Hijos dorados XV
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Le dio las llaves del BMW al aparcacoches y, forzándose a no caer en la emoción de estar de nuevo en su ciudad, entró por la puerta principal del rascacielos.

—Bienvenida a Gattopardo. —El maître del restaurante la saludó de forma educada. Iba vestido con un traje negro y llevaba el pelo engominado en un peinado que casi parecía antinatural—. ¿Me puede indicar el nombre al que está su reserva?

Por supuesto, Gattopardo, uno de los locales de moda de Midtown Manhattan, solo aceptaba reservas.

Y más desde que su renombre había escalado al recibir a uno de los cantantes del momento, Giovanni Brunelli.

Cantante del que, por cierto, solía escuchar alguna canción, sobre todo cuando se sentía más alicaída y necesitaba algo de rock que la pusiera de buen humor.

—Jeong. —Blythe ofreció su apellido.

El maître asintió y le pidió que lo siguiera hasta su mesa.

—¿Quiere que le traiga algo mientras espera a su acompañante? —le preguntó a la vez que le tendía la carta del restaurante.

—Un Martini. Hendricks.

Ya con el cóctel en sus manos, Blythe se relajó un poco. El camino de Ithaca a Nueva York había sido largo y cansado. Unas cuatro horas conduciendo —solo se detuvo a repostar en una gasolinera a la altura de Swiftwater— en las que no había dejado de cuestionarse si aquella decisión era la correcta.

Sus amigos creían que había tenido que escaparse a la ciudad para visitar al traumatólogo que, una vez cada seis meses, le revisaba la lesión de rodilla que había sufrido durante un partido de tenis, cuando jugaba para el equipo de Columbia.

Era una mentira.

Pero lo que le preocupaba más no era haberles mentido a sus amigos, sino lo fácil que había sido hacerlo y lo rápido que le habían creído.

«¿Quieres que te acompañe?», se había ofrecido Vera hacía unos días en la cafetería en la que seguían encontrándose todas las mañanas para desayunar.

Pero Blythe había declinado la proposición y le había asegurado a su amiga que podía ir sola. «Además», había añadido, «no quiero que te saltes clase por mí».

Mentira.

El móvil vibró en su bolsillo. Blythe desbloqueó la pantalla y vio que era Vera, quien, como invocada por el mero hecho de pensar en ella, le había escrito.

¿Has llegado bien?

Sí, ya estoy en la consulta

Mentira.

Volvió a guardarse el móvil en el bolsillo y lo ignoró cuando, unos segundos después, vibró de nuevo.

Le dio otro sorbo a su Martini.

No iba a empezar a sentirse mal ahora, cuando ya estaba allí. Como sus padres le habían dicho siempre, «una vez tomas una decisión, debes ser consecuente con ella y defenderla a toda costa». Pues eso estaba haciendo: defenderla.

Además, Vera no siempre había sido sincera con ellos cuatro.

Sus intenciones no siempre habían sido puras y correctas.

Podía parecer la más racional y sensata de los cinco, pero Blythe sabía la verdad sobre Vera Velasco: en el fondo, era igual de ambiciosa y calculadora que ellos. Solo hacía falta leer los…

—Blythe. —La voz la devolvió al restaurante.

Frente a ella se encontraba una mujer de unos treinta y pocos años, vestida con una americana gris marengo a juego con una falda de traje. Llevaba el pelo rubio recogido en un moño y un maquillaje discreto pero que realzaba sus pómulos afilados y labios carnosos.

—Rebecca. —Blythe dejó el Martini sobre la mesa y se levantó para estrecharle la mano.

Una vez sentadas, Rebecca pidió un Aperol Spritz y una cesta de focaccia .

—Me apetece picar algo —le confesó a Blythe con una sonrisa cálida—. ¿Cómo estás? Qué ilusión me hizo recibir tu mensaje. Hacía tiempo que no te pasabas por la zona.

—Ya sabes cómo es Cornell. Entre las clases y la preparación del Caso Magno, no es que tenga mucho tiempo libre.

Rebecca también había estudiado su JD en Cornell y, pese a no haber conseguido la beca, la impresión que había causado en los abogados de Greenberg & Hughes había sido tan buena que habían hecho una excepción y la habían acabado contratando.

Sí, podría decirse que el caso de Rebecca era, literalmente , único.

—¿Cómo lo llevas? Por lo que me cuentan tus padres cuando me los cruzo por el pasillo o coincido con ellos en alguna reunión, me consta que genial. ¿Lo preparas sola o con alguien?

—Con Connor Hannaway. Es el hijo de…

—El hijo de George y Sarah Hannaway —terminó Rebecca—. Los dueños de Cornell y prácticamente todo el estado de Nueva York. No sabía que también estaba entre los candidatos a la beca.

Blythe frunció el ceño.

—¿No estás al mando de las entrevistas? —Hasta donde sabía, Rebecca era la socia encargada de supervisar las entrevistas que Greenberg & Hughes mantenía con los quince aspirantes a la beca y, como tal, conocía quiénes eran los candidatos.

—Este año se encarga Carrell, otro de los socios —le explicó—. Pero si puedo ayudarte en algo, solo tienes que decírmelo.

