XX
—Tenemos un contrato de compraventa entre dos empresas, A y B. A es la vendedora y B, la compradora. A ha incumplido el contrato, lo que le da derecho a B a ponerle remedio a la situación de incumplimiento. ¿A qué remedios contractuales puede recurrir B?
Ese lunes, el profesor Glassberg, que, entre otras asignaturas, impartía Contratos a los estudiantes de primer año de JD, había decidido dedicar la clase a repasar toda la materia que había impartido desde inicios del semestre de primavera.
Intuyendo que aquello iba a suceder, Vera se había pasado la mayor parte del fin de semana estudiando esa asignatura. Y por la sonrisa arrogante que, sentada a su lado, le estaba dedicando Blythe, ella había hecho lo mismo.
Ambas levantaron la mano casi a la vez.
—Jeong y Velasco. —Glassberg bajó de la tarima desde donde solía dar sus clases, y caminando por uno de los laterales del aula se acercó a los pupitres en los que estaban sentadas—. Veo que ambas saben la respuesta. Adelante.
Y con un gesto de la mano, les cedió el turno de palabra.
Si Vera hubiera sido cualquier otra estudiante, Blythe no habría dudado en desoír a Glassberg y contestar la pregunta por su cuenta. Pero Vera ya no era una alumna más, no desde hacía un par de meses. No desde aquel día en que los había escogido por encima del resto de la Facultad de Derecho.
Y por eso, Blythe le susurró un «empieza tú».
Con los ojos de los otros cincuenta estudiantes con los que compartían el aula fijos en ellas, Vera contestó:
—Con carácter general, B podría recurrir a dos remedios contractuales.
El primero es el cumplimiento específico, que consiste en obligar a la parte incumplidora, en este caso A, a cumplir con lo estipulado en el contrato original.
En el caso de un contrato de compraventa en el que A fuera la parte vendedora, el cumplimiento específico equivaldría a entregar los bienes prometidos.
—Correcto —murmuró el profesor.
—Y el segundo —siguió Blythe— sería la resolución y posterior compensación por daños, la contabilización económica del perjuicio causado a la parte cumplidora.
Al incumplir el contrato de compraventa, al no entregarle el bien objeto del contrato, A le ha causado un daño a B.
Porque B tenía unas expectativas, las de recibir un bien, que no se han visto satisfechas.
Quizá B tiene una obligación con otra parte, C, y al no recibir el bien, ha incumplido su contrato con C.
Quizá B es el propietario de una tienda y, como consecuencia del incumplimiento de A, no tiene bienes que vender a sus clientes.
La cuestión es delimitar ese daño y cuantificarlo.
Hay varias formas de hacerlo y de allí los diferentes tipos de daños. Si quiere, también se los explico.
—No, gracias, Jeong. Soy consciente de que, si se lo propusiera, podría impartir la clase usted misma.
Pero deje que sea otro de sus compañeros quien nos dé la respuesta ahora.
No ustedes , Aster y Cagliari —contestó haciendo referencia a los dos chicos sentados detrás de Vera y Blythe—. Me refiero al resto de la clase.
Glassberg emprendió el camino de vuelta a su tarima.
—Eh, ¿y a mí no me nombra? —La voz de Connor, también sentado una fila tras ellas, se alzó por encima del murmullo que había causado el intercambio entre Blythe y el profesor Glassberg.
Glassberg alzó una mano pidiendo silencio y, cuando todos callaron, sentenció:
—Ojalá algún día nos ilustre a todos con su conocimiento, Hannaway. Pero, si los meses que llevamos de curso son prueba de algo, me temo que ese momento no va a llegar hoy. Ni nunca.
Blythe se giró para encarar a Connor y le susurró a su amigo:
—Tiene razón, ¿sabes? No te iría mal intervenir de vez en cuando.
Connor puso los ojos en blanco. Sobre el pupitre, tenía el periódico abierto por la sección internacional.
Pese a que cada mañana repasaba los titulares y las noticias que más le interesaban en la cafetería, mientras desayunaban, tenía la costumbre de llevarse el diario con él y emplear las primeras clases leyéndolo a fondo.
—Y dime, querida Blybie —al escuchar el mote, Blythe entrecerró sus ojos color carbón—, ¿por qué iba a hacer eso? Todos sabemos que, intervenga o no, voy a seguir sacando las mejores notas de la promoción.
Charles le dio un codazo a Connor y este soltó un quejido agudo.
—¿Qué? Es verdad. Todos, incluido Glassberg, lo sabemos.
A lo que Charles le dirigió una mirada seria y, al parecer, cargada de significado, porque Connor la captó al segundo y, murmurando un «vale, vale, tienes razón», continuó pasando las páginas de su periódico.
Vera no pudo evitar sonreír ante el intercambio entre sus dos amigos.
Pese a que la mayoría de las veces no comprendía el tipo de relación que tenían, a ella le parecía especial.
