XXVI
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Aquel domingo se había despertado más cansada de lo habitual. Últimamente le costaba conciliar el sueño. Su cabeza se negaba a apagarse y era incapaz de desprenderse de una serie de preocupaciones que no paraban de repetirse una y otra, y otra vez.
La primera: cada vez faltaba menos para la presentación del Caso Magno y todavía quedaba mucho trabajo por hacer.
Por ejemplo, preparar una lista de potenciales testigos a los que interrogar el día del simulacro y contactar con alumnos dispuestos a ayudarlos fingiendo que eran eso, testigos ( ¿a quién se suponía que iban a convencer si Roman y ella no se llevaban bien con nadie? ).
La segunda: los exámenes. Sí, al margen del Caso Magno, tenía que estudiar para los exámenes del semestre y asegurarse de sacar las mejores notas para mantener la media que, por cierto, también contaba para ganar la beca.
La tercera: su relación con Tina seguía deteriorándose. Sus llamadas eran cada vez menos frecuentes y más cortas. Ninguna quería discutir, así que ninguna hablaba mucho.
Y la cuarta: Roman. Por alguna razón, el chico se negaba a salir de su cabeza.
Era como si alguien le hubiera invitado a pasar un rato y él, insatisfecho, hubiera decidido quedarse de por vida.
¿Por qué? ¿Por qué se encontraba a sí misma esperando verlo cada mañana en la cafetería?
¿Por qué ahora siempre pasaba corriendo por el gimnasio en el que practicaba boxeo, solo por si acaso estaba rondando por allí?
¿Por qué cada vez que su móvil vibraba o sonaba deseaba que fuera él y, si no lo era, se llevaba una decepción?
No tenía una respuesta a esas preguntas. O quizá sí, pero era una cobarde y no quería admitir lo que sentía. Porque una vez lo admitías, lo decías en voz alta, lo que estaba en tu cabeza y en tu corazón pasaba a ser real. Y una vez era real, tenías que lidiar con ello.
Y eso era lo que no quería Vera: lidiar, enfrentarse a sus sentimientos, y descubrir que no eran correspondidos y que la única razón por la que el chico la miraba de esa forma o le sonreía cuando menos se lo esperaba era porque le recordaba a Nathalie.
No pienses así.
Hubiera entrado en el mismo bucle de siempre de no ser por el sonido que emitió su móvil, avisándola de que acababa de recibir un mensaje.
Era de Roman.
Su corazón dio un vuelco y empezó a palpitar con fuerza.
Tenemos que hablar. ¿Puedes venir a primera hora?
No le digas nada a Blythe.
Su plan había sido ir a correr pese a lo poco que había descansado. Pero aquellas palabras, sobre todo el «no le digas nada a Blythe», hicieron que se cambiara en cuestión de minutos y saliera por la puerta, con cuidado de no hacer ruido para no despertar a su amiga.
Cuando llegó a casa de Roman, llamó al timbre.
Y solo entonces pensó que, quizá, plantarse un domingo a las ocho y media de la mañana en el portal de su amigo no era tan buena idea.
¿Y si todavía estaba durmiendo? ¿Y si cuando le había dicho a primera hora había querido decir a las diez en lugar de a las ocho?
¿Y si la estaba esperando en otro lugar?
Al fin y al cabo, el mensaje no había especificado que se tuvieran que encontrar en su casa.
Las dudas se disiparon cuando Roman abrió la puerta apenas unos segundos después. Llevaba una sudadera gris oscuro y unos pantalones de chándal negros.
Al verla, su postura, por naturaleza tensa, se relajó. Esbozó una sonrisa torcida que no le llegó a los ojos y se hizo a un lado para dejarla pasar.
—Pareces cansada —le dijo cuando estuvieron aislados del mundo en su salón.
Al escuchar aquellas dos palabras, la adrenalina y los nervios que la habían sacado de la cama y llevado hasta allí se desvanecieron.
Era como si Roman le hubiera recordado a su cuerpo que sí, estaba exhausto.
Ya no por las pocas horas que había dormido aquella noche, sino por las semanas (o más bien los meses) que llevaba en tensión, sin desconectar.
De pronto, sintió los párpados pesados, las pupilas secas.
—Llevo unos días sin dormir muy bien —admitió.
Roman la estudió como si realmente le importara el estado en el que se encontraba y, dirigiéndose a la cocina, dijo:
—Te haré un café.
Vera lo siguió, se sentó en uno de los cinco taburetes y…
—Espera, ¿cinco? —soltó en voz alta sin darse cuenta.
Roman se giró, filtro de café en mano. El pelo castaño, iluminado por los rayos de sol que entraban por una de las ventanas de la casa, le caía sobre los ojos, ligeramente despeinado.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
Pero no era nada. Los cuatro taburetes habían pasado a ser cinco .
Vera sintió su corazón encogerse. De pronto, las dudas que la habían asaltado esa mañana perdieron fuerza y la abandonaron. En su lugar florecieron pequeñas chispas de esperanza. ¿Y si aquel gesto no era una coincidencia? ¿Y si Roman había incluido un quinto taburete por ella?
