XXV
XXV
Noviembre
Dolor
Esperaba impaciente, apoyado contra la pared del callejón que daba a la cocina del Liberty.
Pese a la oscuridad de la noche, había procurado ocultarse tras un par de contenedores.
Olía a sobras de comida y plástico quemado.
No veía el momento de llegar a casa y darse una ducha rápida para eliminar la peste de su cuerpo.
Y también la ansiedad.
Sintió una punzada en el pecho, a la altura del esternón. Se masajeó la zona, tratando de aliviarla, pero en lugar de desaparecer o atenuarse, ganó fuerza.
¿Era un dolor real o una ilusión, alguna otra invención de su cabeza? Últimamente sentía que ya ni se podía fiar de su propia mente, y menos cuando sucumbía a la debilidad y buscaba refugio en el mismísimo infierno.
Qué más daba, fuera lo que fuere, lo sentía como mil cuchillos en el corazón.
Agarró un frasco de ibuprofeno del bolsillo interior de su larga chaqueta negra y se llevó las dos últimas pastillas a la boca. Las tragó sin agua.
Miró la hora por enésima vez.
Quedaban cinco minutos para las doce de la madrugada.
Cinco minutos para que todo se fuera todavía más a la mierda.
Pero era por un buen motivo, se repitió, intentando convencerse a sí mismo.
Unos pasos resonaron en el callejón. Vio una figura alta, robusta, encapuchada, acercándose al lugar donde se encontraba.
Había llegado el momento.
El hombre se detuvo frente a él y, cerciorándose de que no hubiera nadie alrededor, dijo:
—¿Lo tienes? —Se encendió un cigarrillo.
Controlando el temblor de sus manos, el chico sacó dos fajos de billetes del bolsillo interior de la chaqueta. El hombre encapuchado se los quitó al instante, como un perro callejero arrebatándole un trozo de carne a un humano. Hambriento. Desesperado.
Se llevó un dedo a la boca y, tras humedecerlo con saliva, empezó a contar el dinero.
El chico se preparó para lo que estaba a punto de suceder.
—Falta un tercio. ¿Dónde está? —El hombre alzó los fajos hasta situarlos a escasos centímetros de la cara del chico.
—No lo tengo.
El hombre de la capucha chasqueó la lengua.
El chico se lo intentó explicar. La mentira fluyó por sus labios tal y como la había imaginado. Ligera, fácil. El truco, había aprendido esos últimos meses, era creerte lo que estabas diciendo. Convencerte de que las palabras que salían de tu boca eran verdades.
Él, que antes era incapaz de pronunciar una falsedad sin palidecer y tartamudear, ahora se había vuelto un maestro.
Una risa histérica retumbó en su cabeza.
Tantos años pensando en el significado de la justicia, refugiándose en la palabra «ley», dándoselas de moralmente correcto, y ahora…
En el fondo, pensó, el ser humano es como un camaleón, capaz de cambiar su color de piel, sus convicciones, sus ideales, si ese es el precio a pagar por la supervivencia.
El hombre encapuchado tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó con la suela del zapato.
Se arremangó, dejando al descubierto sus antebrazos.
Tomó impulso.
El primer golpe lo sorprendió, tirándolo al suelo. Del segundo trató de defenderse. De los siguientes ni lo intentó. Llegaron uno detrás de otro, todos dirigidos al estómago, a las costillas, a las lumbares. Para que nadie los vea , entendió. Para que no me pregunten .
Cuando hubo acabado, el hombre encapuchado le escupió y, acuclillándose para situarse a la altura de su cuerpo, siseó:
—Tus explicaciones me las meto por el culo. Y como te sigas pasando de listo…
Sacó algo del bolsillo trasero de su pantalón (¿un objeto?) y lo fue acercando a su rostro, poco a poco, poco a poco. Sintió el frío del metal rozarle la piel y después el filo de una navaja recorrerle la mejilla izquierda, la que no tenía apoyada sobre la gravilla del callejón.
—Lo entiendes, ¿no? Seguro que sí, eres un chico listo. Todos en esta podrida universidad lo sois.
Le dio un par de toquecitos en la sien con la punta de la navaja y, tras levantarse y escupirle otra vez, le propinó un segundo puntapié, directo a las costillas.
Y lo dejó allí, ensangrentado, en el suelo, al lado de los contenedores.
¿Cómo había acabado así?
Cuando uno decide descender al infierno e, ignorando el peligro, deja que su cuerpo y su mente se deterioren , es inevitable que el dolor acabe invadiendo cada rincón. Y si se está solo, si no se tiene a nadie a quien recurrir, solo queda un final: la derrota .