XXIII
XXIII
Se despertó a las once y media de la mañana con un dolor de cabeza arrollador.
La vuelta desde los Hamptons había sido incluso peor que la ida.
No solo no había conseguido dormir, sino que el trayecto más largo (el de Nueva York a Ithaca) lo había pasado junto a un hombre con un olor corporal tan fuerte e intenso que casi le había hecho vomitar.
Además, sus padres lo habían estado llamando de forma insistente durante horas y solo cuando les había mandado un mensaje aclarando que todo estaba bien y que ya estaba de vuelta en Cornell, habían detenido sus intentos de contactar con él.
Podría decirse que el fin de semana había sido desastroso.
La noche del sábado había llegado a casa de Blythe y, sin desvestirse ni asearse, se había dejado caer sobre el confortable y enorme colchón de una de las habitaciones de invitados de los Jeong.
Honestamente, después de la «maravillosa» cena con sus padres, no tenía fuerzas para más.
Había algo en lo que su madre tenía razón: había sido inocente.
Pensándolo bien, y conociendo a George y a Sarah Hannaway, tendría que haberse visto venir el drama de la beca. Sí, tendría que haberlo anticipado y hecho algo para evitarlo. Porque ahora ya era demasiado tarde.
Connor estaba seguro de dos cosas.
La primera, que no había nada que pudiera conseguir cambiar la decisión de sus padres: una de las becas iba a ser suya, le gustara a él o no.
La segunda, sus amigos no podían saberlo.
Connor podía tener muchos miedos (como subirse a un coche o las noches de tormenta), pero ninguno se comparaba con el de perder a sus amigos.
Y temía que aquella verdad pudiera causar una brecha infranqueable entre ellos.
Así que tenía que callarse. La única persona a la que podría haber recurrido, con la que podría haber descargado aquel peso, era Charles.
Pero Charles estaba irreconocible e inaccesible.
Así que sí, tenía que callarse. Mentirles. Hacer como si nada.
Se sentía como una mierda.
La culpabilidad lo estaba corroyendo por dentro. De allí el dolor de cabeza y su reticencia a salir de la cama.
En cuanto había llegado a su casa de Ithaca (vacía) había decidido que a la mañana siguiente no iría a clase. Total, qué más daba. Sus padres se habían asegurado de que se graduaría de Cornell por todo lo alto hiciera lo que hiciera.
Ya eran las doce.
Connor dejó escapar un gruñido desesperado.
Si por él fuera, estaría un par de semanas sin ver a sus amigos.
Pero claro, aquello no era una opción. Sabía que Blythe se plantaría en la puerta de su casa a las veinticuatro horas sin dar señales de vida (de hecho, estaba convencido de que ya tenía unos diez mensajes suyos preguntándole por qué no estaba en clase) y que Roman empezaría a buscarlo como un loco por todas partes.
Si no habían actuado así con Charles era porque todos estaban convencidos de que lo de su amigo era pasajero.
Lo de Charles solo era una mala racha y, por ello, se le pasaría dentro de poco.
No había nada por lo que alarmarse. O al menos eso era lo que llevaba diciéndose desde octubre.
Así que, no; desaparecer no era una opción. Y menos cuando, en teoría, había quedado con Blythe en unas horas para revisar algunas sentencias del Caso Magno. Ya podía estar practicando su mejor cara de indiferencia.
Con la cabeza martilleándole como un tambor, se levantó y, haciendo todo lo posible por no sucumbir al frío y volverse a cubrir con el grueso edredón, fue a la cocina.
Abrió el cajón en el que Charles y él guardaban las medicinas y agarró el frasco de ibuprofeno.
Estaba vacío.
Connor lo sacudió para asegurarse de que no quedaran pastillas y, en efecto, nada.
Soltó una maldición por lo bajo.
Aquel día solo iba de mal en peor.
Como el Café Alléchant, donde había quedado con Blythe, estaba a las afueras de Ithaca, decidió ir en bicicleta.
Al no conducir y negarse a subirse en el autobús del campus (porque estaba demasiado concurrido y olía mal), aquella era la única opción que le quedaba.
El clima frío de finales de noviembre consiguió arrebatarle el cansancio que le quedaba en el cuerpo.
Eso sí, el dolor de cabeza seguía allí, una presión constante en la sien.
Llegó al pequeño establecimiento quince minutos tarde. Dejó la bicicleta en un lateral del edificio y, quitándose los guantes que se había puesto para que el viento no le congelara la piel, entró en él.
Aquí no pasa nada, todo sigue normal, aquí no pasa nada, todo sigue normal, empezó a repetirse mientras se dirigía a la mesa que Blythe había escogido para desperdigar sus libros y papeles.
Como llevaba los auriculares puestos, seguro que escuchando el Bolero de Ravel o algo parecido, no se percató de su presencia hasta que se sentó frente a ella.
—Estás rojo —le dijo como saludo a la vez que se quitaba los auriculares y le daba un sorbo al café que se había pedido. Por el contenido que quedaba en la taza, llevaba en la cafetería un buen rato.