«Sí, y también tóxica», añadiría Blythe, que en más de una ocasión le había aconsejado que no tratara de entenderlos, y más cuando los dos chicos intercambiaban miradas que más bien eran conversaciones, o Charles fingía que no estaba atento a lo que hacía Connor, o Connor hacía ver que observaba más de la cuenta a algún chico cuando era evidente que solo estaba interesado en una persona.
«Son unos desequilibrados».
Las palabras que Mark Tahoe había pronunciado hacía un par de meses, frente a la facultad, volvieron henchidas de rabia y odio.
No era ningún misterio, los alumnos de JD pensaban eso y más de sus amigos.
Había experimentado de primera mano cómo era estar al otro lado del espejo.
Durante sus primeras semanas en Cornell había tenido que escuchar a Kasey repetir hasta la saciedad que si los cuatro tenían la beca garantizada era por quienes eran y no por sus méritos; así como también había tenido que tragarse comentarios obscenos sobre Blythe («está loca, pero dicen que folla como una diosa y está tremenda»), insultos hacia Connor por sus extravagancias («a ese lo tendrían que encerrar en un manicomio»), hacia Charles por su relación o no relación con Connor («seguro que le da por culo entre clase y clase») y rumores sobre la familia de Roman y el propio Roman («ha matado a alguien seguro, empezando por Nathalie Porter»).
Sí, siempre Nathalie Porter.
Según lo que le había contado Kasey cuando todavía se hablaban, nadie sabía qué relación había tenido con el grupo, solo que desapareció sin dar ninguna explicación y que ellos habían tenido algo que ver seguro.
A Vera, los rumores le traían sin cuidado.
Porque la realidad era que toda aquella gente no conocía a sus amigos.
Pero ella sí.
Conocía a Connor y pensaba que sus extravagancias (como llevarse su taza a todas partes o robar el periódico cada mañana de la cafetería) lo hacían todavía más auténtico y especial.
Conocía a Charles y la forma en la que conseguía calmar a sus amigos con solo una sonrisa o un «te escucho».
Conocía a Blythe, y cómo se preocupaba por que todos estuvieran bien, que no les faltara de nada (ni unas magdalenas para desayunar).
Conocía a Roman, y cómo sería capaz de darlo todo, de llegar hasta donde fuera necesario, por ayudar a los suyos.
Y para ella, aquello era más que suficiente.
Rumores y comentarios incluidos.
Nathalie Porter incluida.
Vera confiaba en que, cuando llegara el momento, sus amigos le contarían la verdad sobre esa chica que, por muchos días que pasaran, se negaba a abandonar Cornell.
En cuanto a las habladurías de la beca, Vera estaba convencida de que solo eran más mentiras.
Nadie, por mucho nombre, contacto o dinero que tuviera, la tenía garantizada.
Así lo había expuesto el decano Heiden, el más alto cargo de la Facultad de Derecho, en la charla que habían tenido a principios de febrero.
«Me da igual cuál sea vuestro apellido», había pronunciado las palabras con un aire solemne, mientras con la mirada recorría el auditorio abarrotado de alumnos de primer año de JD.
«Hannaway, Tahoe, Fuller, Jeong, Root… Para mí, para nosotros», abrió los brazos, abarcando al cuerpo docente que sentado en primera fila de la gran sala también escuchaba aquel discurso, «todos sois iguales.
Y por eso, todos tenéis las mismas oportunidades de conseguir la beca».
Para ese entonces, Vera ya se había unido a los Hijos Dorados. Se encontraban los cinco en el auditorio, sentados en uno de los extremos: Vera y Blythe, una fila por delante de los tres chicos.
Al escuchar su apellido, Blythe se había erguido en el asiento, orgullosa.
«Creo que el decano Heiden infravalora el poder de George y Sarah Hannaway», había susurrado Connor haciendo referencia a sus padres.
Por el tono que había empleado y el bufido que había soltado Roman, Vera sabía que no lo había dicho en serio.
«La Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes es más que una tradición.
Es una institución en la Facultad de Derecho de Cornell.
Una oportunidad que brindamos a los mejores estudiantes de Estados Unidos: vosotros»; el decano Heiden había alzado el tono de voz, señalando a los ciento treinta y cinco estudiantes que conformaban la promoción de 2020.
«Un poco dramático, ¿no?», la voz de Connor había llegado en otro susurro.
Pero a Vera, aquellas palabras le habían puesto la piel de gallina.
Llevaba años luchando por conseguir entrar en Cornell, por formar parte de ese grupo selecto de estudiantes privilegiados, por ganar la beca y acceder al despacho de abogados más prestigioso de Estados Unidos.
Y ahora que había conseguido parte de sus objetivos, le gustaba deleitarse en la sensación y que le recordaran que sí, era de las mejores.
«Al final de este primer año de JD emitiremos un comunicado en el que podréis encontrar una lista con vuestros nombres clasificados por vuestra media académica, de mejor a peor.
Solo los alumnos que se posicionen los quince primeros pasarán a la segunda fase de la competición por la beca: la del Caso Magno. Y de esos quince…».