en las manos, y la forma en la que Charles retomó el debate de «Texas contra Johnson», y los ojos brillantes de Roman.
Y se percató de que aquel era el peligro de estar con sus amigos, de formar parte del grupo: no importaba lo que hicieran o cómo se comportaran, siempre iban a fascinarla y atraerla.
Como un metal al imán.
Como un barco a la deriva que de pronto ve la luz de un faro en la noche.
Como un humano al oro, nunca satisfecho, siempre queriendo más.
Hijos Dorados.
** N. del E.: Para ver la versión en español del poema ve a la página 445.