Hijos dorados XXII
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Blythe llamó al timbre de la casa de Madison Street, donde vivía Vera, y esperó a que le abrieran la puerta.

Esa mañana había tenido dos horas intensas de tenis en las que, sospechaba, había expulsado más toxinas que Connor en toda su vida.

Su entrenadora había llegado decidida a llevarla al límite.

—Y cuando pienses que ya no puedes más, sigue —le había dicho al principio de la clase.

Y eso había hecho. En la pista, una hora y media de entreno superada, había empezado a entrar en bucle y a decirse a sí misma que si restaba otro saque, daba otro revés o esprintaba para subir a la red una vez más, caería rendida.

Tu mente te está engañando, pidiéndote descanso , se había dicho a sí misma. No caigas, sigue.

Si algo era Blythe, era persistente. Así que había seguido. Y su cuerpo, obediente, la había acompañado.

En la ducha, con el agua caliente limpiándole la piel, se había sorprendido a sí misma dándose cuenta de que no tenía ganas de ir a la biblioteca a estudiar, tal y como había planeado.

Lo que realmente le apetecía era quedar con su amiga, ir a tomar brunch al sitio de moda de Ithaca y quedarse allí unas horas, comiendo y bebiendo café o zumo o lo que fuera, fingiendo que no tenía mil responsabilidades que atender.

Vera, su amiga.

Blythe dejó escapar una risita por lo bajo. Quizá para el noventa y nueve por ciento de las estudiantes de Cornell aquel hecho, el tener una amiga con la que poder hacer planes, fuera algo cotidiano. Pero para ella era nuevo y especial.

Las pocas amigas que había tenido durante la infancia las había perdido cuando había empezado sus estudios de grado en Columbia.

Ninguna se había matriculado en la universidad de la Ivy League neoyorquina, optando por desperdigarse por el resto del país o por tomar años sabáticos y viajar por Europa.

Ya en Columbia, Blythe había estado sola.

Lo admitía, en parte se debía a que se había pasado la mayor parte del tiempo encerrada en la biblioteca, esforzándose por consagrarse como una de las mejores alumnas de la universidad.

Pero con el paso de los meses se había percatado de que aquello no era todo.

La gente, en especial las chicas de su promoción, la evitaba.

La miraban con recelo cuando se pensaban que Blythe estaba absorta en sus libros de texto y cuchicheaban mentiras sobre ella y su familia cada vez que intervenía en clase.

Por eso, Connor y Charles habían sido como dos faros en una tormenta.

Los había conocido una noche, en la cola de un restaurante mexicano del Upper East Side.

El plan de Blythe había sido pedir algo para llevar y comer en casa mientras acababa un trabajo que tenía que entregar la semana siguiente.

Detrás de ella, dos chicos debatían animadamente sobre una clase de Historia que habían tenido esa tarde.

Al nombrar a la profesora que había impartido el curso sobre la Guerra Fría, Blythe había confirmado que los chicos también estudiaban en Columbia.

Fue un impulso, Blythe se había girado de golpe y sin siquiera saludar, se había metido de lleno en la conversación.

Media hora después, seguía en el restaurante.

Pero en lugar de estar sola, esperando su pedido de tacos, estaba sentada en una de las mesas más cercanas a la barra, sonriendo mientras Charles le contaba algo sobre las diferentes especies de osos que podían encontrarse en la Columbia Británica y que Connor y él habían conseguido avistar en un viaje que habían hecho a Canadá hacía unos años.

Desde ese momento, Blythe no se había separado de los dos chicos y ellos tampoco habían mostrado ninguna señal de que quisieran lo contrario.

Roman había llegado tiempo después, durante su último verano antes de iniciar sus estudios de Derecho en Cornell.

Su unión al grupo había sido igual de natural que la de Blythe, aunque un poco más caótica (Roman y Connor habían estado a punto de pegarse por un malentendido).

Con Vera había sido distinto. Connor se había acercado a ella en uno de sus arrebatos irracionales y la había invitado a pasar la tarde con ellos.

Blythe había estado furiosa con su amigo.

Hacía escasos meses que había pasado toda la mierda con Nathalie.

¿Cómo podía olvidarlo con tanta facilidad?

Y más todavía, ¿cómo podía invitar a una chica que prácticamente era una copia de esa zorra?

Blythe la había estudiado, se había informado todo lo que había podido sobre Vera Velasco.

La chica había cumplido todos los requisitos para que hablar con ella, mirarla siquiera, fuera una mala idea: pasado deprimente, orígenes mediocres, el pelo, los anillos, la forma en la que hablaba, ese «Vera Velasco, lo sé, coincidimos en algunas clases», los ojos.

Por supuesto, Roman había opinado como ella. Aquel no era momento de jugar a los amiguitos. Tenían que desconfiar de cualquiera que no fuera uno de ellos. Esperar lo peor.

«¿Acaso piensas que no están esperando a que caigamos?

, ¿que no van a aprovechar cualquier oportunidad para jodernos?

», le había gritado a Connor la tarde en la que habían conocido a Vera.

