Hijos dorados XVI
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XVI

XVI

—Parece ser que la administración Trump está reactivando con fuerza el debate sobre las reformas fiscales.

Como cada mañana, Connor leía el diario mientras bebía un café americano en su taza preferida: una color gris con un relieve en forma de garra de oso y una bandera marrón pequeña en la que ponía stay wild (un mensaje irónico porque Connor, de salvaje, no tenía nada).

Se la había comprado Charles en un viaje que Connor y él habían hecho hacía años a la Columbia Británica, en Canadá.

Desde entonces, la llevaba consigo a casi todas partes y, cuando iban a cafeterías, les pedía a los dependientes que le sirvieran el café allí.

Era curioso cómo las personas se aferraban a pequeños comportamientos o rutinas para mantenerse a flote, para sentirse estables y reafirmar que la vida seguía su curso normal, que todo estaba bien.

Así que mientras Connor se aferraba a la taza de Charles, Roman lo hacía al significado de que su amigo llevara aquel objeto a todas partes (si aquello tenía algún tipo de sentido).

—Tahoe llegará a clase excitado —se burló Roman refiriéndose a Mark Tahoe, uno de los quince fantásticos—. Si dieran un premio al mayor fanático republicano del campus, se lo llevaría él.

Connor miró a Roman por encima del periódico y esbozó una sonrisa que no podía significar nada bueno.

—Estés pensando lo que estés pensando, no lo hagas.

Connor le puso morritos.

—Antes eras más divertido, ¿sabes?

—¿Antes de qué? —Roman enarcó una ceja.

—No sé, dímelo tú. Antes de que nacieras; antes de que alguien te metiera un palo por el culo y te convirtiera en un objeto que ni siente ni padece.

—No soy un…

—Antes de que el Grinch te robara la Navidad —continuó Connor—; antes de que Nathalie llegara y, literalmente , te robara la Navidad; antes de que apareciera Vera y te pasaras la mitad del tiempo babeando por ella y la otra mitad lamentándote por esta doble moral tan absurda que tienes. Antes de que…

—¿Connor?

—¿Sí, Rome?

—No vuelvas a pronunciar el nombre de esa perra en mi presencia y mucho menos en la misma frase que el de Vera.

Connor pasó de la picardía a la seriedad en cuestión de segundos.

—Lo que pasó con… ella —evitó el nombre en el último segundo— no tiene nada que ver con Vera. Son personas diferentes, lo sabes, ¿no?

—No creo que seas el más indicado para dar consejos de este tipo, Connor.

—¿A qué te refieres?

—¿De verdad quieres que hablemos de Charles?

Pero Connor murmuró un «no, no quiero» bajito y, sin decir nada más, volvió a la lectura de su periódico.

—Ya lo pensaba —sentenció Roman.

Intentó focalizarse en beber el café que tenía delante, pero no pudo. En cambio, sus manos buscaron de forma instintiva el paquete de tabaco.

—Ahora vuelvo.

Y sin esperar una respuesta por parte de Connor, salió de la cafetería.

Aquella mañana, Ithaca había amanecido nublada y fría. Más que otoño, parecía invierno. Pero Roman agradeció el viento y la fina lluvia que caía sin cesar de un cielo apagado.

Se apoyó contra la pared de piedra del edificio y encendió un cigarrillo.

Al exhalar el humo, se relajó. Era increíble cómo su cuerpo reaccionaba de inmediato a la nicotina.

Había gente que iba a terapia, otra que levantaba peso en el gimnasio, otra que simplemente hablaba con sus amigos.

Él fumaba y practicaba un deporte que consistía en pegarse con otras personas.

¿Duele que te recuerden lo hijo de puta que eres?

Las palabras de Carter resonaron en su cabeza, fuertes y desafiantes.

Roman intentó ignorarlas, pero era difícil cuando, en el fondo, sabía que su hermano tenía razón.

Sin quererlo, varias imágenes empezaron a sucederse ante él: un policía tirado en el suelo, inconsciente, con heridas en la cabeza de las que no paraba de manar sangre; él, montando guardia en uno de los pasillos de la mansión de Tunkhannock, inmóvil pese a los gritos y lamentos que escuchaba al otro lado de la puerta; Stefano obligándolo a darle una paliza a su propio primo para que «aprendiera una lección»; una chica llorando frente a él, pidiéndole que no hiciera lo que estaba a punto de hacer.

Confiteor quia peccavi nimis…

—Roman.

Movido por un acto reflejo, Roman agarró con fuerza la mano que se acababa de posar en su brazo y con una rapidez casi inhumana se preparó para…

—¡Roman!

Esa voz.

—¿Vera?

Frente a él, unos iris dorados lo miraban cargados de preocupación. No había miedo ni rechazo, solo eso: preocupación.

Roman relajó el agarre que había imprimido sobre la muñeca de Vera, pero no la soltó.

—Perdona —carraspeó.

—Nada —contestó ella, restándole importancia.

Llevaba un vestido negro de manga larga por encima de las rodillas. Era más bien pegado y realzaba sus curvas. Además, había cambiado sus botas estilo militar por unas de caña alta y con un poco de tacón.

Sí, Roman la miró de arriba abajo y, al fijarse en el cortavientos que se había puesto por encima para protegerse de la lluvia, no pudo evitar esbozar una media sonrisa.

