Hijos dorados XIX
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XIX

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Izquierda, derecha, izquierda, derecha.

Vera se dejó llevar por el ritmo mecánico de sus pasos.

Una vez más, Ithaca había amanecido fría y gris. Pero a diferencia de personas como su hermana, que se lamentaban cada vez que el sol se escondía, ella adoraba ese clima. Se sentía más despierta, más viva.

Giró por la calle Irving.

Charles no le había contestado al mensaje que le había enviado la noche anterior, preguntándole si quedaban a la misma hora de siempre frente a su casa. De hecho, llevaba ya una semana sin acompañarla a correr.

Al principio había pensado que simplemente debía de estar cansado u ocupado, pero también había empezado a faltar a algunos de sus desayunos matutinos y sesiones de estudio.

«Y Charles?», le había preguntado Blythe a Connor hacía un par de días, cuando su amigo no les había dado el encuentro en la biblioteca, tal y como habían quedado.

Pero Connor, apoyado en la pared y con la mirada perdida, se había limitado a encogerse de hombros.

«Tú vives con él», había seguido Blythe. «¿Sabes si le pasa algo?».

A lo que Connor se había girado de golpe y, con una voz que Vera nunca le había escuchado, había siseado:

«No, no lo sé Blythe. No soy su maldita niñera ni su pareja; así que no, no sé qué mierdas le pasa».

Blythe había abierto la boca para contestar, pero no había sabido cómo. Y Roman, que solía mantenerse al margen de las discusiones entre sus amigos, había comentado que seguramente estaba ocupado estudiando para el Caso Magno. Pero Vera sabía que solo lo había dicho para calmar a Connor.

Izquierda, derecha, izquierda, derecha.

Charles no estaba en la hierba calentando, ni junto a la puerta, resguardándose del viento.

Vera sintió una punzada de decepción. Una parte de ella había esperado encontrarse a su amigo, sonriente, listo para unirse a la carrera.

Pasó de largo la casa y siguió su ruta.

Izquierda, derecha, izquierda, derecha.

Con cada zancada, entraba más en trance.

Subió el ritmo, intentando alcanzar los cinco minutos por kilómetro.

De pronto, era como si Charles estuviera allí, acompañándola. Repitiéndole las palabras que le había dedicado la primera vez que habían salido a correr juntos: «Céntrate en tu respiración, en el ruido de tus pasos al avanzar por la carretera, en el martilleo de tu corazón».

Vera se focalizó en inspirar y espirar, en el impacto de sus zapatillas contra el asfalto, en el pum-pum, pum-pum de su pecho.

Y fingió que todo estaba bien: que Charles no se estaba convirtiendo en un desconocido; que Connor no entendía por qué y, por ello, estaba fuera de sí; que Roman no fumaba más de la cuenta para calmar la tormenta que, al parecer, lo torturaba por dentro; que Blythe no se pasaba casi todas las noches en vela y a la mañana siguiente intentaba disimularlo con maquillaje; que ella no les ocultaba nada a sus amigos, que no pensaba en Nathalie Porter casi a diario, que no llevaba desde que había salido de Greenberg & Hughes sin poder parar de pensar en aquel apellido.

Arrieta.

Vera sintió una vibración en el brazo. Tardó unos segundos en salir del trance y darse cuenta de dos cosas: la primera, se había puesto a llover y, la segunda, la vibración provenía del brazalete deportivo en el que había guardado su móvil.

Se detuvo en seco y extrajo el móvil.

Era Tina.

Vera maldijo por dentro. Le había prometido a su hermana que la llamaría cuando saliera de la entrevista en Greenberg & Hughes y ahora se daba cuenta de que se había olvidado por completo.

Descolgó el móvil con un gesto rápido y se lo llevó a la oreja.

—¿Tina? —Trató de hacerse oír por encima de la lluvia.

Al otro lado de la línea, su hermana suspiró.

—Sí, soy yo. Todavía existo.

Vera miró a su alrededor para buscar algún sitio en el que poder resguardarse.

Sospechaba que aquella no iba a ser una conversación de un minuto (como últimamente solían ser las llamadas con su hermana).

Vio uno de los polideportivos del campus al otro lado de la carretera y corrió hasta él mientras Tina le echaba en cara que llevaba sin saber nada de ella desde hacía más de una semana.

—No es verdad —se defendió Vera ya dentro del edificio—. Te he enviado algunos mensajes.

A Tina, que detestaba las aplicaciones de mensajería instantánea, no le hizo mucha gracia aquel comentario. Su tono de voz pasó del rencor al enfado.

—¿Algunos mensajes ? —Vera se la imaginó enfurecida en el pequeño despacho que tenía en el gimnasio que gestionaba junto a su amiga Jess—.

Dijiste que me llamarías cuando acabaras la maldita entrevista.

¿Desde cuándo prometes algo y no solo no lo cumples, sino que ni pides perdón por ello y respondes con una excusa de mierda?

Vera caminó por el pasillo y llegó a la pista central del polideportivo. Había un grupo de estudiantes congregado en el centro, escuchando las instrucciones que les daba un hombre mayor, bajito y de pelo blanco. Debía de ser el entrenador.

Decidió subir a las últimas gradas de la pista. No quería que la oyeran discutir con su hermana.

