Hijos dorados XXIII #2
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XXIII #2

Al perder a su amiga de vista, Connor se relajó sobre la silla.

Tenía que hallar alguna forma de desviar la atención de Blythe porque si seguía insistiéndole acabaría por soltarle todo.

Y ya había decidido que aquello no podía pasar.

Bajo ningún concepto. Y menos después de ver lo agobiada que estaba con el Caso Magno, las horas que le estaba dedicando y el esfuerzo y trabajo que estaba poniendo en prepararlo.

Aprovechó para mirar el móvil, con la tonta esperanza de encontrar un mensaje de Charles, pero su panel de notificaciones estaba vacío.

Le dio un sorbo a su café americano. Charles lo estaba evitando y él, como un bobo, seguía llevando su taza a todas partes.

Cuando Blythe volvió, unos cinco minutos después, tenía las mejillas sonrosadas por el frío y el ceño y los labios fruncidos.

Se sentó y, sin decir nada, tecleó algo rápido en su móvil. Connor supuso que estaba enviando un mensaje.

—Eh… —Escogió sus próximas palabras con cuidado—. ¿Una mala noticia?

Blythe lo miró como si fuera la primera vez que lo veía y, sacudiendo su cabeza de un lado a otro murmuró que «no… sí… no lo sé».

Connor la invitó a hablar con una sonrisa y un gesto de la mano y, mientras lo hacía, se sintió el peor amigo del mundo.

¿Cuántas veces le había comentado a Blythe que odiaba la sensación de sentirse manipulado, sobre todo si era por alguien cercano?

Y ahora él estaba haciendo exactamente aquello con su amiga.

Manipularla para que se olvidara de que Connor se estaba callando una verdad que podría cambiarlo todo entre ellos.

Blythe pareció dudar en si hablar o no, pero finalmente lo hizo.

—Con, si te confieso algo, ¿me prometes que no se lo contarás a nadie?

Connor tragó saliva. Conocía a Blythe, y por la mirada intensa que le estaba dedicando, por la forma en la que estaba recopilando sus papeles como si de repente necesitara ordenarlos, y por el tono de su voz (un témpano de hielo), supo que aquel no era el típico secreto inocente entre amigos.

No, Blythe, no quiero que me confieses nada, y menos cuando me miras y te mueves y hablas de esta forma.

—Claro —dijo en su lugar.

Blythe tomó aire, o más bien fuerzas, y lo soltó de golpe:

—Hace unos días me reuní con Rebecca Callahan en el Gattopardo y…

—Espera —la cortó Connor—. ¿Quién es Rebecca Callahan?

Blythe dejó escapar un suspiro exasperado.

—Rebecca Callahan —repitió—. ¿La socia de Greenberg persistente, molesta y cada vez más potente.

Después de todo por lo que habían pasado, ¿serían los secretos los que acabarían con ellos?