Hijos dorados XVI #2
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XVI #2

—Mi situación, querida Vera, es distinta —replicó Connor, ajeno a las dudas que sacudían a Roman por dentro—. Yo no escojo que los traumas me persigan, pero me persiguen de forma traumática —y con voz solemne, añadió—: Esa, al fin y al cabo, es la condena que debe sufrir un hombre honrado.

—¿Henley? —inquirió Blythe.

—Hannaway. —Connor le lanzó un beso.

Blythe bufó, porque no le sorprendía nada que Connor se acabara de citar a sí mismo. El chico se cruzó de brazos y le recriminó que quien había hecho la asociación entre Henley y Hannaway era ella solita.

Roman desconectó de la discusión entre sus amigos.

De forma inconsciente, sus ojos se posaron en Vera.

La chica lo estaba estudiando, seguramente tratando de dilucidar si su propuesta, la de llevarla en coche a Nueva York, era sincera o una manera de burlarse de ella.

Atisbó el titubeo tras sus pupilas: confía, no confíes, confía, no confíes .

Roman no creía en dioses ni en dimensiones paralelas, pero en ese momento le suplicó a lo que fuera que estuviera allá arriba que Vera decidiera darle una oportunidad.

Tras unos segundos, se decidió:

—¿A qué hora salimos? —Aunque parecía más un reto que una pregunta.

—Cuando quieras —respondió él encogiéndose de hombros.

—Vale, con una condición. —Sostuvo su dedo índice a escasos centímetros de su nariz.

—La que quieras —respondió, sincero.

—Mi cortavientos se viene conmigo.

Roman no pudo hacer otra cosa que soltar una carcajada.

—No esperaba menos.

Vera sonrió y, por un momento, Roman pensó que quizá, solo quizá, pasar tres horas en un coche con él no fuera tan horrible.

Decidieron salir de Ithaca a las once y media de la mañana. Una vez en la facultad, Vera había insistido en ir con tiempo, por si tenían cualquier tipo de imprevisto.

Roman, que había sentido que estaba nerviosa, se había limitado a asentir y, antes de desaparecer por la puerta del aula en la que tenía clase, había añadido:

—Paso a buscarte a menos cinco. Después nos vemos.

Así que allí se encontraba, en el porche de la casa de Blythe, esperando a que Roman apareciera.

Lo tenía todo: móvil, tableta, su libreta, un sándwich que se había preparado por si le daba hambre por el camino (aunque lo dudaba, porque cuando estaba nerviosa su estómago se cerraba) y hasta una lista de «cosas muy importantes» que había escrito la noche anterior.

Número uno: convénceles de que mereces la beca.

Número dos: Greenberg & Hughes, fundado en 1994 por Steven Greenberg y Jacob Hughes.

Número tres: no te olvides de sonreír y parecer cercana (no quieren bichos raros, así que no te comportes como uno).

Número cuatro: seguridad vs. políticas de inmigración en relación con el atentado del 31 de octubre (porque seguro que te preguntan algo sobre los sucesos de Nueva York de hace unos días).

La lista seguía hasta el número diez.

Vera siguió repasándola hasta que atisbó el coche de Roman al final de la calle.

De pronto, fue muy consciente de que iba a pasar las siguientes horas prácticamente pegada al chico.

Su plan había sido perfecto: acabar la clase, ir directa a la estación de autobuses, tomar el primero hacia Nueva York, hacer la entrevista y volver a Ithaca.

Así que no, en su plan no había entrado ser la copiloto de Roman.

No hubiera tenido ningún problema si se hubiera tratado de Blythe, Charles o Connor (si este último fuera capaz de subirse a un coche). Pero con Roman… todo era diferente.

La pregunta era: ¿por qué había accedido a que la llevara hasta Nueva York?

Prefería no contestar.

Primero la entrevista, se dijo a sí misma, después ya pensarás en todo lo demás.

Las dos primeras horas de viaje las pasaron en silencio.

Roman conducía como mínimo veinte kilómetros por hora por encima del límite de velocidad. Si no fuera por lo confiado que se le veía al volante y la seguridad que transmitía, Vera le habría pedido (o gritado) que fuera más despacio. Pero por algún motivo, estaba tranquila, relajada.

Sacó la lista de «cosas muy importantes» de su bolso y, de nuevo, empezó a leerla en silencio.

—¿Qué lees? —Roman se lo preguntó sin apartar sus ojos verdes de la carretera.

—Ehh… —Vera tragó saliva—. Nada, unas notas para la entrevista.

En realidad, no era nada de lo que avergonzarse, pero Vera prefería no compartir la lista con Roman. Por supuesto, el chico opinaba distinto, porque soltó:

—¿Me las lees?

—¿Perdona? —En un acto reflejo, Vera dobló el papel.

Roman le dedicó una mirada fugaz.

—Tus notas —aclaró, pensando que Vera no lo había entendido—. ¿Puedes leérmelas?

—¿Para qué quieres saber lo que he puesto?

Otra mirada fugaz, esta cargada de una intensidad sobrecogedora.

—Curiosidad.

Le había contestado lo mismo la tarde en la que se habían reunido en su casa para empezar a preparar el Caso Magno y él le había preguntado si le gustaba el olor a tabaco.

¿Por qué? ¿Qué más te da? No pienso leerte nada de lo que he escrito en este maldito papel.