—Tina… —empezó, pero no supo cómo continuar.

—¿Nada? ¿No sabes ni qué decir? Mmm… no sé… —entonó de forma irónica—. Quizás un «lo siento» no estaría de más.

—Lo siento —lo dijo con toda la sinceridad de la que fue capaz—. Sé que no me vas a creer, pero están siendo unos días muy intensos y…

—Oh, no, no te confundas. Te creo. Sé que estás súper ocupada en tu maravillosa universidad. —Énfasis y más ironía en «súper» y «maravillosa»—. Lo que me enerva es que siento que ya no tengo una hermana. Este lugar, estas personas, te están absorbiendo.

No hacía falta que especificara que por «estas personas» estaba haciendo referencia a Connor, Charles, Roman y Blythe.

Los llamaba así desde que Vera le había hablado de ellos por primera vez, cuando el único contacto que tenía con el grupo eran los rumores que corrían por la facultad.

Hijos Dorados.

Por supuesto, su hermana los había rechazado desde el principio. «No te juntes con esos gringos», le había advertido, «no parecen buenas personas, y tú, Vera Velasco, eres una buena persona».

Bueno, pensó Vera desde lo alto de las gradas, ese último punto no lo tenía tan claro.

Así que cuando le había confesado a Tina que había pasado de observar al grupo desde lejos a formar parte de él —o eso parecía—, su hermana había entrado en cólera.

Le había repetido una y otra vez que se alejara (por Dios, era como si Kasey y ella se hubieran puesto de acuerdo), que le hiciera caso, que tenía un sexto sentido y este le estaba diciendo que «esas personas» no eran de fiar. Pero Vera no la había escuchado.

Y ese había sido el punto de inflexión en su relación.

Sus llamadas, cada vez más cortas e insustanciales, se habían ido espaciando. De ser diarias a cada tres o cuatro días, a una a la semana, a ni eso.

Y Vera sabía que discutir con ella, intentar explicarle que estaba equivocada, era inútil.

¿Cómo confesarle que Blythe se había convertido en su mejor amiga (algo que nunca pensaba que tendría), que hablar y correr con Charles la sanaba por dentro, que Connor la hacía reír como nadie y que junto a Roman se sentía invencible? ¿Cómo hacer que la escuchara?

No podía.

Y como no podía, lo único que le quedaba era disculparse, quitarle importancia a la discusión e intentar salvar la relación con su hermana.

—Tina, no digas tonterías. Sigo siendo tu hermana. ¿Cómo va todo por el gimnasio? ¿Y con Jess?

Tina emitió otro suspiro exagerado y murmuró algo que Vera no llegó a entender, pero acabó optando por hablar sobre los últimos avances en el gimnasio, las reformas que estaban llevando a cabo en la sala de spinning , que Jess opinaba que deberían instalar saunas en los vestidores…

Vera fue soltando pequeños comentarios como «claro» o «entiendo», para mostrar que estaba interesada e involucrada en la conversación.

Aunque, en realidad, su atención estaba centrada en la pista, donde los estudiantes se habían dividido en grupos de tres y practicaban una disciplina de combate que parecía boxeo. Dos luchaban mientras el tercero aguardaba su turno a un lado.

Vera recorrió el pabellón con la mirada, hasta que se encontró con un chico alto vestido de negro.

Roman.

Por supuesto, de todos los polideportivos de Cornell, había entrado al que Roman acudía para boxear.

De repente, fue muy consciente de la imagen que debía de dar, allí arriba en las gradas, empapada de pies a cabeza, y sintió un calor recorrerle el cuerpo y teñirle las mejillas.

Desde la pista, Roman pareció pensar lo mismo, porque negó con la cabeza levemente y compuso una de esas sonrisas torcidas que tan bien podía significar «no estás tan mal» como «pareces una rata mojada».

Vera le mostró el dedo corazón, dando respuesta a lo que fuera que el chico le quisiera transmitir.

La carcajada de Roman resonó por todo el polideportivo. A su alrededor, varios de sus compañeros detuvieron sus luchas para mirarlo extrañados, como si aquella fuera la primera vez en sus vidas que habían escuchado la risa de Roman (era probable que lo fuera).

Pero Roman los ignoró. No despegaba sus ojos de los de ella.

¿La estaba mirando a ella o a Nathalie Porter?

No.

No. Necesitaba. Pensar. En. Aquello.

Intentó centrarse en lo que le estaba diciendo Tina:

—En fin, un montón de papeleo y permisos administrativos que nos va a costar que nos concedan porque, adivina, ¡pese a tener una visa no somos lo suficientemente americanas!

—Me sabe mal —murmuró Vera.

—Da igual, lo acabaremos consiguiendo. No sé si será en esta vida o en la siguiente o si tendremos que matar a alguien por el camino, pero lo conseguiremos y…

Tina siguió hablando.

Un grito de «cambio» resonó por el polideportivo.

Frente a Roman, los dos chicos que habían estado luchando se detuvieron.

Uno de ellos se alejó un par de pasos, cediéndole su lugar a Roman.

Este se ajustó los guantes, y tras colocarse delante de su oponente, adoptó una postura de combate.

Todos sus músculos se tensionaron, preparados para atacar, para derribarlo.