Hijos dorados XIX #3
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XIX #3

Por supuesto que le sonaba aquel apellido. Lo debía de haber escuchado y leído en numerosas ocasiones mientras vivía con sus padres, solo que lo había enterrado en su memoria, como había hecho con casi toda su vida en Lima.

—En fin, no es una familia de fiar. ¿Por qué lo preguntas?

—Ehh… —La mente de Vera empezó a trabajar en otra mentira creíble.

¿En qué momento mentirle a su hermana se había convertido en algo recurrente?

Giró sobre sus pasos dispuesta a caminar en sentido contrario, trazando de nuevo el recorrido de las gradas, pero chocó contra algo (más bien alguien) que se lo impidió.

Roman.

Vera desvió la mirada hacia la pista y se percató de que en ella solo quedaban un par de chicos que hablaban de forma desenfadada con el entrenador. El resto, Mark Tahoe incluido, se había esfumado.

—Nada —soltó rápido—. El otro día conocí a un chico que se apellidaba así.

Delante de ella, Roman se cruzó de brazos y enarcó una ceja. ¿Acaso había entendido lo que acababa de decir?

—¿Un chico? —Por primera vez en toda la llamada, la voz de Tina sonó ligera, divertida—. ¿Qué chico? Cuéntamelo todo.

Vera tenía que cortar aquello cuanto antes.

—No es lo que te estás imaginando ni lo que parece. Tina, me tengo que ir. Lo siento. Te llamo pronto.

—Vera Velasco, como se te ocurra colgarme voy a…

Colgó.

Roman seguía con esa expresión indescifrable.

—Mi hermana —aportó Vera como toda explicación.

—Lo he supuesto —respondió él.

Vera carraspeó. Tener a Roman a escasos centímetros siempre la desestabilizaba.

—¿Hablas español?

—Di algunas clases en Dartmouth y ahora las he retomado.

A Vera aquello la tomó por sorpresa.

—¿Me puedes explicar cuándo tienes tiempo de dar clases de español? —Ella tenía que hacer malabares para cuadrar en su horario todas las clases, seminarios, el trabajo y actividades extra como charlas y debates.

Roman se agachó ligeramente, reduciendo así la cabeza y media de altura que le sacaba.

—Tengo mis motivos. Pero eso, ahora, es irrelevante. —Y tras una pausa, dijo—: ¿A quién conociste el otro día?

Lo preguntó con un tono que Vera no supo cómo interpretar. Parecía tenso.

Ella negó con la cabeza, recordando la mentira que le había soltado a su hermana.

—A nadie. Era una mentira.

La comisura izquierda de Roman se alzó en un gesto que ya era demasiado familiar. El chico volvió a incorporarse y esperó, paciente, a que Vera continuara.

Y Vera se lo contó.

Quizás a su hermana, la que llevaba a su lado toda la vida, podía mentirle y ocultarle cosas sobre ella y sus amigos, pero a Roman, aquel chico al que había conocido hacía escasos meses, no. Por algún motivo que no quería entrar a entender ni analizar, no podía.

Así que se lo contó.

Cómo mientras había estado en medio de la entrevista Carrell había recibido una llamada y se había levantado para atenderla.

Cómo había visto el apellido Arrieta entre sus documentos.

Cómo estaba convencida de que conocía aquel apellido y no había podido parar de pensar en él desde que habían abandonado Nueva York.

Y cómo Tina le acababa de confirmar que los Arrieta eran, básicamente, criminales.

—Cuando me ha preguntado por qué le estaba haciendo aquellas preguntas lo primero que se me ha ocurrido ha sido que he conocido a un tal Arrieta. —Ahora la que se cruzó de brazos fue ella—. Sabes lo que significa esto, ¿no?

—Seguro que tú me lo vas a contar en un segundo.

Vera ignoró su comentario.

—Greenberg & Hughes está defendiendo a criminales.

Roman miró a su alrededor, como queriendo asegurarse de que no hubiera nadie escuchando su conversación.

—Eso no lo sabes, Vera. Los Arrieta podrían no ser clientes del despacho. ¿Y si son la contraparte? —pronunció Arrieta lo mejor que pudo, pero incluso sus clases de español no evitaron el deje americano de suavizar la erre.

Pero Vera negó de nuevo.

—Estoy casi segura de que son clientes. El apellido estaba en un contrato de prestación de servicios. Los únicos datos que aparecían en el encabezado eran los de un tal Germán Arrieta. Todo lo demás, incluidos los datos de la contraparte, estaban en blanco.

Roman meditó aquello durante unos segundos.

—Pongamos que tienes razón y son clientes. ¿Qué más da?

—Roman, son criminales.

—¿Y? Incluso las peores personas, los asesinos, violadores, corruptos, necesitan abogados que los defiendan. Los despachos como Greenberg & Hughes deben de estar más que habituados a aceptar clientes como estos. Lo que interesa es que paguen las minutas.

—¿Te gustaría trabajar para alguien que defendiese a criminales?

—Todo depende.

—¿De qué?

—¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar por entrar en Greenberg & Hughes?

Y Vera calló, porque en el fondo sabía que Roman tenía razón.

Sabía que la palabra «justicia» tenía muchos matices y que, cuando más te adentrabas en el estudio del Derecho y la abogacía, estos se volvían más oscuros y difusos. Por eso, todo se reducía a la pregunta que había planteado Roman: ¿Cuánto estaba dispuesta a ceder e ignorar?

Si lo pensaba bien, si no se dejaba llevar por impulsos superficiales y morales, la respuesta estaba clara.

Hasta donde fuera necesario.