XIV
XIV
Connor llegó al muelle cuando la luz de la tarde ya había empezado a teñir el agua de ese matiz dorado tan característico del ocaso. Ese sitio al que, desde que vivían en Ithaca, acudían cada vez que el mundo se les tornaba un poco insoportable.
Charles lo estaba esperando en la punta más alejada, sobre la madera fría y corroída por la humedad.
«El muelle es nuestro lugar seguro», le había susurrado Charles la noche en la que habían vuelto de estar juntos en el embarcadero por primera vez; «de ahora en adelante, cada vez que estemos tristes, enfadados o perdidos, iremos al muelle».
Connor simplemente había asentido. Y con una última mirada cargada de mil palabras que ambos conocían pero quizá nunca se llegarían a decir, cada uno se fue a su habitación.
Desde esa noche, habían mantenido su promesa.
La mañana en la que Connor había sido incapaz de levantarse de la cama por las pesadillas que, incansables, lo habían sacudido toda la noche, habían acudido al muelle.
La tarde en la que Charles se había derrumbado en medio de la facultad tras escuchar cómo un grupo de ineptos había insinuado cosas innombrables sobre Blythe, habían acudido al muelle.
Cuando había pasado lo de Nathalie… habían acudido al muelle.
Por eso, ese día, 5 de marzo, Connor había sabido dónde encontraría a Charles.
Salvó los últimos pasos que lo separaban de su mejor amigo y, al llegar a su lado, se sentó junto a él. La madera vieja crujió bajo su peso.
Connor siguió la mirada de Charles. A lo lejos, un grupo de cormoranes descansaba sobre las aguas calmadas del lago. De vez en cuando, alguno se sumergía con la esperanza de emerger unos segundos después con su presa en el pico.
Charles cerró los ojos y dibujó una sonrisa tímida que a Connor le calentó el alma. No necesitaba preguntarle el porqué de sus acciones para saber que simplemente estaba disfrutando de la brisa fría, del sonido que emitían los árboles al mecerse, del olor del lago, el graznido de los cormoranes.
De pequeños, cuando todavía no eran lo suficiente maduros como para comprender el mundo, Connor había chinchado a su amigo diciéndole que esa obsesión por la naturaleza lo llevaría a convertirse en guardabosques y a vivir como un ermitaño en un parque natural.
Pero incluso a los seis años, Charles había optado por ignorar esos comentarios.
Ahora, a los veinticuatro, Connor entendía que quizás aquello no había sido ignorancia sino conformidad, la resignación de quien entiende, incluso a una edad temprana, que nunca va a poder dedicarse a lo que realmente le hace feliz, a su sueño.
En la naturaleza, Charles se encontraba en paz, seguro. Por eso, cuando se había sentido triste, enfadado o perdido, había acudido a ese muelle.
Por eso, hoy estaba allí.
Hacía nueve años que los padres de Charles se habían separado.
Nueve años desde que su padre les había contado a su madre y a él que se había enamorado de otra mujer.
«He renacido», les había confesado con una sonrisa de oreja a oreja, como si al decirlo no estuviera destruyendo los corazones de dos personas.
Una más grande pero vulnerable, y otro más pequeño, pero no por eso menos maduro.
Y así, John F. Aster había desaparecido de la vida de Charles, dejándole una casa vacía y una fortuna estéril.
Y así, su madre había entrado en una espiral de destrucción de la que no había conseguido salir.
Gianna había dejado de ser Gianna. Y Charles había dejado de ser un hijo para convertirse en el adulto de la casa.
Connor había estado allí. ¿Cómo no iba a estarlo si su amistad con Charles era lo más grande que tenía? Hacía tiempo que ambos habían entendido que cuando uno se caía, el otro lo levantaba.
Charles era el pilar que lo estabilizaba, la luz que lo guiaba, el salvavidas que lo mantenía a flote. Si no fuera por él, Connor ya se habría ahogado hacía mucho tiempo.
Y si un día Charles decidía que ya había tenido suficiente de él, sus excentricidades y sus juegos…
Connor sería incapaz de enfrentarse a una vida sin Charles.
—Me ha llamado hace un rato. —Charles procuraba no pronunciar el nombre de su madre o referirse a ella de ninguna forma—.
Al principio parecía que estaba bien, incluso me ha preguntado por las clases y por ti.
Siempre me pregunta por ti. —Le dedicó una sonrisa torcida—.
Pero después ha empezado a decir cosas sin sentido.
Algo sobre que había demasiadas estatuas y se había perdido en los vestíbulos de la casa.
Le he preguntado que qué casa y Joana ha agarrado el teléfono antes de que pudiera contestar.
Joana era la mujer que había cuidado a Charles incluso desde antes de que naciera. Ahora cuidaba a Gianna.
—Entonces, ¿no mejora?
Connor se sacó un porro del bolsillo y lo encendió. Ese día necesitaba algo un poco más fuerte que el tabaco. El humo se perdió en la inmensidad del lago Cayuga.
—No —repuso Charles. Le quitó el porro de las manos y le dio una larga calada.
Su amigo había dejado de fumar hierba el mismo día que él había decidido dejar el alcohol. Pero el muelle era el muelle.
—Quizá valdría la pena…
—¿Internarla otra vez en Hope Harbor? —Charles terminó la frase por su amigo.
Connor se encogió de hombros. Cuando se trataba de Gianna, no sabía cuál era la mejor solución.