Pero en lugar de formular lo que le pasaba por la cabeza, volvió a tragar saliva y empezó a leer en voz alta:

—Número uno: Greenberg & Hughes, fundado en…

—Te has saltado una —le cortó Roman.

Vera clavó sus ojos en el chico, que seguía concentrado en la carretera. ¿Cómo se había enterado?

—¿Qué tal si te centras en conducir?

Roman rio por lo bajo.

—Estoy conduciendo. —Alargando la mano le dio un par de toques al papel, como queriendo decir «venga, lee».

Vera suspiró. No sabía por qué estaba haciendo aquello.

—Número uno: convénceles de que mereces la beca.

Miró de reojo a Roman, esperando una burla, una réplica irónica, algo. Pero no dijo nada. El chico seguía conduciendo, atento a sus palabras.

—Número dos: Greenberg & Hughes, fundado en 1994 por Steven Greenberg y Jacob Hughes. Número tres: no te olvides de sonreír y parecer cercana —omitió el apunte de los bichos raros.

—¿Parecer? —Roman agarraba el volante con una mano, la otra la tenía apoyada en el cambio de marchas a escasos centímetros de su pierna. Al ver que Vera no contestaba, añadió—: Eres una persona cercana. No necesitas aparentar.

Vera bufó, incrédula.

—Bromeas, ¿no? ¿Cercana?

No le importaba reconocerlo. Vera no era una persona cercana . No lo había sido en el colegio, ni en USC, ni tampoco lo estaba siendo en Cornell. Las miradas que le dirigían sus compañeros de JD eran prueba suficiente de ello.

Pero Roman se encogió de hombros.

—Con nosotros lo eres. —Sus ojos verdes se clavaron en los de ella.

Vera apartó la mirada, temiendo que el chico notara su turbación.

—Vosotros sois diferentes.

Hijos Dorados.

Roman asintió, como si aquellas tres palabras le valieran, y le dio un leve toque en el brazo, instándola a seguir.

Vera trató de ignorar la forma en la que su piel se erizó ante el simple contacto.

Si el chico podía estremecerla con algo tan sencillo como un roce, qué sería capaz de hacer con una caricia, un beso, o al desvestirla y…

Carraspeó, alejando la imagen de su mente.

Focalízate en seguir leyendo.

—Número cuatro: seguridad vs. políticas de inmigración en relación con el atentado del 31 de octubre (porque seguro que te preguntan algo sobre los sucesos de Nueva York de hace unos días). Número cinco: inversión extranjera en energías renovables.

—Eso lo has puesto por Carrell —apuntó Roman haciendo referencia a Joseph Carrell, el socio de Greenberg & Hughes encargado de entrevistarles.

Estaba especializado en energías renovables y, como tal, Vera estaba segura de que les preguntaría algo al respecto—.

Yo también hago mis deberes, Vera Velasco.

Era la primera vez que Roman pronunciaba su nombre completo. Nombre y apellido. Ni Vera, ni Velasco. Vera Velasco. Obvió el vuelco que le dio el estómago y continuó leyendo:

—Número seis: todos los candidatos… —Vera calló de golpe y leyó el resto de la frase para sus adentros.

Quizá fuera mejor… No. Pensándolo bien, le daba igual cómo se lo tomara.

Era la verdad y, si no le gustaba, no era su problema.

Además, él había querido escuchar la jodida lista, ¿no?

Pues iba a hacerlo. Terminó la frase, tratando de imprimir en su voz toda la seguridad que albergaba en su interior:

—Número seis: todos los candidatos están forrados y tienen contactos. Tú no. Pero eso no te resta posibilidades. Vales igual que ellos. O incluso más.

Desde su asiento, Vera vio cómo Roman enarcaba ambas cejas.

—Pobre Tahoe, mejor no se lo cuento. No quiero herir su ego.

La contestación la tomó por sorpresa y no pudo evitar reír.

—No, mejor no se lo cuentes. No queremos romperle el corazón.

Cuando Vera acabó de leer su lista, la dobló en cuartos. En lugar de guardarla en el bolso, la sostuvo con fuerza. Cada vez estaban más cerca de Nueva York y tener ese trozo de papel entre las manos la ayudaba a combatir los nervios de la entrevista.

—Es una buena lista —concedió Roman.

—Supongo.

—Vera.

Ella lo miró. La luz le daba de lleno en el rostro, provocando que el verde de sus ojos brillara con más fuerza de lo habitual. En ellos danzaba algo desconocido y nuevo, algo que Vera no supo identificar.

—Vales igual que nosotros.

Sin saber qué contestar, Vera optó por el silencio. Y así permanecieron hasta que llegaron a Nueva York.

Como iban con tiempo, decidieron aprovechar para comer algo por los alrededores de la calle 26 Este con Madison, donde se encontraba Greenberg & Hughes.

Roman propuso ir a un restaurante donde, en sus palabras, servían las mejores hamburguesas de Nueva York. Y cuando Vera dudó un instante (porque, según Google, la maldita hamburguesa valía como cuarenta dólares), insistió en que él invitaba.

—Como digas algo, pienso robarte esa lista y recitársela a Connor —la calló Roman al presentir que estaba a punto de discutir.

Así que fueron y comieron las hamburguesas. Y sí, eran de las más buenas que Vera había probado desde que se había mudado a Estados Unidos.

—Aunque las de Bembos son mejores y valen como treinta dólares menos —le había dicho al chico mientras mojaba una patata frita en la salsa de trufa.