—He venido en bicicleta —comentó Connor, y forzó su mejor sonrisa desenfadada.
Blythe compuso una mueca. El gesto no la había convencido.
—¿Todo bien?
Aquí no pasa nada, todo sigue normal.
—Sí, claro, ¿por qué no iba a estarlo?
Su amiga depositó la taza sobre la mesa.
Connor se fijó en el pelo azabache que le caía, trenzado, por el hombro derecho; en su jersey negro de cachemira, por el que sobresalía el cuello de una camisa blanca, y en sus uñas, con una manicura francesa perfecta.
Se fijó en todo menos en su rostro, en sus ojos.
Sabía que, si en ese momento la miraba, le confesaría hasta la última palabra.
—Que yo sepa, el sábado por la noche me llamaste pidiéndome la llave de repuesto de mi casa de los Hamptons. Teniendo en cuenta que tienes tu propia mansión allí, no sé, me he imaginado que había pasado algo con tus padres. Además, Kit me dijo que tenías un aspecto lamentable.
—Gracias, Kit —murmuró Connor para sí, pensando en el chico regordete y con bigote que le había entregado la llave de repuesto.
Connor empezó a doblar la esquina de uno de los papeles que tenía enfrente. Por lo que ponía en el título del documento, era un artículo sobre el concepto de preso preventivo en el marco del Derecho penal norteamericano.
—Así que indagando sobre nuestro amigo Kelly —dijo con la esperanza de que Blythe se olvidara de la noche de los Hamptons.
En efecto, al ver que se refería al supuesto de hecho que les había tocado preparar para el Caso Magno (el mismo que a Roman y a Vera), le arrebató el papel de las manos con un «vas a estropearlo».
—Sí. Creo que estos últimos días he perdido un poco el foco sobre cuál es el conflicto principal del caso.
No se trata de dilucidar el grado de agresión que presuntamente sufrió Kelly.
Se trata de determinar el punto exacto en el que un detenido pasa a considerarse un preso preventivo.
—Se llevó las manos a la cabeza—. ¿Cómo he podido perder el tiempo de forma tan absurda?
Si es que, además, es algo que discutimos al principio. No entiendo por qué me he desviado así.
Aquellas palabras fueron como recibir un puñetazo al estómago.
Carraspeó y focalizándose en el fuego que crepitaba en la chimenea de al lado, consiguió musitar:
—No te martirices, lo estás haciendo genial.
Blythe soltó un gruñido frustrado.
—No lo sé, Con. Hay días en los que pienso que sí, que vamos bien y tenemos el caso por la mano.
Pero otros, como hoy, me siento inútil. ¿Recuerdas las sentencias que te comenté la otra noche por teléfono?
¿Las que en teoría nos iban tan bien? —No, no se acordaba, pero no iba a admitirlo, así que asintió—. Pues no nos sirven de nada.
Una camarera se acercó a la mesa y le preguntó a Connor si quería beber o comer algo. Pidió un café americano.
—¿Me lo puedes hacer en esta taza, por favor? —se inclinó para rebuscar en su maletín de cuero y sacó la taza gris con la leyenda stay wild.
Ajena al intercambio entre Connor y la camarera, porque ya estaba acostumbrada a que su amigo trajinara la taza allá donde iba, Blythe siguió hablando sobre el Caso Magno.
—Y lo peor es que no puedo comentarlo con Vera porque estamos en equipos opuestos y tampoco quiero estresarla más de lo necesario porque ella también está histérica. Bueno, aunque el que está peor es Charles.
Al escuchar el nombre de su amigo, Connor se puso todavía más tenso.
—No me esperaba que el Caso Magno le afectara tanto. Quiero decir, sí, obviamente todos estamos nerviosos porque hay mucho en juego, y supongo que llevar todo el peso él solo, sin un compañero en el que poder apoyarse, es duro. Pero no sé… nunca lo había visto así.
Connor intentó decir algo, pero era como si se hubiera olvidado de hablar. Lo único que supo hacer fue encogerse de hombros, algo que, por supuesto, no le sentó bien a Blythe.
La chica se cruzó de brazos y entrecerró sus ojos rasgados.
—Ya está. Esa es tu respuesta a todo lo que te he dicho.
¿Qué te pasa? —La camarera dejó el café americano sobre la mesa y Connor agarró su taza, refugiándose en ella—.
No te pienses que no me he dado cuenta de que estás evitando el tema.
—Sus ojos, o lo que podía ver de ellos, lo atravesaron como flechas—. Me estás ocultando algo.
El móvil de Blythe empezó a sonar. Alguien la estaba llamando.
Miró la pantalla del aparato para comprobar quién era y, al ver el nombre, palideció.
Descolgó de inmediato.
—Rebecca. —Por su tono, cualquiera hubiera pensado que se encontraba en una isla desierta tomando el sol con un libro entre las manos y no estresada entre mil papeles en una cafetería.
Blythe se levantó de la silla y, dirigiéndole una mirada a Connor que claramente significaba que aquella conversación no había acabado, salió al porche de la cafetería.