XXVI #2
Se vio a sí misma entrando en la sala de reuniones de Greenberg & Hughes donde le habían hecho la entrevista, a Carrell fardando de aquella pieza de cerámica que se encontraba expuesta en una de las estanterías.
Vio los documentos y el contrato de compraventa de bienes inmuebles con el apellido en el encabezado.
Arrieta.
Las palabras que Roman había pronunciado hacía escasos minutos retumbaron en su cabeza como tambores de guerra: En cuanto obtuve los primeros indicios, supe que la relación entre los Arrieta y Greenberg & Hughes iba más allá de la típica entre un cliente y su abogado.
—Greenberg & Hughes. —El nombre del despacho salió de su boca como una exhalación.
Frente a ella, Roman asintió una vez.
—Greenberg & Hughes es el socio más importante de los Arrieta. Y no solo eso, también se encarga de limpiar los posibles rastros que puedan ir dejando, se asegura de que no tengan ningún problema para seguir operando.
Los pulmones de Vera habían dejado de funcionar. No le llegaba el aire. No podía respirar.
—Pero si esto es verdad… Si Greenberg & Hughes está metido en todo esto… Entonces los padres de Blythe…
—Grace y Heath Jeong lo saben. No tengo ninguna duda. Al igual que Carrell y una buena parte de los socios de Greenberg & Hughes. Al menos los más veteranos.
Vera se levantó del taburete y empezó a caminar por el salón. El café había quedado olvidado sobre la encimera.
Qué se suponía que tenía que hacer con aquella información.
Qué. Mierdas. Tenía. Que. Hacer. Ahora.
Céntrate en caminar, en respirar, se dijo.
Lo primero podía hacerlo, de lo segundo no estaba tan segura.
Roman seguía inclinado sobre el mármol. Por primera vez desde que había llegado, Vera se fijó en el morado que enmarcaba sus ojos. Si se había enterado de todo aquello hacía unas horas… su amigo no había dormido.
Vera paró en seco.
—¿Qué hacemos? —dijo con un hilo de voz, insegura.
—No lo sé. —Era una respuesta sincera, agónica.
Era la primera vez que Vera había escuchado aquellas palabras de su amigo. Y aquello, el que no tuviera ni idea de cómo actuar, la alarmó casi más que todo lo que le acababa de explicar.
Roman siempre sabía lo que debía hacer. Siempre tenía un plan. Siempre estaba seguro de sus acciones y reacciones. Era la estabilidad que los guiaba y los mantenía lúcidos.
Sin esa seguridad, estaban perdidos.
Estaba perdida.
—¿¿Y entonces por qué mierdas me lo dices?? —explotó Vera, desesperada—. Si no tienes una solución, si no sabes qué hacer, por qué me dices todo esto.
Sabía que su estallido era injusto. Roman no tenía la culpa de nada.
Es más, si se trataba de buscar un culpable, debería estar señalándose a sí misma.
Ella había sido la que se había fijado en el apellido Arrieta, la que le había preguntado a Tina por la familia y después había compartido su inquietud con Roman.
Ella lo había implicado y, de alguna manera, inclinado a indagar sobre el apellido.
Si alguien había movido ficha en aquel tablero, era ella.
Y en lugar de ser consecuente con sus decisiones, de pensar en el próximo movimiento, estaba pagando su pánico con Roman.
Por fin, el chico se movió. Caminó hacia Vera hasta tenerla a escasos centímetros.
Lo próximo que sintió Vera fueron los brazos de Roman rodeándola y apretándola contra su pecho con fuerza.
Se quedaron así, quietos, abrazados, durante lo que pareció una eternidad.
El olor del chico la invadió, envolviéndola, acariciándola. No era un olor que pudiera describir con palabras, como esos que los autores se empeñaban en plasmar en sus novelas, del estilo olía a pino y nieve.
No.
Roman olía a Roman.
No había más.
Cuando se separó, la miró, y, secándole unas lágrimas que Vera ni se había dado cuenta de que había derramado, le susurró:
—No, no sé qué se supone que tenemos que hacer, Vera. Pero lo que sí sé es que vamos a averiguarlo. Vamos a encontrar una solución.
La guio de nuevo hacia el taburete, la mano de él apoyada en el bajo de su espalda, y le colocó la taza de café entre las manos, como queriendo devolver la escena a la cotidianidad que había imperado hasta hacía apenas unos minutos.
La bebida todavía estaba caliente.
—¿Se lo contamos a los otros? —preguntó Vera.
—No. —La respuesta fue rotunda—. Nadie puede saberlo.
—Pero Blythe… Son sus padres.
—Si se lo decimos a Blythe, solo vamos a conseguir alterarla y distraerla. Es mejor que no lo sepa.
—¿Y Connor y Charles?
—Por mucho que le pidiéramos que se lo callara, Connor iría corriendo a explicárselo a Charles y a Blythe. Y Charles… no, tampoco. Está demasiado abstraído y aislado. No sé exactamente qué es lo que le pasa y cómo reaccionaría ante esto.
—Entonces, se queda entre nosotros.
—Sí, se queda entre nosotros. Al menos hasta que pase el Caso Magno.
Vera asimiló aquellas palabras.
—¿Y qué se supone que tenemos que hacer? ¿Seguir con nuestras vidas como si nada?
¿Cómo podía seguir estudiando, preparando el Caso Magno, luchando por la beca, cuando Greenberg & Hughes, su futuro , estaba formado por criminales?
Porque eso es lo que eran. No había otro nombre para designar a un grupo de personas que financiaban y colaboraban de forma activa en una ilegalidad como la que Roman le había explicado.
Estaban explotando el patrimonio de un país y lucrándose a su costa. Y todo de forma ilícita.
Roman soltó un suspiro largo y pesado.
—De momento sí. No se me ocurre otra opción.
Y en ese instante, sentada en el quinto taburete de la cocina de Roman, Vera se dio cuenta de que si pudiera borrar aquella información de su mente y vivir en la ignorancia el resto de sus días, lo haría.
Pero eso es lo jodido de la verdad.
Una vez la conoces, no hay vuelta atrás.
No puedes ignorarla.
Tienes que vivir con ella.
Por mucho que cueste.