XIX #2
Un momento… Conocía a aquel chico.
Era Mark Tahoe, el amigo de Kasey. ¿Qué se suponía que estaba haciendo allí?
Pues al parecer, boxear , se respondió a sí misma.
Como atraído por sus palabras mudas, Mark Tahoe se giró y la miró como siempre la había mirado, como si fuera un trozo de carne que quería devorar, como si él fuera un depredador y ella su presa.
Vera reprimió una arcada.
Porque eso era lo que le provocaba aquel chico. Asco. Y odio.
Asco por su incapacidad de verla como una persona en lugar de un objeto.
Odio porque el idiota seguía pensando que ostentaba algún tipo de poder cuando en realidad no tenía nada.
Porque lo que no entendía era que quien jugaba con ventaja era ella.
—¡Empezad!
Roman se lanzó sobre su oponente y comenzó a soltar golpe, tras golpe, tras golpe. Mark Tahoe retrocedió, sorprendido por la fuerza, la rabia, de su contrincante.
Izquierda, derecha, izquierda, derecha.
Vera reconocía aquella forma de focalizarse en un movimiento, de centrar toda su atención en una sensación, de entrar en trance. Era el mismo foco que ella tenía cuando corría.
Izquierda, derecha, izquierda, derecha.
El último golpe envió a Mark Tahoe al suelo. Roman se acuclilló a su lado y le susurró algo en el oído.
Vera hubiera dado lo que fuera por escuchar las palabras de su amigo.
—¿Vera?
Mierda. Había estado tan metida en la pista que se había olvidado por completo de la conversación que había estado manteniendo con su hermana.
—¿Tina? ¿Estás ahí? —Vera entonó su mejor voz de inocencia—. Te he perdido un momento.
Se apretó el puente de la nariz con la mano que tenía libre, la culpabilidad inundando cada rincón de su cuerpo.
Su hermana se quejó sobre la pésima conexión que tenía en el despacho de su gimnasio y le repitió lo que acababa de preguntarle, pero Vera no había escuchado.
—Oh, la entrevista. —Vera pensó en la mejor forma de explicarle a Tina su experiencia en Greenberg & Hughes sin sacar ninguno de los temas que, al parecer, se habían vuelto tabú entre ellas.
Por ejemplo, que Roman se había ofrecido a acompañarla en coche o lo importante que se había sentido entre las paredes del despacho de abogados.
Sin embargo, no encontró las palabras adecuadas—. Fue… ¿bien?
Abajo, Roman se había apartado de Mark Tahoe y lo observaba desde la distancia mientras este intentaba recuperarse de los golpes y, Vera no tenía ninguna duda de ello, también de la humillación de haber sido derrotado en apenas un minuto.
—¿Bien? Llevas años jodiendo con que quieres entrar en ese despacho porque es el mejor de todo Estados Unidos y, aparentemente, no hay otra opción viable, y ahora te pregunto por ello y me dices que ha ido… ¿bien?
Vera se obligó a apartar la mirada de su amigo. Se giró, dándole la espalda a la pista, y, antes de que Tina pudiera seguir reprochándole su pobre explicación, añadió:
—Me entrevistó uno de los socios del despacho y me hizo varias preguntas jurídicas que creo que respondí bien. Después me preguntó sobre temas más personales, como mis hobbies , mis gustos literarios y…
El apellido volvió a aparecérsele, más nítido que nunca.
Arrieta .
—Tina. —Escuchó una puerta abrir y cerrarse al otro lado de línea, quizá Tina había salido de su despacho—. ¿Tú conoces a alguien con el apellido Arrieta?
En efecto, cuando Tina habló, lo hizo más alto de lo normal, para hacerse escuchar por encima de la música que sonaba a todo volumen en las salas de máquinas y clases dirigidas del gimnasio.
—Sí, y tú también.
El cuerpo de Vera se congeló.
—¿A qué te refieres?
—¿De verdad no te acuerdas? Francesca Arrieta iba a mi clase en el colegio. De pequeñas éramos muy amigas, cosa que no tiene ningún sentido porque no podemos ser personas más diferentes. Quiero decir, ella jugaba con muñecas y yo con coches y… Bueno, da igual. La cosa es que dejamos de serlo.
—¿Por qué? —Dos palabras secas, directas.
Tina ignoró su tono de voz, o bien no lo advirtió.
—Empezó a hacer cosas raras y turbias. Como mentirme cada dos por tres o robarme mi peluche preferido, o decir que me invitaba a su casa para después obligarme a quedarme sola en su jardín mientras ella merendaba en el comedor.
Cuando le conté eso a mamá, entró en cólera.
Aunque, en realidad, me sabe mal por la chica.
Con unos padres como los suyos cualquiera acaba loca.
—¿Qué pasa con sus padres?
—Vera, ¿en serio? ¿En qué cueva vives? Todo Lima sabe que los Arrieta son una de las familias más ricas de Perú. Siempre he dicho que la expresión «dinero sucio» se inventó para definirlos.
—¿De qué trabajan?
—Tienen una de las empresas mineras más grandes del país. ¿De verdad no te suenan? Han estado involucrados en muchísimos escándalos por corrupción, explotación de trabajadores, incluso asesinatos y cosas así.
—Asuntos penales. —La corrección salió de su boca antes de que pudiera evitarlo.
—Sí… eso —dijo Tina con un deje de rabia.
Vera necesitaba moverse, hacer algo para asimilar aquello que le acababa de contar su hermana. Empezó a caminar de un lado a otro de las gradas.
Arrieta .