Porque era la verdad, todos los estudiantes del JD se regocijarían en su desgracia.

Solo hacía falta que dieran un paso en falso, que alguien se enterara de lo de Nathalie, que repitieran errores.

Connor se había negado a escucharlos y Charles, cómo no, se había puesto de su parte y había argüido que quizá la chica no aparecería.

Pero Vera Velasco había aparecido y, en cuestión de horas, les había demostrado que, pese a las apariencias, no tenía nada que ver con Nathalie Porter.

Sí, los había ganado con sus silencios, su ambición y, por encima de todo, su transparencia.

La forma sincera en la que había admitido que estaba en Cornell becada y que venía de una familia humilde.

La vulnerabilidad con la que había confesado que la relación con sus padres no era la mejor pero, oye, eran las cartas con las que tenía que jugar si quería conseguir éxito y poder.

Esa noche, en su casa, con el pijama ya puesto y a punto de irse a dormir, Blythe había llamado a Roman. Como de costumbre, su amigo había contestado al segundo.

«¿Qué piensas?», había dicho a modo de saludo, porque la conocía demasiado bien.

«Creo que lo mismo que tú», había contestado ella, porque se parecían de una forma que a veces daba miedo. Eran la misma mitad de una naranja: la oscura, la peligrosa.

«No es como ella ».

«No, no lo es».

Un silencio, y después:

«Connor insiste en que mañana vayamos a buscarla, que la invitemos a sentarse con nosotros en clase», había hablado con calma pero con cautela, entre calada y calada.

«¿Tú qué piensas?».

«Hay algo que me dice que… Una sensación… Quizá deberíamos intentarlo. Veamos cómo reacciona y, en función de eso, decidamos».

«Puede salir muy mal».

«Sí».

«Jodidamente mal».

«Sí».

«No quiero repetir lo que pasó con Nathalie».

«Créeme, Blythe, soy el último que quiere que se repita».

A la mañana siguiente, habían ido a buscar a Vera.

Había estado con ese grupo de incompetentes liderado por la chica pelirroja que siempre la miraba como si se hubiera atragantado con una uva rancia.

Al verlos acercarse, Vera no lo había dudado ni un segundo.

Había avanzado hacia ellos y, con un desdén admirable, le había dado la espalda a Kasey y al resto de estudiantes.

Y así, cuatro habían pasado a ser cinco.

Esta vez , pensó Blythe, de verdad .

Vera era la pieza que les había faltado para completar el complejo, y sí, a veces disfuncional, puzle que formaban.

Y por eso, Blythe se encontraba aquel domingo por la mañana en la pequeña parcela verde que había frente a la casa de Madison Street, esperando a que alguien le abriera la puerta.

Impaciente, volvió a llamar al timbre.

—Ya vooooy —trinó una voz aguda desde el interior de la casa.

Kasey abrió la puerta. Al ver a Blythe, su radiante sonrisa se transformó en una mueca de disgusto.

Blythe lo ignoró.

—¿Está Vera?

La chica pelirroja se cruzó de brazos.

—No tengo ni idea.

—¿Cómo no vas a saber si la persona que vive contigo está en casa?

Kasey no contestó. Se limitó a quedarse de pie, atravesándola con la mirada, como retándola a cruzar el umbral.

—Bueno pues… ¿puedo entrar para ver si está en su habitación?

—Preferiría que la llamaras desde aquí fuera.

Blythe bufó. La situación era ridícula. Pero se negaba a que una chica mediocre que no conseguiría destacar en nada en la vida la alterara.

Con una sonrisa helada, Blythe sacó el móvil del pequeño bolso negro que llevaba cruzado y llamó a Vera.

Su amiga descolgó al segundo tono.

—¿Blythe?

—Estoy delante de tu casa y tu compañera, Kaley —pronunció otro nombre a propósito—, parece tener algún problema con que entre.

—¿Cómo? ¿Qué haces aquí? —Vera sonaba alterada—. Espera, bajo.

Apenas un minuto después, Vera apareció detrás de Kasey y, esquivando a la chica —que seguía sin moverse—, salió de la casa.

Iba vestida con unos pantalones negros ajustados, sus botas estilo militar y un jersey ligero de rombos marrones con cuello de pico. El pelo, de ese tono dorado tan característico, brillaba bajo la luz del sol.

—Blythe, ¿qué ha pasado? —preguntó, preocupada.

—Nada. He acabado de jugar al tenis y he pensado en pasar a recogerte para ir a comer algo, pero tu compañera de casa, Kandy, no quiere que entre.

Detrás de Vera, Kasey parecía un pez globo a punto de explotar de la rabia. Blythe le dedicó otra sonrisa.

Vera se giró para encarar a la chica pelirroja.

—¿Qué mierdas es esto, Kasey? Te recuerdo que, por mucho que no te guste, yo también vivo aquí. Si Blythe quiere entrar, entra.

A Blythe no se le escapó el «por mucho que no te guste».

Kasey entrecerró sus enormes ojos de dibujo animado y, emitiendo un ruido similar a un gruñido, cerró la puerta de un golpe.

