Hijos dorados XVIII
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XVIII

XVIII

Connor esperaba sentado en el arcén frente a su casa.

Estaba temblando.

En cuanto Blythe había cortado la llamada se había levantado del suelo del salón, desechado el porro que se había liado, y se había vestido con ropa decente.

No, su reacción no había sido la más adecuada ni la más madura, pero dadas las circunstancias, ¿qué esperaba Blythe? Cada uno lidiaba de la forma en la que podía.

Ojeó su reloj por enésima vez desde que había salido a la calle.

Su amiga debía de estar a punto de llegar. Le había dicho que tardaría menos de diez minutos y habían pasado cinco o seis.

Todo su cuerpo se sacudió en un espasmo nervioso, violento.

Connor se agarró las piernas con fuerza, tratando de detener los temblores, y se concentró en calmar su respiración.

Pero era inútil. Su cuerpo reaccionaba al miedo, no a la razón. Así que por mucho que intentara razonar y explicarle a su corazón que no había ningún problema en subirse al coche, este seguía martilleando de forma frenética. Lo mismo con sus extremidades, que temblaban con la fuerza de un huracán.

Habían pasado seis años desde el… accidente . El mero hecho de pensar en aquello, en los momentos previos al choque, en la sangre, los gritos, el cuerpo inerte de su amiga junto al suyo…

Para.

Pero no podía parar.

Ya no.

Se llevó las manos a la cabeza y se agarró los mechones de pelo rubio que siempre le caían sobre la frente.

Había sido su culpa. Charles le había advertido que no bebiera tanto y después había intentado por todos los medios que no condujera.

«Es peligroso», le había insistido, «por favor, Con, no lo hagas».

Pero él, borracho, estúpido, lo había mirado con ojos idos y se había regocijado en su preocupación.

Solo iba a ser un momento, conducir diez minutos por una carretera desierta, llegar al pueblo más cercano, comprar un par más de botellas de alcohol y volver.

«No me digas que estás sufriendo por mí, Charles», había siseado entre trago y trago, «si me pasara algo, ¿llorarías? ».

Charles se había quedado de pie, una expresión seria e impenetrable en su rostro. Y entonces Connor le había dado la espalda y, de un salto, se había subido a una mesa de madera.

«¡Quién me acompaña en esta aventura!», había gritado desde lo alto, como si fuera el rey del mundo.

A su alrededor, decenas de adolescentes ebrios habían alzado los brazos y chillado su aprobación.

Al final, solo lo habían seguido Vanessa, Marcos y Ronald, que se habían subido al coche de Connor tambaleándose como veleros en medio de una tormenta.

Vanessa se había posicionado en el asiento del copiloto y no había parado de cantar: I’m in love with the shape of you, we push and pull like a magnet do , una canción de la que Connor había estado harto porque no paraba de sonar en la radio.

En un ramalazo de ira provocado por el alcohol, había estado a punto de gritarle que si iba a cantar esa mierda no se subiera a su coche.

Pero en ese momento, Charles se le había acercado una última vez para intentar disuadirlo y Vanessa desafinando había pasado a ser la última de sus preocupaciones.

«Con, es peligroso, volvamos a la fiesta».

«Dilo», Connor había abierto la puerta del coche. Un pie dentro, otro fuera. «Si quieres que me quede, dilo».

«¿El qué?».

«Ya sabes el qué».

«Con…».

«Dilo».

Un segundo, dos, tres.

Cuatro.

Cinco.

Silencio.

Seis.

Silencio.

« Tempus fugit , querido Charles», y tras meterse en el coche y encender el motor, había bajado la ventanilla y, ejecutando el papel de niñato rico despreocupado a la perfección, había chillado: «¡Camaradas, sigamos con la aventura! ¡Nadie puede detenernos!».

Connor había arrancado y desaparecido por la oscura carretera que, encadenando curva tras curva, descendía la montaña hasta el valle.

No había mirado por el retrovisor.

Si lo hubiera hecho, quizás habría visto las lágrimas de Charles.

Pero no había mirado y se había dejado llevar por la rabia y la impotencia y había conducido a ciento veinte por una carretera por la que se recomendaba ir a sesenta.

Marcos y Ronald, cada uno en un asiento trasero, habían estado discutiendo a voz en grito sobre quién había conseguido ligarse a más chicas el último verano en los Hamptons.

Pero Connor ni los había escuchado. El grado de ebriedad que tenía, esa rabia y esa impotencia, no le habían permitido prestarles atención.

Así como tampoco le había permitido ver al ciervo que, veloz, había cruzado la carretera.

