XXI
XXI
Connor llegó a los Hamptons después de un largo trayecto que había implicado ir en tres autobuses distintos, uno de ellos con la calefacción estropeada.
Había formas más rápidas de viajar a ese paraíso atesorado por la alta sociedad estadounidense, pero:
Desplazarse en coche no había sido una opción.
Había querido optar por el transporte más lento a propósito.
Cuando Connor le había comentado a su madre que ya había comprado los billetes de autobús, ella se había quedado un tanto extrañada.
—Pensábamos que vendrías en avión —le había contestado.
Pero Connor lo había negado, inventándose que quería asistir a un debate en el que participaba Charles el viernes por la tarde y que, debido a ello, le iba mejor salir a la mañana siguiente.
—Y ya sabes lo horrible que es volar desde Ithaca el fin de semana. O sales a las seis de la mañana o a las diez de la noche. Imposible, mejor voy en autobús.
Por supuesto, ambas cosas eran mentira. Pero su madre no llamaría a Charles para preguntarle sobre el debate ni tampoco se metería en la página web del aeropuerto de Ithaca para comprobar los horarios de los vuelos.
Manipulador , siseó la vocecita de Charles.
—Yo lo llamo tener amor propio.
Al escuchar sus palabras, dirigidas a la nada, una mujer mayor vestida con un abrigo de piel largo frunció los labios y lo miró con desconfianza.
Connor le dedicó su mejor sonrisa pícara y siguió caminando hacia el club de golf Maidstone, donde, por desgracia, había quedado con George y Sarah Hannaway para cenar.
La realidad era que no tenía ganas de ver a sus padres y pasar aquel fin de semana con ellos.
Por eso, había optado por mentirles y forzarse a viajar durante horas por el estado de Nueva York.
El tiempo invertido en estar sentado en el autobús, aburrido y asfixiado de calor, era tiempo que se ahorraba en los Hamptons.
Cuanto más rápido pasara aquella tortura, mejor.
No era que no le gustara reunirse con sus padres. En ocasiones normales disfrutaba de su compañía y agradecía la relación que tenía con ellos. Al fin y al cabo, no era tan horrible como la que tenían sus amigos con sus respectivos padres, ¿no?
Roman detestaba a su familia. Solo hacía falta ver la rabia que lo sacudía por dentro cada vez que su hermano Carter lo llamaba y el estado en el que volvía de sus reuniones en Tunkhannock o en otra de las mansiones de los Cagliari.
A los padres de Blythe solo les interesaba que su hija siguiera sus pasos y se convirtiera en la heredera perfecta de su legado como socios de Greenberg & Hughes.
Connor sospechaba que el señor y la señora Jeong veían en Blythe, la más brillante de sus dos hijas, la oportunidad de que Greenberg & Hughes se convirtiera en Greenberg, Hughes & Jeong, o algo por el estilo.
No quería ni imaginarse la presión que, día tras día, debía sentir su amiga.
Y desde que lo había dejado con un corazón destrozado y una cuenta de banco repleta de miles de dólares, Charles no había vuelto a hablar con su padre. También desde ese mismo momento, su madre había dejado de ser su madre para convertirse en una versión desdibujada de sí misma.
Mientras caminaba por las calles verdes y soleadas de los Hamptons, casi vacías en esa época del año (aunque a sus padres les encantaba estar en su mansión de la costa en invierno), Connor se percató de que no conocía mucho sobre Vera.
Sí, sabía que toda su infancia y su adolescencia las había vivido en Lima, que más tarde se había mudado a Los Ángeles para estudiar su grado en USC y que se había transferido a mitad de primer año de JD porque Cornell la había puesto en lista de espera.
Pero al margen de eso… no había mucho más.
¿A qué se dedicaban sus padres? ¿Qué tipo de relación tenía con su hermana? ¿Se llamaba Tania o Thalia?
Vera era una persona reservada, incluso a veces desconfiada.
En las conversaciones prefería permanecer al margen y solo intervenir si era necesario.
En el campus, mantenía un perfil bajo, discreto, pero todos los alumnos sentían su presencia.
Solo hacía falta ver cómo la miraban. En las clases, sus intervenciones eran directas y concisas, pero perfectas.
Connor soltó una carcajada. Quizá precisamente por estos motivos había encajado entre ellos, los «Hijos Dorados», como los llamaban en Cornell. Eso y que Blythe la había aceptado en lugar de verla como una amenaza, como había pasado con Nathalie.
Aunque, y aquí tenía que darle la razón, su amiga había estado en lo cierto.
Nathalie había resultado ser una amenaza. Y de las grandes.
¿Justificaba eso lo que habían hecho aquel día, hacía ya casi un año? Todos se habían convencido de que sí, por supuesto, estaba más que justificado, había sido necesario.
No podía haber otra opción, otra forma de pensar, porque de lo contrario…
No.
