Hijos dorados XV #2
29%

XV #2

Se disponía a salir del edificio cuando una voz que conocía demasiado bien la detuvo en seco.

—¿Se puede saber qué hacías hablando con Rebecca Callahan?

Jia .

Su hermana, siempre el retrato de la perfección, la miraba con ojos acusatorios.

Mucha gente decía que Jia y Blythe eran dos gotas de agua: mismo pelo negro y liso, mismos ojos color avellana, misma complexión delgada, misma forma de andar, mismo todo.

De más pequeñas, cuando vivían en la casa de sus padres y los fines de semana los pasaban entre comidas, galas benéficas, fiestas, eventos y más comidas, Blythe se había hartado de escuchar frases del estilo «sois idénticas» o «parecéis gemelas».

Cada vez que alguien le echaba en cara lo mucho que se parecía a su hermana, algo en Blythe agonizaba y se rompía, y le daban ganas de gritar, de revelarse. Porque no podían ser más distintas.

A Blythe nunca se le ocurriría tratar a Jia de la forma en que Jia llevaba tratando a Blythe toda su vida; como si fuera una molestia, una piedra en su zapato imposible de sacarse, una carga.

Decir que los años en los que había vivido junto a ella en el apartamento de Manhattan habían sido difíciles era quedarse muy, muy , corta.

Blythe nunca olvidaría el día en el que su hermana había abandonado la casa familiar para irse a estudiar a Harvard y la paz que la había invadido en cuanto había salido por la puerta cargada con cuatro maletas.

Lo primero que había hecho Blythe había sido ir a su habitación y reproducir su lista de canciones preferidas a todo volumen, algo que Jia nunca le había dejado hacer porque afectaba a su concentración y sus nervios.

«Toma concentración, toma nervios», había gritado (o pensado, el recuerdo era cada vez más borroso), mientras abría la nevera, sacaba su helado de chocolate preferido y, de camino a su habitación, se lo empezaba a comer a cucharadas.

Ya no había nadie juzgando todo lo que comía y recriminándole que si el arroz era puro carbohidrato, que si no era bueno comer pasta antes de un entreno, que si esto que si lo otro.

Sí, Blythe había gritado y cantado y bailado y comido helado y, cuando el choque de ya no tener a su hermana había pasado, se había dejado caer sobre la alfombra de su habitación y se había puesto a llorar como una niña.

Porque, después de todo, sabía que si Jia la llamaba y le pedía perdón y le confesaba lo orgullosa que estaba de ella y le proponía ir a comer a su restaurante preferido o a pasear por Central Park, Blythe se lo perdonaría todo en un segundo e iría con ella.

Porque, después de todo, quería ser aceptada y querida por su hermana.

La misma que ahora tenía delante y, de brazos cruzados, esperaba una respuesta por su parte.

Blythe se enderezó (aunque no hacía falta, su postura era recta y perfecta gracias a las clases de pilates que sus padres habían pagado durante años) y encaró a su hermana.

—Solo nos hemos puesto al día.

Jia soltó una risa incrédula.

—Oh, por favor, ¿crees que soy idiota? Te conozco, Blythe, si estás aquí un viernes, saltándote tus clases, no es para ponerte al día con Rebecca Callahan.

Blythe intentó disimular la rabia que, poco a poco, iba ganando fuerza dentro de ella. Era increíble como, después de tanto tiempo, su hermana seguía siendo capaz de desestabilizarla solo con algunas palabras.

—Y tú, ¿qué haces aquí? —Se dio cuenta de que no debería de haber dicho aquello en cuanto la pregunta salió de su boca.

Jia puso los ojos en blanco, fastidiada.

—Tenía una reunión con un cliente a las doce y, ya que estaba aquí, he aprovechado para comer.

Si no hubieras estado tan concentrada en llevar a cabo el plan que sea que has venido a ejecutar me habrías visto sentada en la barra.

—Y con un dedo, señaló el taburete donde, en efecto, se encontraba su maletín.

—¿Mamá y papá te mandan a cubrir las reuniones a las que ellos no pueden ir, o qué?

El rostro de Jia se endureció. Blythe había dado donde más le dolía.

—¿Acaso tú no estás intentando conseguir la beca para entrar en Greenberg les vas a mentir a la cara, como llevas haciendo toda tu vida y vas a seguir haciendo hasta que te quedes sola.

Blythe inspiró, luchando por no moverse, por controlarse.

Una vez tomas una decisión…

Contuvo el aire cinco segundos que le parecieron infinitos y espiró.

Debes ser consecuente con ella…

Y sin girarse, sin dedicarle una mirada o un gesto más a su hermana, salió del edificio.

El viaje de vuelta a Ithaca duró cuatro horas.

Cuatro horas conduciendo —solo se detuvo a repostar en la misma gasolinera a la altura de Swiftwater— en las que no paró de convencerse de que aquella decisión había sido la correcta.

Y defenderla a toda costa.