—¿Qué pasa? —inquirió Vera con el ceño fruncido.

—Me encanta tu cortavientos. ¿A quién se lo has robado? —Por lo menos debía de ser cuatro tallas más grande de su tamaño.

Vera se sonrojó ligeramente, pero dijo con esa pose y seguridad que tanto la caracterizaban:

—Era el único que quedaba en la tienda del campus con descuento.

Por supuesto, tenía que cagarla con ese comentario y quedar como un superficial.

No era lo que quería decir, me he expresado mal, lo siento si he… No sabía cómo explicarle que, en realidad, el cortavientos era lo que más le gustaba de todo su conjunto.

Roto.

Así estaba si no era capaz ni de pedir perdón por un malentendido como aquel.

Jodidamente roto .

Antes de que encontrara las palabras para justificarse, Vera clavó la mirada en la mano de Roman, que todavía la sujetaba como un idiota.

La soltó de golpe, como si su piel quemara.

—Nos vemos arriba —murmuró Vera, apartándose unos pasos de él, y subió hacia la cafetería.

Roman alzó el rostro al cielo dejando que las gotas de lluvia le bañaran la piel y, después de darle dos últimas caladas al cigarrillo, la siguió.

En el mostrador se encontró con Blythe, que estaba pidiendo un café bien cargado y un par de magdalenas que, seguro, eran para Vera.

—¿Cuándo has llegado? —Roman se acercó y se apoyó en la madera de la repisa.

—Pues a la vez que Vera. Te he saludado pero estabas en medio de uno de tus momentos intensos y no te has enterado.

—Ya.

—Ya.

—¿Te has pensado lo del torneo de tenis?

—¿Te han dicho que, cuando quieres, eres peor que un perro con un hueso? —Giró su cuerpo para encararlo y le dio tres golpes en el pecho—. No. Lo. Sueltas.

Roman rio por lo bajo y le sujetó la mano.

—¿De qué tienes miedo, Blythe?

Conocía a su amiga lo suficiente como para saber que aquella pose fría y altiva era una barrera.

Él era igual.

Y ese, pensó mientras esperaba, paciente, a que la chica confesara lo que fuera que le estaba pasando por la cabeza, era el motivo por el que eran tan buenos amigos.

La mayor parte del tiempo podían no parecerlo, porque se irritaban y molestaban, e incluso a veces (demasiadas) se insultaban.

Pero en el fondo, Blythe era como su otra mitad; la más oscura y peligrosa.

Ella suspiró, rindiéndose ante la mirada intensa de Roman.

—De perder.

Roman asintió, meditando su respuesta.

Pasó un minuto, dos, tres, sin que pronunciara una sola palabra. Y al final, cuando Blythe ya tenía el café y las magdalenas entre las manos y estaba lista para dirigirse a la mesa en la que Connor y Vera charlaban de forma animada, dijo:

—Lo que deberías temer no es perder, sino dejar de jugar por el miedo a perder. Desde mi punto de vista, si te presentas en ese torneo y desafías lo que tus padres esperan de ti, persiguiendo lo que realmente te hace feliz, ya has ganado.

—Un concepto cuestionable de lo que significa ganar y lo que significa perder.

—Puede. Pero creo que también es un concepto interesante. ¿Qué prefieres, Blythe? ¿Ser la hija perfecta que siempre hace lo que se espera de ella o ser tú misma?

Roman agarró la bolsa con magdalenas y, tras guiñarle un ojo a su amiga, fue a reunirse con Connor y Vera.

Pocos segundos después, Blythe lo siguió.

—El honorable caballero vuelve por fin. —Connor inclinó la cabeza en señal de saludo—. Y viene acompañado de…

—Ahórrate los cumplidos, Connor —soltó Blythe antes de que su amigo pudiera acabar la frase.

—De parte de Blythe —Roman le tendió las magdalenas a Vera, que las agarró con un «no hacía falta» resignado, y se sentó en la silla que quedaba justo a su lado.

Blythe le dedicó una media sonrisa a Roman, y devolviendo su atención a Vera, preguntó:

—¿A qué hora tienes la entrevista en Greenberg & Hughes?

—A las cinco. Haré la primera clase y después me iré a la estación de autobuses. Quiero llegar con tiempo a Nueva York.

—Puedo llevarte yo en coche. —Roman pronunció las palabras al instante. Al ver que Vera lo estaba mirando confusa, añadió—: ¿Qué sentido tiene que vayas en autobús? Yo tengo la entrevista media hora después que la tuya.

Y era verdad, al estar trabajando juntos en el Caso Magno, los habían citado en Greenberg & Hughes de forma consecutiva. Pasaba lo mismo con Connor y Blythe, que también tenían sus entrevistas el mismo día y con media hora de diferencia.

—Claro, Verus —dijo Connor utilizando el mote afectuoso con el que solía referirse a ella—. Es mejor que vayas con Roman. Además, los autobuses que salen de Ithaca son muy poco fiables. Si te contara la cantidad de veces que me han dejado tirado o se han retrasado…

—Porque tú te subirás al coche de Blythe la semana que viene, cuando te toque ir a Nueva York. —Vera le lanzó una mirada fulminante que Roman no llegó a entender.

¿Acaso prefería tragarse cinco horas de autobús a tres en coche con él?

Por supuesto que lo prefiere , se castigó a sí mismo.