XXIV
XXIV
Roman no podía ni quería apartar los ojos de Vera.
Monitorizó cada movimiento de su cuerpo, cada palabra que salía de sus labios, cada respiración agitada, que provocaba el leve pero rápido subir y bajar de su pecho.
Sentía que si dejaba de mirarla desaparecería, se esfumaría como si solo hubiera sido un espejismo, una alucinación.
Por eso, cuando marcó el contacto de Blythe para llamarla y se puso a caminar por el salón de su casa, inquieta y nerviosa, se acercó a ella.
—¿Blythe? —susurró Vera—. Blythe. Es él. Tienes que venir. Ahora.
Al llegar junto a las escaleras que daban al piso de arriba, la chica giró sobre sus talones, dispuesta a recorrer de nuevo la estancia. Sin embargo, la presencia de Roman, tan cerca, la obligó a detenerse en seco.
Vera extendió una mano y la posó sobre el pecho de Roman, quien se la tomó sin dudarlo ni un segundo. Estaba helada.
—En casa de Roman. —Al pronunciar aquellas palabras, Vera posó sus iris dorados en los de él.
Tan suyos.
Tan diferentes a los de Nathalie.
Roman alcanzó a oír la voz atropellada de Blythe y se imaginó a su amiga corriendo de un lado a otro de su casa, cambiándose de ropa para salir lo antes posible. Después de algo que pareció «paso por casa de Connor y voy para allá», colgó el teléfono.
—Tiene que pasar por casa de Connor, pero ahora viene —corroboró Vera sin desprenderse de él.
Sabía que no tenían tiempo, así que solo se permitió unos segundos.
Unos segundos de recorrerla de arriba abajo y fijarse en su piel, suave y tostada, en la forma en la que se arremangaba el jersey (se los solía comprar dos tallas más grandes porque eran los que estaban con descuento), en su pelo, con esas hondas tan ligeras pero tan características, en la manera en la que fruncía sus labios.
Roman alargó una mano, la que tenía libre, y le colocó un mechón rebelde detrás de la oreja.
Sintió la agitación de Vera, esta vez por motivos muy distintos.
Su cuerpo buscó acercarse más al de aquella chica… Pero se detuvo.
No tenían tiempo.
Forzó las palabras, que salieron ásperas:
—Nos tenemos que poner en marcha.
Tratando de ignorar el pesar que había invadido los ojos de la chica, soltó su mano y subió las escaleras que daban al segundo piso de su casa. Tras él, Vera hizo lo mismo, siguiéndolo de cerca.
Roman entró en su habitación y fue directo al armario empotrado que ocupaba la mitad de una de las paredes.
Lo abrió y palmeó el interior del tercer cajón, buscando el punto hueco.
Cuando lo hubo encontrado, presionó la madera.
Al instante, el extremo del cajón se levantó, dejando entrever un falso fondo.
Roman tanteó el compartimento secreto y sacó una mochila negra.
Volvió a colocar la madera y, sin decir nada, depositó la mochila sobre su cama.
Vera lo estaba observando desde el marco de la puerta. Tenía sus grandes ojos abiertos de par en par y sus mejillas se habían teñido de ese color rosado que era tan suyo.
Roman cubrió el espacio que los separaba en dos pasos.
—Vera, lo que vas a ver… Lo que va a pasar hoy…
Puedes ahorrártelo —lo dijo calmado, tranquilo, pese a que sus cimientos se estaban tambaleando—.
Mi familia, yo, no somos buenas personas.
Hay cosas que he hecho que nunca voy a poder olvidar.
Manchas que siempre van a permanecer conmigo.
Lo mismo con Connor, Charles y Blythe. Nuestras manos no están limpias.
Pero tú… estás a tiempo. Si quieres, puedes salir ahora mismo de mi casa y nunca más volver a verme, a vernos. Creo que sería lo mejor para…
La piel de Vera se incendió todavía más.
—Oh, no; no te atrevas a tratarme con condescendencia, Roman Cagliari.
—Sus manos, extendidas al lado de su cuerpo, se cerraron en puños—.
¿Qué te piensas? ¿Que no sé cómo sois? ¿Que lo de tu familia o lo de Nathalie me ha sorprendido?
Por supuesto que no. Y adivina qué. Aquí sigo y aquí voy a seguir.
Así que saca lo que sea que tengas que sacar de esa mochila.
Roman tuvo que reprimir los cientos de impulsos que lo invadieron.
Pero no tenían tiempo. Ni un maldito segundo. Así que volvió sobre sus pasos, abrió la mochila negra y empezó a sacar fajos de billetes.
—Mil, dos mil, tres mil —contó en susurros.
Sintió la presencia de Vera detrás de él, cálida y reconfortante.
—¿Cuánto ha dicho que necesitaba?
—Cincuenta mil.
—¿Y tienes cincuenta mil dólares en una mochila dentro de tu armario?
—En el falso fondo de mi armario, sí.
Cuando tuvo los cincuenta fajos que necesitaba, devolvió la mochila a su sitio. Sacó una bolsa marrón de cuero de debajo de la cama y, contando de nuevo para asegurarse de que no faltara ni un dólar, empezó a guardarlos.
—Si te pido que vayas al salón y me esperes allí mientras me encargo de una última cosa no me harás caso, ¿no? —Roman le tendió a Vera la bolsa de viaje y ella la agarró.
—Por supuesto que no.
—Eso me temía.
Salió de su habitación y se dirigió al estudio, con Vera pisándole los talones.
Se arrodilló sobre el suelo de parqué y, una vez más, palpó la madera en busca de un sonido hueco.
—Soy yo. —El susurro de Vera lo alcanzó en el momento en el que había dado con la tabla suelta.
Roman se giró. Vera estaba frente a una de las paredes del estudio, la opuesta a las grandes ventanas por las que, cada mañana, entraba una luz radiante y limpia.
Tenía la vista clavada en uno de los varios bocetos que el propio Roman había dibujado y enmarcado para decorar la habitación, para hacerla más suya.
El dibujo estaba protagonizado por una chica.
Sentada, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol, escribía algo en una especie de libreta o diario.
Tenía el pelo recogido en una media coleta y algunos mechones le cubrían los ojos.
Su expresión era intensa, una mezcla de preocupación y frialdad capaz de atraer a cualquiera.
Era Vera.
—Sí —se limitó a responder Roman.
—¿Cuándo lo has dibujado? —le preguntó sin apartar los ojos del boceto.
—Pocos días después de conocerte. Te vi sentada en Stewart Park una tarde. Escribías sin parar en ese diario que llevas a todas partes.
—¿Y cuándo lo enmarcaste y colgaste aquí?
—Pocos días después de conocerte.
Sin pararse a contemplar la expresión de Vera, los sentimientos que debían de estar cruzándole por el rostro, Roman levantó el tablón de madera y, rebuscando en el suelo, sacó una pistola.
Con unos movimientos rápidos, propios de alguien acostumbrado a manejar armas, comprobó que estuviera cargada, le puso el seguro y se la guardó en la parte baja de la espalda, dentro del pantalón. El jersey la ocultaría a ojos de los demás.
De pronto, una mano apareció en su campo de visión. Extendida, con la palma mirando al techo, como esperando a que le entregaran algo.
—¿Qué haces? —Roman se puso en pie.
—¿Tienes otra pistola? —La mano seguía extendida.
—¿Para qué?
Vera cuadró los hombros, alzó la cabeza y mirando a Roman fijamente a los ojos, dijo:
—Para mí.
Eso era exactamente lo que estaba temiendo.