En ese momento apareció un camarero con el Aperol Spritz de Rebecca y la focaccia . Aprovecharon para pedir los platos principales. Blythe optó por el risotto , uno de los más populares del restaurante.

Mientras Rebecca le preguntaba al camarero sobre los ingredientes de la salsa que llevaban los raviolis rellenos de carne, Blythe sopesó sus opciones.

Una cosa era intentar sonsacarle información a Rebecca, con quien tenía confianza y se sentía cómoda, pero otra muy diferente pedirle que intercediera por ella con un socio del despacho al que no conocía.

Una vez tomas una decisión, debes ser consecuente con ella y defenderla a toda costa.

Blythe tomó aire. Tenía muy claro por qué le había propuesto aquella comida a la abogada y lo que necesitaba saber para superar la entrevista en Greenberg & Hughes. Así que lo soltó:

—¿Sabes cómo tiene pensado enfocar las entrevistas?

Rebecca meditó las palabras de Blythe, dándole un sorbo a su cóctel. No parecía ofendida ni molesta.

—Supongo que formulará algunas preguntas jurídicas y después se detendrá en lo personal.

Para ver si encajas en el despacho y bla, bla .

Carrell es el típico al que, para caerle bien, tienes que hablarle de lo que le gusta.

Lo sé, un poco cretino —apuntó al ver la expresión reacia de Blythe—.

Pero créeme, lo mejor va a ser tragarte el orgullo y decirle lo que quiere oír.

—¿Que es…?

—Tú háblale de Paul Auster o de energías renovables, y lo tienes en el bote. Ah, bueno, y si le sacas el equipo de remo de Cornell ya ni te cuento.

De entre todos los deportes que se practicaban en la universidad, uno de los que más destacaba era el remo.

Blythe recordó la obsesión pasajera que Connor había tenido hacía unos meses con apuntarse al equipo masculino.

Pero en cuanto Charles le había hecho darse cuenta de que aquel deporte requería muchísima constancia y dedicación (aptitudes que Connor no poseía), había desechado la idea.

Blythe asimiló las palabras de Rebecca.

El camarero trajo sus platos principales y los depositó encima de la mesa, y entonces Rebecca y Blythe se sumergieron en una conversación insustancial sobre lo deliciosa que estaba la comida y lo agradable que era el restaurante.

Los dueños del Gattopardo, íntimos amigos de los padres de Blythe, habían puesto mucho cuidado en la decoración de la sala.

Del techo colgaban varios candelabros que emitían una luz cálida, las paredes estaban repletas de estanterías con libros antiguos y, a lo largo del recinto, había columnas de mármol decoradas con enredaderas.

Durante sus cuatro años como estudiantes de grado de Columbia, Connor, Charles y Blythe habían frecuentado el restaurante. Connor se había enamorado de la estética clásica del lugar el mismo segundo en el que había entrado, y Charles, de la pasta fresca.

Algún día le gustaría volver aquí con ellos, pensó mientras degustaba su risotto . Y con Roman y Vera también. Los cinco.

—¿Cuándo tienes la entrevista? —le preguntó Rebecca cuando ya habían pagado y se estaban despidiendo.

—El día 20 por la tarde.

—Intentaré hablar con Carrell antes. Ya sabes, para que las cosas sean más fáciles.

Recuerdo el proceso que tuve que pasar para entrar en el despacho.

Fue horrible y larguísimo. —Le dio las gracias al maître cuando este se acercó y le tendió su chaqueta—.

Viví meses convencida de que no tenía ninguna oportunidad de entrar.

Tú más que nadie eres consciente de lo muy puristas que son seleccionando a sus candidatos.

—Pero lo conseguiste.

—Sí, y tú también vas a conseguirlo. En nada vamos a estar trabajando juntas en Greenberg & Hughes. Me encantaría tenerte en mi equipo.

—¿De verdad? —No se esperaba que Rebecca le regalara aquel cumplido.

—¡Por supuesto! —exclamó la abogada—. Sería un honor tener a una Jeong. Porque todavía quieres especializarte en Derecho internacional, ¿no?

Blythe carraspeó, intentando disimular la punzada de rabia que le habían causado las últimas palabras de Rebecca: Sería un honor tener a una Jeong . ¿Realmente quería trabajar con ella o solo con su apellido?

—Sí, claro, Derecho internacional —contestó forzando una sonrisa.

—Estupendo. No se lo digas a Jia, pero tomó la decisión equivocada al especializarse en mercantil —le dio un abrazo—. Pero tú, tú vas por el buen camino.

Tras despedirse una vez más, salió por la puerta principal del Gattopardo.

Y Blythe se quedó allí, de pie, sin saber muy bien qué hacer ni qué pensar.

Tomó aire un par de veces.

Has conseguido lo que querías, has conseguido lo que querías, has conseguido lo que querías , empezó a repetirse.

Has tomado una decisión y estas son sus consecuencias .

Qué más daba si Rebecca quería trabajar con ella porque era la hija de dos de los socios más importantes de Greenberg & Hughes.

Qué más daba si lo único que buscaba era tener a una Jeong en su equipo.

Lo que importaba, lo relevante, era que ya sabía cómo gestionar la entrevista y que Rebecca intercedería por ella ante Carrell.

Volvió a tomar aire.

Sí, eso era lo importante.