XXI #2
Llegó al club de golf Maidstone a las cinco de la tarde. Un hombre de pelo blanco y rostro arrugado, vestido de verde, le abrió las puertas que daban al hall principal de la casa-club.
—Bienvenido de nuevo, señor Hannaway. —Lo recibió con una sonrisa.
—Frank. —Devolviéndole la sonrisa, Connor le ofreció la mano y el hombre se la estrechó—. Es un gusto verte.
Por mucho que detestara el motivo por el cual se encontraba en los Hamptons, volver y sentirse en casa siempre era agradable.
—El señor y la señora Hannaway han llegado por la mañana. Han jugado dieciocho hoyos con los señores Polestar y ahora se encuentran en la terraza. Puedo pedirle a un compañero que lo acompañe.
Connor alzó la mano con la que no sujetaba la bolsa en la que había metido algo de ropa para el fin de semana (o más bien, las escasas horas que iba a pasar en los Hamptons).
—No te preocupes, Frank. Voy yo.
Y tras darle un par de palmadas en la espalda al hombre, fue en busca de sus padres.
El club de golf Maidstone era uno de esos lugares inmutables al paso de los años. Seguía teniendo el mismo suelo de moqueta color burdeos, las mismas paredes empapeladas en tonos marrones repletas de fotografías de sus socios más destacados y antiguos, y estanterías repletas de trofeos.
Connor cruzó el comedor principal, donde unos ancianos jugaban a cartas mientras fumaban puros y bebían whisky, y salió por una de las puertas de cristal a la terraza.
Como de costumbre, George y Sarah Hannaway estaban sentados en una de las mesas más cercanas al green del hoyo dieciocho (para no perderse la acción, según su padre).
Con sendas copas entre las manos, bebían algún tipo de cóctel mientras, inclinados el uno hacia el otro, cuchicheaban y se reían. Parecían adolescentes.
Connor dejó caer la bolsa de viaje al suelo.
Pum.
Sobresaltados, sus padres alzaron las cabezas a la vez y, al verlo, esbozaron sonrisas idénticas.
—Connie —chilló su madre, tras lo cual se levantó y, meneándose en lo que quería ser un bailecito, lo abrazó.
El perfume J’adore lo embargó y mareó al segundo. Connor siempre había sido sensible a los olores y, por ello, no soportaba los perfumes.
—Mamá… ¿te importa? —Se separó de su madre, que seguía dando saltitos, emocionada.
—Ay, Connie, tan sensible como siempre. —Alargó la mano y le pellizcó el moflete, un gesto que Connor aborrecía.
—Ya era hora de que llegaras. —Este fue su padre, que le dio su versión de lo que consideraba un abrazo cariñoso (rodearlo con un brazo y darle un apretón en el hombro).
George había crecido en una familia altamente tradicional y conservadora y, por ello, se había visto forzado a ocultar su orientación sexual durante años.
No estaba acostumbrado a las expresiones y gestos de cariño, la mayor parte de su vida las había evitado para cumplir con las expectativas que los hombres de su entorno habían cargado sobre sus hombros.
Por eso, para George Hannaway el divorcio había sido mucho más que un divorcio.
También había marcado el inicio de su nueva vida como «hombre gay orgulloso» (sus palabras).
Desde entonces, había salido con varios hombres e incluso mantenido una relación de dos años con Steve, un diseñador de Los Ángeles.
No obstante, todavía tenía viejos traumas que no conseguía superar.
Dar cariño de forma natural era uno de ellos.
Connor se sentó a la mesa de mantel blanco y, cuando el camarero se acercó para preguntarle si quería beber algo, le pidió agua con gas.
—Oh, vamos, Connie —replicó su madre—. Acompáñanos con algo más fuerte. Al fin y al cabo, estamos de celebración . —Estas últimas palabras las dijo en una cantinela.
—Ya sabes que no bebo —se limitó a contestar Connor.
Sacó el cigarrillo electrónico del interior de su gabardina y empezó a darle caladas de forma compulsiva. En ese sentido era un poco como Roman: fumar lo tranquilizaba y ayudaba a quitarle el estrés.
Su padre le dio un trago a su cóctel, un Martini.
—No bebes, pero fumas. No te subes a un coche, pero sí a un autobús. Tus hábitos no son muy coherentes, hijo.
—El trauma no es coherente, solo es trauma. Tú más que nadie deberías de saberlo —lo dijo sin pensarlo y solo cuando lo había soltado se dio cuenta de que se había equivocado.
Pareces Blythe en uno de sus buenos días , le advirtió la vocecita de Charles.
Su padre torció la boca, claramente afectado por sus palabras.
Por suerte, su madre hizo como si nada y siguió con su voz cantarina y su buen humor.
—Connie, de aquello hace muchos años. Te lo digo siempre. No te martirices, no vale la pena. —Su madre extendió la mano y la posó sobre la suya, fría por la media hora que llevaba caminando por las calles de los Hamptons.
Claro, porque ella no había matado a una chica.
Factum fieri infectum non potest , le susurró Charles; vive con ello , le repitió, vive con ello.
