XVI #3
—¿Bembos? —había preguntado Roman.
Vera le había explicado que era una de las cadenas de comida rápida más populares de Perú. A lo que Roman le había pedido que le contara cosas sobre su país natal. Y así habían pasado más de una hora.
Roman parecía otra persona. Estaba más relajado. Era como si alejarse de Cornell y del ambiente de tensión que se respiraba en el campus le hubiera permitido bajar sus barreras. Vera no pudo evitar pensar que quizás el chico estaba pensando exactamente lo mismo de ella.
Cuando acabaron de comer, postre y café incluido, pusieron rumbo a Greenberg & Hughes.
Roman aparcó en el parking subterráneo del despacho.
Les adjudicaron una plaza para clientes y, cuando el que debía de ser el vigilante (un chico que parecía recién salido del colegio) le ofreció limpiarle el coche, aquel le entregó las llaves y un billete de cincuenta dólares seguido de un «gracias».
Subieron en ascensor hasta la recepción del edificio. En ese punto, Vera estaba estrujando su lista de «cosas muy importantes» como si fuera una pelota antiestrés.
—Creo que voy a ir a ese Starbucks. —Roman señaló la cafetería, en una esquina de la recepción.
Había un par de personas charlando, pero por lo demás parecía tranquila—.
Las entrevistas duran unos veinte minutos así que, si quieres, cuando acabes la tuya puedes bajar y me cuentas qué tal antes de que yo suba.
Ella asintió, incapaz de hacer otra cosa.
Una mano le agarró la muñeca izquierda, al igual que lo había hecho esa mañana.
Incluso después de pasar tres horas en un coche con la calefacción en marcha y resguardarse en el interior de un restaurante, Roman tenía la piel fría.
—Va a ir bien —le aseguró y, dicho esto, se alejó.
Vera observó al chico llegar hasta la cafetería y, sin querer retrasar más el momento, volvió a entrar en el ascensor.
Las puertas se abrieron veintidós plantas más arriba.
Lo primero que vio fue un mostrador de madera oscura con el nombre Greenberg & Hughes tallado en letras grandes y negras.
Tras este se abría una sala enorme con cuatro sofás de cuero y una mesa circular, también de madera.
Y ventanales, cantidad de ventanales con unas vistas impresionantes a la ciudad de Nueva York.
El repiqueteo de unos tacones sobre el parqué anunció la llegada de una chica bajita y de pelo oscuro rizado. Iba vestida con un traje chaqueta azul marino y, por lo que ponía en una placa reluciente, era una de las recepcionistas del despacho.
Le dio la bienvenida y, tras comprobar su nombre y apellido en el ordenador del mostrador, la guio a uno de los sofás indicándole que el señor Carrell estaría disponible en unos minutos.
Unos minutos que a Vera se le hicieron efímeros, porque antes de que pudiera asimilar que estaba a punto de tener aquella entrevista, la recepcionista ya la estaba guiando de nuevo por el despacho, esta vez hacia una sala de reuniones.
Joseph Carrell la estaba esperando en una de las sillas dispuestas alrededor de la gran mesa que ocupaba el centro de la sala. Parecía concentrado en unos papeles que tenía desperdigados frente a él. No obstante, en cuanto la vio entrar, se levantó y caminó hacia ella con la mano extendida.
—Vera Velasco, encantado de conocerte.
Vera se la estrechó devolviéndole el saludo.
—Siéntate donde te apetezca —le dijo retornando a su sitio—. Y, por favor, si quieres un café o un vaso de agua solo tienes que pedirlo.
Vera optó por tomar el asiento que estaba justo delante del hombre. Detrás de él, en una de las largas estanterías de madera que recorrían la pared de la sala de reuniones, descansaba una cerámica en forma de jarrón ovalado que le recordó al estilo precolombino peruano. ¿De dónde la habría sacado?
Pero no pudo preguntar ni pensar sobre ello, porque Carrell empezó a dispararle preguntas. Una tras otra, tras otra, sin piedad.
Fue directo a poner a prueba sus conocimientos jurídicos generales.
Como había previsto, le preguntó sobre el debate que se había generado a raíz de los atentados del pasado 31 de octubre.
¿Qué cambios legales creía que debían llevarse a cabo para mejorar la seguridad de los ciudadanos?
¿Y a nivel de políticas inmigratorias? ¿Cómo creía que la administración Trump abordaría el conflicto?
Vera intentó responder las preguntas de la forma más completa y directa posible.
Siempre había pensado que uno de sus puntos fuertes eran su asertividad y la capacidad de síntesis que tenía.
Y esas, como le había dicho Blythe un par de días antes mientras miraban una serie (o intentaban hacerlo), eran cualidades extremadamente valiosas en el mundo de la abogacía.
Joseph Carrell se reclinó un poco sobre el respaldo de su silla y asintió en silencio, valorando las últimas palabras de Vera.