No pudo evitarlo, las comisuras de sus labios se alzaron y sintió un cosquilleo recorrerle el cuerpo. Por un instante, se permitió recrearse en esa sensación.
Pero fue solo un instante.
Vera se obligó a controlarse y centrarse en el motivo por el que estaba allí: averiguar lo que fuera que Roman quisiera contarle.
Así que preguntó:
—¿Qué ha pasado?
El chico se entretuvo preparando el café y solo cuando hubo encendido la cafetera americana y el leve grr grr de la máquina invadió la estancia, habló.
—Es sobre la familia Arrieta.
Al escuchar el apellido, Vera se puso en alerta.
La última conversación que había mantenido sobre ese tema había sido con Roman, la mañana en la que lo había encontrado en el polideportivo practicando boxeo.
Desde entonces, había decidido no darle más vueltas.
Al fin y al cabo, su amigo había tenido razón.
Todo criminal necesitaba un abogado. Los Arrieta no serían la primera ni la última familia involucrada en asuntos ilícitos que Greenberg & Hughes se viera obligado a defender.
Por mucho que le perturbara aquella realidad, tenía que aceptarla.
No solo porque fuera eso, la realidad, sino porque hacer lo contrario sería comportarse de forma hipócrita.
Si la condición para convertirse en abogada de Greenberg & Hughes era tener como clientes a los Arrieta, implicaciones y consecuencias incluidas, Vera aceptaría sin pestañear.
Por eso, la mención de la familia la descolocó.
Roman le sirvió el café en una taza grande color azul marino y le añadió un chorrito de leche. La depositó en la encimera, frente a Vera, y apoyó los codos sobre el mármol.
¿Por qué sabía cómo le gustaba el café? ¿Por qué en lugar de hablarle desde el otro lado de la cocina se había inclinado justo delante de ella?
Roman continuó:
—Cuando me hablaste de ellos hace un par de semanas no le quise dar importancia. Pero intuí que el tema te preocupaba, así que volví a casa y me puse a investigar.
Decidió pasar por alto que si Roman había indagado sobre los Arrieta era por ella y puso su atención en la última palabra que había pronunciado.
—¿A investigar? —tenía la sensación de que el concepto de investigar de Roman distaba bastante del suyo.
—Hice algunas llamadas. —No ofreció más explicaciones—.
Me costó unos días empezar a dar con algo de información.
Pero en cuanto obtuve los primeros indicios, supe que la relación entre los Arrieta y Greenberg & Hughes iba más allá de la típica entre un cliente y su abogado.
—Hizo una pausa en la que miró a Vera—. Ayer me confirmaron lo que sospechaba.
Vera le dio un sorbo al café. Sentía que si no hacía nada, que si simplemente se quedaba quieta, explotaría.
—Los Arrieta llevan años controlando parte del negocio minero en Perú. Han estado involucrados en varios casos de fraude, explotación de trabajadores y otras malas prácticas laborales. No son trigo limpio.
—Pero, Roman, eso ya lo sabíamos. —Vera no entendía a dónde quería llegar su amigo.
—Sí. Lo que no sabíamos es que parte del dinero que los Arrieta generan con su imperio minero lo reinvierten en otro negocio que operan al margen de la ley y del gobierno. Es un negocio fantasma. Nadie lo conoce.
Roman seguía mirándola con aquellos ojos verdes que la perseguían por todas partes, incluso en sus sueños.
—A unos cien kilómetros de Iquitos, en la selva amazónica peruana, los Arrieta tienen unos terrenos inmensos.
Estamos hablando de hectáreas y hectáreas de tierras cercadas y aisladas gracias a una inversión millonaria en seguridad.
En esos terrenos hay unas naves industriales inmensas que funcionan como almacenes.
Y dentro de esas naves, ocultos a ojos de todo el mundo, están algunos de los artefactos arqueológicos más valiosos de todo Perú.
La piel de Vera se erizó.
—Vera, los Arrieta tienen montada una red de contrabando de objetos arqueológicos por todo el país —sentenció.
—Pero… ¿cómo? Para gestionar un negocio de este calibre a espaldas del gobierno y del ejército necesitarían…
—Una cadena de contactos lo suficientemente potente para poder mover y distribuir los objetos arqueológicos sin levantar sospechas, una cantidad ingente de materiales, toda la infraestructura…
Y dinero. Mucho, mucho dinero. Dinero para construir los almacenes, para financiar las excavaciones, para sobornar a autoridades, arqueólogos y vete a saber a cuántas personas más.
—Es imposible que desviar tanto dinero y recursos no haya llamado la atención del gobierno o de la policía. Alguien se tiene que haber dado cuenta.
El semblante de Roman se endureció. Sus labios se fruncieron en una fina línea, y sus pómulos, ya de por sí marcados, se tornaron afilados como cuchillos. Sus ojos eran dos dagas dispuestas a atravesar cualquier objeto.
—Los Arrieta no son los únicos que están metidos en el contrabando. Cuentan con un socio muy importante, poderoso, rico y bien conectado. Adivina quién.
Y entonces Vera unió los puntos.