XXI #4
—¿Encima esperáis que os dé las gracias? ¿Que os bese los pies?
—Connie, lo hacemos por ti. —Su madre lo buscó con la mirada, pero él se negó a encontrarla—. Quizás ahora no lo veas, porque eres joven y no piensas en el futuro. Pero en unos años lo entenderás. Nos entenderás.
—Pero no es justo . No para los otros estudiantes.
—Connor no podía parar de pensar en sus amigos, en todo lo que estaban dando por conseguir la beca.
Por supuesto, había muchísimos otros despachos en Nueva York en los que los contratarían para practicar la abogacía, pero Greenberg & Hughes era el bufete.
Era una cuestión de prestigio, de poder.
Era una cuestión personal.
Para Blythe significaba demostrarles a sus padres, a su hermana y a sí misma que estaba a la altura.
Para Vera era incluso una cuestión de supervivencia, de tener un futuro asegurado.
Connor estaba seguro de que Roman la necesitaba para escapar de su familia, para volverse independiente y así poder romper lazos con Stefano sin correr ningún riesgo.
Y Charles… según lo que le había dicho su amigo, era un reto personal.
Su padre se inclinó sobre la mesa, quedándose a escasos centímetros del rostro de Connor.
—¿No es justo? Eres el hijo de dos de las personas más influyentes del estado de Nueva York y has presenciado en tus propias carnes lo que esto implica.
Por Dios, ahora mismo deberías de estar pudriéndote en la cárcel y, en cambio, estás tan tranquilo sentado en un club de golf de los Hamptons.
Y después de todo esto, ¿todavía crees en la justicia?
Madura, Connor. En la vida la justicia no existe, solo el poder.
Connor se levantó de golpe, provocando que toda la mesa se tambaleara. La copa de su madre, todavía llena, cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
Se negaba a quedarse otro segundo en la terraza.
Se negaba a escuchar cómo le volvían a recordar la noche del accidente, dónde habría acabado si no fuera por ellos.
Se negaba a que lo chantajearan con sus responsabilidades y el deber que tenía como hijo de los Hannaway, a que se rieran de su inocencia.
Y pensar que hacía unas horas se había convencido de lo mucho que los valoraba y agradecía la relación que tenía con ellos.
En el fondo, estaban igual de jodidos que los padres de sus amigos.
Ignorando los lamentos de Sarah, que le pedía que no se enfadara y que se volviera a sentar con ellos, agarró su bolsa de viaje, se la echó sobre el hombro, y esquivando las miradas del resto de comensales, se marchó.
Ya fuera del club de golf, haciendo todo lo posible por no prestarle atención al temblor que sacudía su cuerpo, buscó el móvil y llamó a Blythe. Su amiga descolgó al primer tono.
—Blythe. —Su voz sonó distante, rota.
—¿Connor? ¿Todo bien?
«No», quiso gritarle al aparato. «Nada va bien. ¿Sabes esa beca que tanto quieres y por la que tanto te estás esforzando? Bueno, pues tus posibilidades de conseguirla se acaban de ver reducidas, porque adivina quién se va a llevar una de las plazas sin tener que mover ni un puto dedo».
Entonces, Connor lo supo. No podía confesarles aquello a sus amigos. Si lo hacía… podía arruinarlo todo.
La única opción era ocultarlo. Hacer como si nada. Mentir.
Así que dijo que sí, que no había ningún problema, solo que sus padres habían bebido más de la cuenta y habían invitado a la mitad del club de golf a su casa a seguir con la fiesta.
—¿Tu casa está libre?
—Sí, mis padres se han quedado en Nueva York y Jia ya nunca va a los Hamptons porque vive en Greenberg & Hughes. —Sin que Connor tuviera que preguntarlo, añadió—: Ahora llamo a Kit para avisarle de que vas para allá. Él te dará la llave de repuesto.
Kit era el chico encargado de vigilar la mansión de los Jeong.
Aliviado, Connor exhaló un suspiro.
—Gracias, Blybie. Te debo una.
—Entonces deja de llamarme así y mañana súbete al primer autobús de vuelta. Necesito que revisemos un par de sentencias más. —Una pausa, y después—: Con, si he encontrado lo que creo, tenemos algo muy bueno entre manos. La beca podría ser nuestra.
Aquellas palabras fueron como puñales directos al corazón.
—Claro, te ayudo en lo que haga falta —consiguió murmurar.
—Mañana nos vemos.
Blythe colgó y Connor se quedó allí, solo en mitad de la oscuridad. Por segunda vez aquella noche, las lágrimas cubrieron su rostro.
Un impulso lo llevó a marcar otro número de teléfono. Uno que se sabía de memoria.
«Contesta», le ordenó a la nada.
Solo necesitaba hablar con él un segundo.
«Contesta». Solo necesitaba escuchar su voz.
«Contesta». Solo sentir que estaba a su lado, que pese a todo, seguía allí.
«Contesta». Sin nadie al otro lado para descolgar, la llamada fue directa al buzón.
Factum fieri infectum… , empezó a susurrarle la voz.
—No te atrevas a acabar la frase. Si no estás aquí, no tienes derecho a decir nada.
Connor reemprendió su camino por las calles de los Hamptons, hacia casa de Blythe, y por primera vez en su vida, deseó que aquella voz no volviera a hablarle nunca.