Así que Connor se esforzó por dibujar su mejor sonrisa, esa con la que Charles, en una ocasión, le había dicho que podría conquistar el mundo entero.
Levantó el vaso lleno de agua con gas que el camarero le había traído y anunció con la voz más alegre que pudo emitir:
—Brindemos por este hermoso día en familia.
Su madre soltó otro gritito y alzó su copa. Su padre hizo lo mismo, olvidando el pequeño encontronazo que habían tenido.
—Feliz aniversario de divorcio, querido George.
—Feliz aniversario de divorcio, apreciada Sarah.
Y brindaron.
Una hora después, estaban acabando de cenar. El sol se había puesto y los últimos jugadores abandonaban el campo, con los rostros sonrosados por las horas expuestas a la luz y el frío de los Hamptons en otoño.
George y Sarah iban, como mínimo, por su cuarto Martini. Connor continuaba con el agua con gas mientras hacía todo lo posible por seguirles el juego a sus padres.
—No, no, tengo una mejor. —Su madre hizo una pausa para limpiarse los labios con la servilleta—. Georgia de pie sobre el piano del comedor, haciendo un estriptis delante de su marido y la mitad de los invitados.
El comentario fue seguido de las carcajadas de sus padres.
Cada año era lo mismo. Anécdota tras anécdota de la Gran Fiesta del 2004 o la Fiesta del Divorcio, como la llamaban.
Connor se las conocía todas. Y aun así, cada año tenía que soportar a sus padres rememorándolas como si fuera la primera vez.
Su madre siguió:
—Y qué me dices de Grant acercándose a ti —señaló a su padre— y susurrándote a la oreja «así que ahora ya estás disponible», para después agarrarte de la corbata y llevarte al baño.
—Un escándalo —consiguió decir su padre entre risas—. Pero un escándalo…
—¡Que repetiría! —exclamaron los dos a la vez.
Connor se hundió un poco en su asiento y miró a su alrededor.
Otras familias y parejas cenaban tranquilamente, ajenas al espectáculo que estaban montando George y Sarah Hannaway.
Al fin y al cabo, todo el mundo en los Hamptons conocía a sus padres y nadie se atrevería a mirarlos mal o reprenderles de alguna forma.
Ostentaban demasiado poder. Viejo dinero, nuevo dinero.
Su madre exhaló uno de esos suspiros de «ay, esos viejos tiempos», y se reclinó en la silla. Le dio un par de vueltas al contenido de su copa y, una vez más, extendió la mano para posarla sobre la de Connor.
—Connie, ¿cómo vas con los estudios? ¿Cómo está Charles?
Connor tragó saliva. No debería de incomodarle la pregunta sobre Charles. Sus padres solían preguntarle por el chico siempre que lo veían. De alguna forma, sabían que Charles era alguien muy especial para él, y no porque fueran amigos desde la infancia.
Pero aquella noche, Connor no quería hablar de Charles.
Le dolía pensar en lo distante que estaba su amigo, en lo poco que últimamente hablaban o compartían pese a vivir juntos.
En la cantidad de veces que había querido acercarse a él, preguntarle qué le pasaba, pero no había podido porque Charles lo había evitado o no estaba.
Recordó la forma tan apática en la que Charles lo había mirado esa mañana, antes de que Connor saliera de casa hacia la estación de autobuses de Cornell.
Se lo había encontrado tirado en el sofá, medio tapado con una manta y un vaso posado sobre la mesa de centro.
Por el olor, parecía vodka. Tenía mala cara.
Como si no hubiera podido conciliar el sueño hasta altas horas de la madrugada e, incluso así, no estuviera consiguiendo descansar.
¿Tendría pesadillas? Connor se había acercado y, con cuidado de no despertarlo, había intentado cubrirlo bien con la manta.
Estaban a finales de noviembre y pese a tener la calefacción encendida, hacía frío.
En cuanto había estado a escasos centímetros de su amigo, Charles había abierto los ojos de golpe, alerta, y todo su cuerpo se había tensado.
Cuando se había dado cuenta de que quien estaba a su lado era Connor, se había relajado ligeramente.
Eso sí, no había vuelto a cerrar los ojos.
Sus pupilas se habían mantenido en él, carentes de luz, de paz, de cariño.
Connor había abierto la boca para decirle algo, lo que fuera, pero se había callado.
¿Qué le decías a la persona más especial que tenías en tu vida cuando sabías que le pasaba algo pero se negaba a explicarte el qué?
¿Cómo gestionabas la pena y el dolor que te sacudían por dentro al ver el sufrimiento de alguien a quien querías pero que no se dejaba ayudar?
¿Cómo le preguntabas si se había cansado de ti y le pedías que no tomara en serio todas las tonterías que cometías porque solo las hacías para llamar su atención, para cerciorarte de que todavía le importabas?
Así que se había limitado a taparlo bien, a rodearlo de almohadas para que estuviera cómodo y a cambiar el alcohol por un vaso de agua y un bol de avena con manzana y crema de cacahuetes. Y se había marchado.
Cuando Charles quisiera hablar, cuando quisiera contarle el motivo de su aislamiento, él estaría allí. Y si el motivo era que realmente se había cansado de él… tendría que aceptarlo.