Ni reaccionar a tiempo.

Primero había sido el impacto del cuerpo del animal.

Después el volantazo, que los había mandado directos contra la barrera de contención de la carretera.

Y, por último, la sangre y los gritos.

No habían podido llamar a una ambulancia, no había cobertura porque estaban en medio de las jodidas montañas. Connor había tenido que volver cojeando a la casa donde habían estado celebrando la fiesta.

Cuando Charles, que se había quedado sentado en el porche, congelado, esperando a que su amigo regresara, lo había visto, había corrido hacia él y lo había abrazado con toda la fuerza de la que había sido capaz.

«Qué ha pasado. Por qué tienes sangre. ¿Es tu sangre? ¡Connor, contéstame! ¿Dónde están los otros? ¿Te has hecho daño?».

Connor había negado una y otra y otra vez, y había balbuceado que él no quería, que no había sido su intención, que lo sentía, lo sentía mucho.

«Lo siento, Charles. Es mi culpa».

Con Connor desplomado entre sus brazos, Charles había sacado el móvil de su chaqueta y había llamado a una ambulancia.

Pero había tardado demasiado y Vanessa había muerto desangrada.

Marcos y Ronald habían sufrido algún que otro golpe, pero nada grave.

Y él, Connor, tendría que haber ido directo a la cárcel. Un homicidio vehicular en segundo grado que tendría que haber acarreado una pena de hasta siete años o más.

Pero, por supuesto, sus padres se habían encargado de que no fuera así y habían removido cielo y tierra por conseguirle un trato con el juez.

Después de pagar una multa considerable para el estado de Nueva York (y nada considerable para la familia Hannaway) y comprometerse a seis meses de trabajos comunitarios, Connor había vuelto a su cómoda y tranquila vida .

George y Sarah Hannaway eran expertos en aparentar, así que habían fingido que nada de eso había sucedido.

Connor les había seguido el juego, aunque por dentro hubiera estado destrozado.

Aunque todas las noches que habían acompañado a aquella desgracia las hubiera pasado en vela porque cerrar los ojos había significado revivir el accidente: los momentos previos (I’m in love with the shape of you, we push and pull like a magnet do) , el choque, la sangre, los gritos.

Aunque se hubiera aislado y apartado de todos sus amigos.

De todos, menos de Charles.

Cuando se lo había encontrado en la casa de la montaña, le había confesado que había sido su culpa y que lo sentía, lo sentía, lo sentía.

Charles podría haberle reprochado tantas cosas…

Pero lo único que había hecho era abrazarlo con más fuerza y susurrarle que todo estaba bien, que él estaba allí, que siempre estaría allí, que nunca lo abandonaría.

Y Connor, egoísta, había tomado sus palabras al pie de la letra y en lugar de alejarse de él y apartarse de su vida, se había aferrado a su amigo como quien se aferra a la vida en sus últimos momentos.

Pasara lo que pasara, siempre volvería a Charles. Era lo más bonito que tenía y que tendría nunca.

Y por esa misma razón se hallaba en medio de la noche, sentado sobre el arcén, esperando a que Blythe apareciera. Por esa misma razón, después de seis años, iba a subirse a un coche y, pese al miedo que le oprimía el pecho, no iba a dudar en hacerlo.

Una luz intensa y blanca lo deslumbró y lo obligó a cubrirse los ojos con las manos.

Blythe detuvo el coche a escasos metros de él, y tras abrir la puerta, se acercó.

No dijo nada, solo le tendió una mano.

Connor la miró, sus pupilas empañadas por los recuerdos. Incluso en mitad de la noche, con un conjunto de deporte y el pelo en un moño suelto nada propio de ella, era la chica más bella y perfecta que había conocido nunca.

Su amiga movió los dedos de la mano extendida, animándole a sujetarla. Y pronunció las únicas palabras que podrían conseguir que Connor luchara y se enfrentara a sus demonios:

—Él te necesita, Con.

Sí.

Así que Connor agarró la mano de su amiga, se puso en pie y caminó decidido hacia el coche.

Y cuando abrió la puerta del copiloto y todo su cuerpo le gritó que no, no, no, no lo hiciera, no se subiera: lo ignoró.

Y cuando se sentó en el asiento y el corazón le martilleó tan fuerte que dejó de escuchar otra cosa que sus propios latidos: se concentró en la respiración de Blythe.

Y cuando el motor se puso en marcha y las extremidades lo sacudieron y amenazaron con expulsarlo del coche: pensó en él.

En él, solo en él.