XX #2
«Cuatro conseguirán la beca»; a su espalda, Roman había terminado la frase.
«Trabajad duro, prevaleced, esforzaos, y la Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes será vuestra».
Y la beca será vuestra…
Esas palabras, esa imagen, eran el motor de Vera. Fuera como fuere, tenía que acabar primer año de JD con una de las mejores medias de la promoción. Una de esas quince posiciones tenía que ser suya.
Iba por buen camino.
Al haberse transferido de USC a Cornell a mitad de curso, su media de primer año de JD la compondrían las notas de ambas universidades. Aquello tenía un lado muy bueno… y otro muy malo.
El bueno: las notas que había obtenido en la Facultad de Derecho de USC, por lo general menos exigente que Cornell, eran buenas (o, como diría Tina, «dan asco de lo buenas que son»).
El malo: ahora estaba en Cornell, lo que significaba que competía con alumnos más ambiciosos. Con los mejores .
No podía confiarse.
Vera notó un leve codazo en el brazo. A su lado, Blythe la miraba, expectante, como si estuviera esperando una respuesta o un gesto por su parte. Al percatarse de que Vera no la había escuchado, le repitió la pregunta:
—¿En qué piensas?
—Oh… —Por un momento, quiso inventarse algo, cualquier cosa diferente a admitir que, una vez más, estaba pensando en la beca. Pero los ojos sinceros y preocupados de Blythe la llevaron a admitir la verdad—: En la beca.
La clase había acabado hacía unos minutos y su alrededor era un frenesí de estudiantes recogiendo ordenadores y libretas, hablando entre ellos y saliendo por la puerta del aula.
Blythe depositó el ordenador en su bolso (ese día llevaba un Louis Vuitton clásico estilo tote bag en el que, al parecer, cabía de todo) y se lo echó al hombro. Esperó a que Vera recogiera sus cosas.
—Nada nuevo, en realidad —siguió Vera mientras depositaba la tableta en su vieja y raída mochila. No pudo evitar compararla con el despampanante bolso de Blythe—. Solo que… mi mente le da vueltas a lo mismo una y otra vez.
Detrás de ella, la voz de Charles la alcanzó, tranquila y comprensiva:
—Creo que ninguno puede. Es una situación estresante.
Queremos la beca y sabemos lo difícil que es conseguirla.
Nuestra promoción tiene ciento treinta cinco alumnos y solo cuatro van a hacerse con el billete dorado.
—Utilizó el nombre que se empleaba entre los estudiantes para referirse a la beca—.
Eso es un 2,9% de la promoción. Es ridículo.
— Vincit qui patitur —recitó Connor con el cigarrillo electrónico en la boca.
—Es ridículo, pero es lo que hay. —Roman se había puesto su larga chaqueta negra.
Ese fin de semana se había ausentado de Ithaca para reunirse con su familia y había vuelto con un corte en la mejilla derecha.
Habían intentado preguntarle qué había sucedido, pero, como siempre, el chico se había negado a dar explicaciones—.
Connor tiene razón, solo los que perseveren ganarán.
—Y los que gusten a Greenberg & Hughes —apuntó Charles—. No nos olvidemos de eso.
—Al final… solo quedarán cuatro. —Blythe repitió aquello, como si aquel hecho estuviera cobrando sentido en su mente por primera vez.
Y la miró a ella, a Vera.
Y Vera lo entendió.
Hasta hacía unos meses, aquel hecho, que la beca solo admitiera cuatro ganadores, no había sido ningún problema. Porque habían sido ellos: Blythe, Charles, Connor y Roman. Cuatro personas.
Y Nathalie, le recordó esa vocecita que a veces le hablaba en sus momentos más oscuros, susurrándole consejos y advertencias. ¿Y si Nathalie también había estado tras la beca?
Para.
No. Pienses. En. Ella.
Retomó el control de su mente y pensó de forma lógica.
Con independencia de lo que hubiera sucedido con Nathalie, la realidad era que desde que Vera había pasado a formar parte de sus dinámicas y se había convertido en una más (como Blythe no se cansaba de repetirle), los cuatro habían dejado de ser cuatro para ser cinco.
Pero la beca seguía siendo de cuatro estudiantes.
Uno de ellos sobraba.
Aunque, pensándolo bien, era improbable que los cinco quedaran en las cinco mejores posiciones… ¿o no?
Vera los observó uno por uno y comprendió que no, no era improbable. Porque delante de ella tenía a los estudiantes más brillantes de toda la Facultad de Derecho de Cornell. A los más capaces. A los que lo darían todo por conseguir la beca.
El silencio se instaló entre ellos, pesado, grave. Los rodeó y, por un momento, pareció atraparlos.
Pero solo duró un momento, porque Connor dejó escapar «no, ni de broma», y rodeando a Charles con un brazo, añadió:
—A mí no me veréis en Greenberg & Hughes. Esos abogados se pasan todo el día trabajando y al final acaban pálidos y escuálidos.
La tensión cayó tan rápido como se había formado.
—Esa es la idea de que te contraten en un gran despacho, Connor. Trabajar.
Arrastrando a Charles con él, Connor empezó a descender las escaleras del aula, en dirección a la salida.
—Creo que os dejaré ese futuro gris a vosotros. Ya me vendréis a visitar a mi isla desierta cuando necesitéis un poco de sol.
Blythe apremió el paso para colocarse junto a Connor y empezó a reprenderle diciendo que no podía echar a perder todo el talento que tenía, que debía ganarse la vida de alguna forma y que si se esforzara de verdad podría ser un gran abogado.
Al lado de Vera, Roman se ajustó la mochila al hombro y, sin mirarla, mientras rebuscaba en el bolsillo interior de su chaqueta lo que seguro era un paquete de tabaco o su vaper , le dijo:
—Lo estás haciendo bien.
Tras lo que siguió a sus amigos.
Vera se quedó allí unos segundos, mirándolos a los cuatro. La forma en la que se movían en sintonía, como si fueran una única persona.
Los pocos alumnos que quedaban en el aula se apartaron para dejarlos pasar. La gran mayoría los miraba con recelo, con rabia. Y Vera imaginó los pensamientos que debían de estar formándose en sus mentes, las obscenidades que seguro les gustaría escupirles, pero, por cobardes, optarían por susurrar.
O, that a mighty man of such descent, of such possessions, and so high esteem, should be infused with so foul a spirit! * .
Insultos, ideas erróneas, convicciones envenenadas, capaces de herir y destruir a cualquier persona.
Menos a ellos.
Porque si Vera tenía algo claro era que sus amigos no iban a caer ante el odio del resto de estudiantes de Cornell.
Lo único que sería capaz de destruirlos eran ellos mismos.
* «¡Oh, qué ironía que un caballero tan poderoso, de semejante alcurnia, con tantas posesiones y tan apreciado por la gente, esté poseído por este espíritu tan impuro!». William Shakespeare, La fierecilla domada .