El pasado era pasado y no se podía hacer nada por cambiarlo: factum fieri infectum non potest .
Y aquello aplicaba a todo, Nathalie incluida.
Lo único que tenía en sus manos era el presente, el ahora, los Hamptons, esa carretera rodeada de jardines impecables, la maldita cena.
Así que sí, en ocasiones normales agradecía la relación que tenía con sus padres, disfrutaba de su compañía, e incluso cuando tenía que despedirse de ellos para volver a Cornell, deseaba poder permanecer unas horas más a su lado.
Echar otra partida de cartas con su madre, fumarse otro puro con su padre.
Pero aquella no era la típica e inocente reunión familiar, sino el fin de semana en el que sus padres celebraban el aniversario de su divorcio.
«Sigo sin entenderlo», había dicho Vera el día anterior cuando Connor les había recordado a sus amigos el motivo por el cual aquel fin de semana no iba a estar en el campus.
«Créeme, conozco a Connor desde hace cinco años y a día de hoy yo también sigo sin entenderlo», Blythe había pronunciado las palabras sin apartar la mirada de Charles que, siguiendo la dinámica de las últimas semanas, parecía perdido en su mundo.
Connor se había encogido de hombros y había exhalado un largo suspiro.
«Es… complicado», había dicho como toda respuesta.
La historia de George Hannaway y Sarah Esposito se remontaba décadas atrás y tenía de cuento de hadas lo que Connor tenía de activista.
Los Hannaway eran propietarios de una de las redes bancarias más importantes y antiguas de Estados Unidos. Dinero viejo.
Con el inicio de los años 2000, los Esposito habían empezado a forjar una pequeña fortuna gracias a la promoción inmobiliaria de edificios y centros comerciales. Dinero nuevo.
Cuando los Esposito habían visto la oportunidad de expandir su negocio hacia el desarrollo y la construcción de parques temáticos, habían recurrido a los Hannaway para financiar su primer gran proyecto.
Atraídos por las expectativas de retorno de aquel negocio y el nombre que Jaime Esposito, el padre de Sarah, se estaba empezando a labrar entre las altas esferas neoyorquinas, los Hannaway habían aceptado.
Y así había empezado la relación entre las dos familias. Los Hannaway veían en los Esposito una familia en auge, un aliado que podría serles útil en el futuro. Por su parte, los Esposito necesitaban los recursos y la cartera de contactos de los Hannaway.
Lo que ninguna familia esperaba era que, con los años, esa relación se fortaleciera hasta convertirse en algo que iba mucho más allá de los negocios.
Y así, una noche entre manjares y alcohol, los Hannaway y los Esposito habían decidido que la unión entre George y Sarah simbolizaría la consumación del vínculo entre ambos apellidos.
No había habido otra opción: cuando llegara el momento, George y Sarah debían casarse.
En lugar de luchar contra su destino, algo que habría sido inútil, los padres de Connor habían decidido aprovechar la oportunidad y exprimirla al máximo.
Para George aquello había significado poder ocultar su homosexualidad ante una esfera de la sociedad que, por mucho tiempo que transcurriera y aires de progresista que se diera, seguía siendo intransigente y superficial.
Para Sarah, apropiarse de un apellido que le abriría todas las puertas que siempre había deseado atravesar.
Eso sí, tenían muy claro que su objetivo principal era poder divorciarse sin que aquello generara una brecha entre ambas familias.
Para ello, tenían que pasar dos cosas: la primera, ambos tenían que convertirse en piezas imprescindibles de sus respectivos negocios familiares (debían hacerse con el poder o con parte de él), y la segunda, debían concebir un hijo para que los apellidos se entrelazaran de por vida. Planes sobre planes sobre planes.
El 25 de noviembre de 2004, hacía doce años, Sarah y George Hannaway (sí, por motivos obvios, su madre había decidido apropiarse del apellido de su exmarido) habían celebrado por lo alto que ponían fin a su matrimonio.
Toda persona que se considerara alguien en la élite de Nueva York había acudido a la mansión de los Hamptons y bebido champán al son de la cantinela «que se divorcien que se divorcien» que cientos de voces habían gritando durante la noche y bien entrada la madrugada.
Sarah y George habían saltado y bailado y cantado, ajenos al pequeño niño de once años que, escondido debajo de la cama de su habitación, lloraba de forma desconsolada la pérdida de una familia que en realidad nunca había tenido.
Desde entonces, cada 25 de noviembre Connor acudía a los Hamptons para rememorar junto a sus padres aquel hito en sus vidas.
Lo odiaba.
No era que no hubiera superado el divorcio de sus padres, porque con el tiempo se había dado cuenta de que aquella decisión había sido la correcta.
Sarah y George estaban hechos para ser amigos, no pareja.
Pero había algo en ese día que le recordaba al niño al que habían olvidado en un cuarto y al que nadie había acudido a consolar, con el que nadie había empatizado.