Hijos dorados XXI #3
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XXI #3

Por el momento, solo le quedaba esperar. Ser paciente.

Por muchos años que pasaran, seguir siendo paciente.

Connor carraspeó, sacudiéndose los recuerdos.

—Cornell va… bien. Estoy preparando el Caso Magno con Blythe. —Esperó que sus padres no notaran la forma en la que había evitado la pregunta sobre Charles.

—¿Con Blythe, eh? Sí, recuerdo la carta que nos pediste que mandáramos al decano Heiden.

Me alegra saber que ha dado sus frutos. —Su padre asintió, satisfecho con sus dones de manipulación—.

Esa chica es inteligente y trabajadora, le espera un futuro brillante.

Seguro que defendéis el Caso Magno sin problemas. Aunque tampoco es que lo necesites.

Ante esto, su madre dejó escapar un ruido similar al gruñido de un cerdo. En un intento por contenerse o disimular (Connor no tenía claro qué intentaba), se cubrió la boca con la mano. Pero fue incapaz, las carcajadas escaparon de ella, libres y estridentes.

—Shhh, Sarah, vas a conseguir que nos echen —profirió su padre, pero a él también le pudo la risa.

Connor frunció el ceño, extrañado por aquel comentario y el comportamiento de sus padres.

—¿A qué os referís con «tampoco es que lo necesites»? —pronunció el final de la frase de forma lenta, intentando llamar la atención de sus padres.

Su madre inspiró y, cuando estuvo un poco más tranquila, habló:

—Oh, Connie, a veces eres tan inocente. —Su madre levantó la mano, dispuesta a pellizcarle otra vez la mejilla, pero Connor la apartó de un manotazo seco y contundente.

Aquella fue la gota que colmó el vaso. Connor había agotado la poca paciencia que había albergado para esa noche.

Podía soportar que sus padres se emborracharan, que relataran anécdotas estúpidas como si fuera la primera vez que las recordaban, e incluso que pusieran en duda sus manías (como las llamaban ellos) de no beber alcohol y no querer poner los pies en un coche.

Pero aquellas últimas palabras, «tampoco es que lo necesites», junto con la insinuación de que sus padres conocían una información que él no, habían conseguido arrebatarle el temple y el buen humor que había sabido mantener durante la mayor parte de la cena.

—Explicadme. Ya.

—No te pongas así. —Su madre hizo un mohín, como si fuera una niña pequeña mimada—. No es nada.

Desatendiéndolo de aquella manera, su madre solo consiguió que Connor endureciera su expresión.

—Vale —resopló con exasperación Sarah Hannaway.

Se recogió un mechón de pelo rubio platino tras la oreja y, dejando la copa sobre la mesa, encaró a su hijo.

De repente, su expresión se tornó dura y fría, desprendida de toda tontería y ebriedad.

—¿Acaso pensabas que tu padre y yo no íbamos a asegurarnos de que una de las becas de Cornell fuera para ti? —Los ojos azules de su madre se clavaron en los suyos.

De repente, Connor se sintió pequeño. Volvía a ser el niño de once años, llorando debajo de su cama, la vía que sus padres habían empleado para escapar de su matrimonio.

—No… Pero… Yo… —No entendía, no quería entender.

—¿Acaso creías que, si tu padre y yo no estuviéramos presionando al claustro de Cornell, semana tras semana, tendrías las notas que tienes?

Por favor, Connor —bufó—. No me creo que te sorprenda.

Por lo que me cuentan, te pasas las clases leyendo el periódico y abstraído.

¿Realmente pensabas que has llegado donde has llegado por tus méritos?

—Yo… sabía que algo habíais hecho. Quizás inflar un poco las notas. Pero la beca…

—La Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes —esta vez fue su padre quien habló— la tienes garantizada desde que pusiste un pie en Cornell. Eres nuestro hijo. Un Hannaway.

—Pero… —Connor no daba crédito a lo que estaba escuchando, a lo que sus padres estaban diciendo.

Su padre siguió. Se había encendido un puro y fumaba reclinado en la silla.

—Cuando el momento llegue y el decano Heiden te otorgue la beca, vas a fingir sorpresa y luego vas a aceptarla. Este próximo verano trabajarás en Greenberg & Hughes.

Connor recordó las palabras del decano de la Facultad de Derecho de Cornell: «Me da igual cuál sea vuestro apellido… para mí todos sois iguales». Mentiras, todas ellas. ¿Cómo podía haber pronunciado aquel discurso sin retorcerse de la vergüenza?

—¡Pero yo no quiero la puta beca! —Le dio un golpe a la mesa con ambas manos.

En la terraza del club de golf Maidstone se hizo el silencio.

Su madre soltó una risita.

—Oh, Connie. No se trata de lo que tú quieres, sino de lo que debes.

—Un gran nombre implica grandes responsabilidades —añadió George Hannaway—. Asúmelas, agradécelas y aprovéchate de ellas.

Connor sintió las lágrimas agolparse tras sus ojos, listas para humedecer su piel. Intentó retenerlas, pero fue incapaz.

Se imaginó a sus amigos, en Cornell. Vera y Roman habían quedado para mirar las grabaciones de los Casos Magnos de los últimos años y así poder detectar errores comunes y detalles que el jurado valorase.

Blythe le había enviado un mensaje apenas hacía un par de horas con la referencia de una sentencia que había encontrado y que «les iba de perlas».

No tenía ninguna duda de que Charles también se estaba desviviendo por conseguir la beca y que aquello era, en parte, la causa de su comportamiento de los dos últimos meses.

Y él, que no tenía ningún interés en conseguir la beca, la había tenido desde el principio.

—¿Os dais cuenta de que me estáis haciendo lo mismo que vuestros padres os hicieron a vosotros, no? —Miró a sus padres a los ojos.

—No tengas el valor y la cara de comparar nuestras situaciones.

—Su padre señaló a Connor y después a Sarah y a él—.

Siempre te hemos dado lo que has querido.

Te hemos dejado ser quien eres y relacionarte con quien te dé la gana.

Lo único que estamos haciendo es asegurarnos de que tengas un buen futuro.

No quisiste estudiar finanzas ni convertirte en el heredero del legado Hannaway.

En cambio, te encaprichaste con el Derecho por una visión absurda de la justicia que ni existe.

Y nosotros te lo permitimos, porque te aceptamos tal y como eres.

Pero discúlpanos si no vamos a quedarnos quietos mirando cómo tiras tu futuro por la borda.