—Vamos a pasar a un plano más personal. Al fin y al cabo, en Greenberg & Hughes nos interesan las personas. —Le dedicó una sonrisa blanca digna de un anuncio de televisión—. ¿De qué trabajan tus padres? ¿También son abogados?
Vera descruzó y volvió a cruzar las piernas en un gesto que esperó que no se interpretara como incomodidad. Toda la seguridad que había sentido al contestar las preguntas jurídicas se esfumó cuando Carrell mencionó a sus padres.
No es que se sintiera avergonzada de su pasado.
Esa no era la cuestión. De hecho, no tenía ningún problema en soltarle a Roman que su cortavientos era una talla XL en lugar de S porque no podía permitirse una prenda que no estuviera en descuento, o en explicarles a sus amigos que tenía que trabajar en la tienda del campus para pagarse los gastos que suponía vivir en Cornell.
Pero no quería decir o hacer nada que disminuyera sus posibilidades de conseguir la beca.
Y para gente como Joseph Carrell, un hombre que trabajaba en un rascacielos con vistas privilegiadas a Nueva York y vestía trajes hechos a medida, la situación de sus padres podía provocar justo ese efecto.
Vera pensó en su padre, que había tenido que disolver y liquidar su empresa y ahora era un empleado más en una compañía de seguros, y en su madre, que intentaba aportar algo a la casa remendando ropa para desconocidas.
No, no se sentía avergonzada. Pero sí sentía rabia. Rabia por no venir de una familia con millones de dólares en el banco y un recorrido profesional admirable. Rabia porque aquello, seguramente, iba a jugarle en contra.
Pero qué iba a hacer, ¿mentir? Inventarse que sus padres eran abogados de éxito en Perú. Greenberg & Hughes era el tipo de despacho capaz de verificar los antecedentes de sus candidatos antes de contratarlos.
Así que no, mentir no era una opción.
Vera cruzó y descruzó las piernas de nuevo y se dispuso a contestar.
—Pues la verdad es que mi padre…
Pero no pudo acabar la frase. El teléfono de Joseph Carrell empezó a sonar.
—Disculpa, ahora vuelvo —murmuró al ver de quién se trataba.
Cuando hubo salido por la puerta, dejando a Vera sola, la chica apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante.
Soltó todo el aire que había estado conteniendo, y agradeció a quien fuera que la estuviera vigilando desde el cielo el tiempo que le habían regalado para pensar cómo formular aquel tema.
En sus prisas por atender la llamada, Carrell había dejado a la vista de cualquiera los papeles que había estado revisando antes de que Vera entrara en la sala de reuniones.
Pues para vanagloriarse de que es el despacho más renombrado del país, el tema de la protección de datos … , pensó.
Más tarde, Vera se intentaría convencer de que había visto el apellido por casualidad, de que su intención no había sido fijarse en los papeles. Pero la realidad era que se había dejado llevar por la curiosidad y había ojeado los documentos a conciencia.
Y había sido en ese momento que lo había visto.
Un apellido.
Arrieta .
Escrito en letras mayúsculas y en negrita en el encabezado de un contrato de compraventa de bienes inmuebles.
¿De qué le sonaba aquel apellido? Lo había escuchado antes, de eso estaba segura.
Trató de sacar alguna otra información en claro, pero no pudo. El contrato estaba medio cubierto por varios papeles y orientado en dirección opuesta a la de ella.
La puerta se abrió y Carrell volvió a entrar. Vera fingió que estaba mirando por uno de los ventanales.
—Impresionante, ¿verdad? Nunca me acostumbraré a tener Nueva York a mis pies —comentó Joseph Carrell mientras volvía a sentarse.
Vera silenció lo que pensaba, que no había nada más peligroso que una persona que se creía dueña de lo indomable—.
Disculpa, cuando el cliente llama, tienes que responder.
Ya te acostumbrarás. —Le volvió a mostrar sus dientes blancos.
—Por supuesto, no hay ningún problema —contestó con un tono que sonó demasiado falso pero que el socio ignoró.
—Bueno, dónde estábamos… Ah, te había preguntado si practicas algún deporte, ¿no?
No.
—Sí.
Y Vera empezó a contarle sobre sus carreras matutinas y lo mucho que la ayudaban a mantenerse centrada en sus estudios, momento que el abogado aprovechó para hablarle sobre sus años de gloria en el equipo de remo de Cornell.
Diez minutos más tarde, tras despedirse de forma rápida y cordial, estaba bajando los veintidós pisos en ascensor hasta la planta principal del edificio, dejando atrás Greenberg & Hughes.
Y por algún motivo, no sentía que se había quitado un peso de encima o estaba orgullosa de haber superado la entrevista.
Por algún motivo, solo podía pensar en una cosa.
Un apellido.
Escrito en letras mayúsculas y en negrita.
Arrieta.