Vera y Blythe se quedaron en la pequeña parcela verde.

—Sabía que era justita de miras, pero no tan estúpida. —Blythe se ajustó la coleta alta en la que se había recogido el pelo.

—Ya, bueno —murmuró Vera.

Entonces, Blythe lo comprendió. ¿Cómo había podido estar tan ciega?

—¿Ha sido así siempre? Quiero decir, desde que llegaste a Ithaca.

Vera desvió sus ojos, también dorados, como si quisiera evitar la pregunta. Pero después pareció pensarlo mejor y miró a Blythe fijamente.

—No.

Blythe asintió. No hacía falta que dijera nada más. El motivo por el que Kasey había pasado de tratar bien a Vera a detestarla estaba claro.

Eran ellos.

Roman, Charles, Connor y la propia Blythe.

Vera se había convertido en una más y, por eso, Kasey la despreciaba. Por su culpa.

En ese momento, tomó una de las decisiones más sencillas de su vida.

—Te vienes conmigo.

El semblante de Vera cambió, expresando confusión.

—¿A qué te refieres?

Blythe cruzó el pequeño jardín (si a ese trozo de hierba se le podía llamar así) en dos pasos y posó la mano sobre el pomo de la puerta.

—Te mudas a mi casa.

—¿Qué? ¡Blythe, no puedo!

—No entiendo qué problema hay.

—Muchos. —Las mejillas de Vera estaban sonrosadas. Blythe se había fijado en que era una reacción normal en su amiga, sobre todo cuando se exasperaba o sulfuraba por algo—. Para empezar, no me lo puedo permitir.

—¿Quién te ha dicho que vayas a pagar alquiler?

Su amiga tragó saliva, claramente sorprendida por sus palabras. Abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, la volvió a cerrar. Acabó decantándose por negar con la cabeza unas veinte veces.

—No. Esto no va a pasar. No pienso hacerlo, no pienso…

Pero Blythe la cortó.

—Oh, ya lo creo que vas a hacerlo. Desde mi punto de vista, tienes dos opciones.

La primera: subimos a tu habitación, metemos tus cosas en una maleta, te mudas conmigo y lo celebramos con un buen vino.

La segunda: entro en esta maldita casa, voy a la habitación de Kayla y empiezo a gritarle que es una mediocre que no va a hacer nada con su vida mientras destrozo todo lo que encuentre a mi paso.

—¿Por qué tengo la horrible certeza de que serías capaz de hacer lo segundo?

Blythe esbozó su mejor sonrisa maquiavélica.

—Porque eres una persona inteligente y sabes hasta dónde estoy dispuesta a llegar por conseguir lo que quiero. Ahora. —Empezó a girar el pomo de la puerta—. ¿Qué opción vas a escoger?

Vera alzó su dedo índice.

—Con una condición. —Blythe enarcó una ceja, como queriendo decir «en serio vas a ponerme condiciones». Pero Vera siguió—: Si, y solo si, decido mudarme contigo tienes que dejarme pagar de alguna forma. Y solo es temporal.

—Eso son dos condiciones, Vera. Pero, vale, lo que quieras. —Puso los ojos en blanco, demostrando lo absurdo que le parecía aquello. Por supuesto, no tenía ninguna intención de hacerle caso—. Ahora, ¿podemos entrar?

Sin esperar a que Vera le diera su aprobación, Blythe cruzó el umbral de la casa de Madison Street.

Lo primero que pensó fue en el desorden que la rodeaba y lo pequeño que era el espacio para cuatro personas.

Su casa era más o menos del mismo tamaño y vivía ella sola.

Lo segundo, en lo egoísta que había sido al no prestarle la suficiente atención a la situación en la que se encontraba su amiga.

Pero aquello acababa esa mañana.

Dejó que Vera la guiara hasta su habitación, en el segundo piso. Era minúscula (al menos en comparación con el cuarto que ocuparía a partir de ese momento). Una vez allí, se pusieron manos a la obra.

Media hora después habían metido todas las pertenencias de su amiga (accesorios de baño incluidos) en una maleta y un par de bolsas de tela.

Dejaron una hoja de papel explicando que Vera abandonaba la habitación y que se encargaría de realizar todos los trámites oportunos, como colgar un anuncio en internet para buscar una inquilina que la reemplazara. Sin decirle nada a Kasey, salieron de la casa de Madison Street.

No, quizá Blythe no había tenido el placer de compartir su vida con un gran grupo de amigas. Quizá se había olvidado de lo que se sentía al pasar horas y horas charlando de forma desenfadada con alguien o de lo bonito que era poder descargar sus preocupaciones en otra persona.

Pero aquello había cambiado el día en el que Vera había entrado en sus vidas.

Porque Vera era una de ellos; se había convertido en su amiga.

Por eso, iba a hacer todo lo posible por cuidarla.

Solo esperaba no estar equivocándose al depositar su confianza en Vera.

Solo deseaba que no le diera ninguna razón para volverse en su contra.