Hijos dorados XVII
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XVII

XVII

Deterioro

Siempre se había preguntado cómo sería perderse a uno mismo. Lo que nunca se había imaginado era que él llegaría a ser la persona capaz de darle respuesta a aquel interrogante. Y a muchos otros.

Como por ejemplo:

¿Cómo debía sentirse alguien al no saber en quién se había convertido?

Como una mierda.

¿Era un proceso largo o algo que sucedía en cuestión de minutos?

Qué importaba si era largo o corto, lo relevante era que el proceso era invisible y cuando uno se daba cuenta ya era demasiado tarde.

¿Creía posible volver a encontrarse?

No, no lo creía.

Sentado en el suelo de su habitación, con la mirada clavada en el techo y las piernas extendidas, intentó dejar la mente en blanco. Daría lo que fuera por no pensar en nada, aunque esa nada solo durara un segundo.

Pero no pudo. Como un caballo salvaje, su mente estaba descontrolada y no había quién la domara.

Así que recurrió a lo único que parecía calmarlo esos días, esas noches.

Alargó la mano derecha y abrió el último cajón de su escritorio. Sacó un estuche de color negro y, de su bolsillo interior, extrajo una pequeña bolsa transparente.

La suspendió en el aire frente a su rostro y la miró. Al principio, con unos ojos vacíos, carentes de toda emoción. Pero después, con una ira, una rabia, capaz de arrasar con aquel maldito campus y todo lo demás.

Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris.

La frase, o más bien la advertencia, se le apareció como una invocación. Y no pudo hacer otra cosa que liberar una carcajada histérica.

Y otra.

Y otra.

Y las carcajadas se tornaron gritos y los gritos sollozos y los sollozos llantos.

Estaba llorando, llorando de la ira, de la rabia, de la ironía de aquella frase, que hablaba del polvo en el que acabaría convirtiéndose por culpa del polvo que sostenía entre sus manos.

Pensó en su madre. En todas las veces que le había recriminado su comportamiento y ella simplemente se había vuelto pequeña, muy pequeña, como una niña, y le había susurrado «no puedo».

Y ese pensamiento, esa imagen, consiguió que estallara. Lanzó la bolsa transparente con el polvo blanco al otro lado de la habitación.

No lo quería.

Lo quería.

No quería convertirse en polvo por culpa del polvo, pero quería el polvo para seguir adelante. Porque esos días era lo único que le daba paz y fuerzas, y eso le provocaba tanta vergüenza, ira e impotencia…

Siempre se había preguntado cómo una persona podía llegar a perderse. Lo que nunca se había imaginado era que él sería capaz de explicar, paso a paso, cómo hacerlo.

Mirad, es muy fácil…

Le empezó a contar a su público ficticio.

Solo tienes que levantarte del suelo de tu habitación…

Se puso en pie.

Cruzarla en dos pasos…

En realidad fueron tres.

Agacharte a recoger esta bolsita…

La recogió, era transparente.

¿Y ves este contenido de aquí, blanquito, precioso, como la nieve…?

Joder si lo veía, era lo único que veía.

Pues viertes un poco sobre una superficie plana, no hace falta mucho, y dibujas una fina línea valiéndote de algo como una tarjeta de crédito…

Sacó la cartera del bolsillo de sus pantalones, tomó su American Express y alineó el polvo blanco.

Acercas tu nariz y, bueno, no hace falta que os explique lo que viene después, ¿no?

Esnifó.

Y sin prestarle atención a las lágrimas que seguían cayendo sin cesar de sus ojos, se volvió a tirar al suelo, clavó su mirada en el techo y dejó que, poco a poco, su mente se apagara.

— Memento, homo… —esbozó una sonrisa lánguida—, quia pulvis es, et in pulverem reverteris.

Y así, señores y señoras, es como uno se pierde; para nunca regresar.

Así que simplemente se volvió pequeño, muy pequeño, como un niño, y susurró «no puedo».