—Quizá tengas razón y a la cuarta va la vencida. —Charles soltó una risa irónica y le dio otra calada al porro—. O quizá tengo que aceptar que ni el mejor centro de rehabilitación de Nueva York va a conseguir sacarla del hoyo que ella misma ha cavado —añadió con rabia.
— Tenemos . —Connor posó una mano en el hombro de Charles y le dio un pequeño apretón.
—¿Qué? —su amigo frunció el ceño.
—No tienes que aceptar nada. Tenemos . Estamos juntos en todo.
Charles cerró los ojos con fuerza y se pellizcó el puente de la nariz en un gesto que Connor conocía demasiado.
Estaba intentando controlar las lágrimas y no llorar, no llorar, no llorar.
Hacía lo mismo desde que era un niño. Solo que antes, ese mantra lo repetía en voz alta y no internamente, como seguro estaba haciendo en ese momento.
No llorar, no llorar, no llorar.
Connor no entendía por qué la gente ponía tanto empeño en ocultar sus emociones.
Se sacó la gabardina y se la colocó a Charles sobre los hombros. Después, con mucho cuidado, atrajo a su amigo hacia él, lo rodeó con el brazo y susurró que todo estaba bien, que estaban juntos, que podían con todo.
Y fue con esas palabras, con Connor a su lado abrazándolo, que Charles empezó a llorar.
Lloró por el padre que lo había abandonado hacía nueve años; lloró por la madre que no supo cómo salir adelante, por el niño que había dejado de ser niño demasiado pronto.
—Me vas a dejar el jersey hecho un desastre. —Connor rebuscó en el bolsillo trasero del pantalón y le tendió un pañuelo blanco de tela.
Charles se separó un poco y lo miró. Había una chispa de picardía en sus ojos empantanados.
—¿En serio? ¿Me vas a dar tu pañuelo? ¿El mismo con el que te suenas cada mañana después de ir al baño?
—Es esto o quitarte los mocos con el agua del lago, tú decides —dijo Connor, ofendido.
—Vale, vale, prefiero el pañuelo —repuso su amigo, entre risas.
Un silencio amable se posó entre ellos. Porque así eran sus silencios: tranquilos, sencillos, irremplazables. Triples. Infinitos.
Y Connor recordó lo que le había dicho Roman una de las primeras noches que habían pasado en Cornell: que era importante saber entablar conversaciones, pero lo más valioso era aprender a mantener silencios.
Que eso era lo que diferenciaba a un amigo de un simple conocido, a un amor verdadero de una aventura.
Cierto, habían fumado más de la cuenta y cada uno había estado en un mundo paralelo, pero Roman había acertado con cada palabra.
Silencio.
Eso era lo que marcaba la diferencia. Eso era lo que tenía con Charles.
Por mucho que Charles se negara a dar el paso de aceptar sus sentimientos.
Por mucho que Connor siguiera esperando y, en esa espera, hiciera lo posible por llamar su atención, por provocar una mínima reacción que le reafirmara que estaba pendiente de lo que hacía, que todavía sentía, que le importaba.
Por mucho que llevaran en este ir y venir desde que tenía uso de razón.
—Gracias —añadió el chico después de lo que pareció una eternidad y, a la vez, poco tiempo.
Los cormoranes habían volado hacia sus nidos y el sol se había puesto, bañándolos en una oscuridad apacible.
—No me las tienes que dar, ya lo sabes.
—Tú me las diste una y otra vez después del accidente y, a día de hoy, me las sigues dando. Yo haré lo mismo.
—Bueno… pues de nada. —Connor ignoró la punzada de angustia que le provocó la simple mención del accidente—. Ahora, ¿me vas a tener aquí mucho más rato o podemos ir a cenar?
El cuerpo de Charles se sacudió por la risa, pero se levantó de un salto y, todavía con su gabardina cubriéndole el cuerpo, le tendió la mano.
—Vamos. Si te me murieras aquí, nunca me lo perdonaría.
—¿Me echarías de menos? —Connor le dedicó una de sus sonrisas torcidas.
Charles se puso serio de repente.
—Más de lo que te imaginas —susurró.
Connor quiso confesarle que él también lo echaría de menos, más que a nada en el mundo, pero calló y esperó a que Charles dijera algo más. Lo que fuera.
Pero no lo hizo.
Así que Connor tomó su mano, todavía extendida, se puso en pie, y empezó a recorrer el muelle, de vuelta al embarcadero.
—¿Tacos? —propuso fingiendo un tono desenfadado.
Charles, que se había quedado rezagado, corrió hasta colocarse a su lado.
—¿Qué obsesión tienes con los tacos? Cada semana quieres comer lo mismo.
—Querido Charles, los tacos son la alegría de la vida, el manjar perfecto. Es más, nunca te fíes de una persona a la que no le gustan los tacos.
—A Roman tampoco le encantan…
—¿Y quién ha dicho que Roman sea una persona de fiar? —Connor le guiñó un ojo.
—Que no te escuche decir eso…
—Mientras no se lo digas, no habrá problemas. Bueno, ¿tacos?
Charles dejó escapar un suspiro de exasperación. Por supuesto, era fingido, porque al segundo dijo:
—Vamos a por tacos.
Sí, el muelle era su lugar seguro. Y siempre que estuvieran tristes, enfadados o perdidos, acudirían a él.