XIII #3
Iba vestido con ropa de deporte y, por su aspecto, parecía que acabara de pelearse con alguien. Aunque teniendo en cuenta que practicaba boxeo, eso era lo más probable. Todavía llevaba las manos vendadas y cargaba con una enorme bolsa negra.
—No me ha dado tiempo a pasar por casa a ducharme. —Esa fue su única explicación.
Vera se apartó para dejarlo pasar y el chico se dirigió a la cocina.
Connor había sacado su cigarrillo electrónico y, todavía sobre la encimera, le daba caladas mientras con la otra mano removía el contenido de la sartén que Vera había dejado en el fuego.
—¿Charles? —Roman sacó un par de botellas de vino de la bolsa de deporte y las depositó en la mesa.
Connor repitió, esta vez en un tono más crispado, que no tenía ni idea de dónde estaba su amigo y que lo dejaran en paz.
Roman no indagó más en el tema y le preguntó a Blythe si podía utilizar el baño para ducharse y cambiarse.
—El que quieras. —Su amiga desapareció un minuto y volvió con un par de toallas marrones sobre las manos.
Roman las agarró, se lo agradeció y fue directo al baño de Vera. ¿Por qué narices iba a su baño en lugar de al de invitados de la segunda planta?
El timbre sonó por tercera vez antes de que Vera pudiera decir o hacer nada.
Esta vez era Charles.
Les dio a Blythe y a Vera un rápido abrazo y a Connor lo saludó, distante. El chico ni siquiera respondió.
—¿Rome? —preguntó al no ver a su amigo.
—En la ducha —aportó Blythe—. ¿Qué tal el día?
—Bien. Estudiando.
Charles se dirigió al armario en el que Blythe guardaba la vajilla y empezó a sacar platos para poner la mesa.
Blythe buscó un sacacorchos y se lo tendió a Connor.
—Abre el vino.
—¿Qué? —la voz de Connor salió aguda—. Yo no bebo.
Blythe se encogió de hombros en un claro gesto de «me da igual» y, al ver que Connor no agarraba el sacacorchos, lo dejó encima de sus piernas.
—¿En la biblioteca? —Blythe volvió a la conversación con Charles.
—Ehh… sí.
Blythe miró a Vera muy seria y, sin que Charles ni Connor se dieran cuenta, negó con la cabeza.
En ese momento, Vera recordó las palabras que Blythe le había dicho esa tarde, nada más encontrarse con ella: «No estabas en ninguna de las salas de estudio… me he recorrido todo el primero y el segundo piso hasta dar contigo».
Si su amigo hubiera estado en la biblioteca, Blythe lo habría visto.
Charles estaba mintiendo.
—¿Se puede saber por qué tu champú huele a película de Barbie? —Roman apareció vestido de negro, con una camiseta de manga corta y unos pantalones de chándal, mientras se secaba el pelo con una de las toallas que Blythe le había dado.
Vera, que había acabado de servir la cena en un par de fuentes, le dedicó una sonrisa dulce.
—Porque sabía que una princesa iba a utilizar mi ducha.
Blythe soltó una carcajada que resonó por toda la casa.
—Eso duele —murmuró Connor.
Incluso Charles dejó escapar una risilla por lo bajo.
Ignorando la mirada helada de Roman, Vera depositó las fuentes de comida y el vino sobre la mesa. Connor se sirvió una Coca-Cola.
Hacía un rato, de camino a casa, Blythe le había confesado que no creía que esa cena fuera la mejor idea.
«Estamos todos un poco… tensos», había comentado su amiga.
Y en parte tenía razón. La semana anterior la carga de trabajo había sido tal que Vera se había visto obligada a pedir vacaciones en el trabajo.
Por suerte, su jefa, una estudiante de último año de Medicina que, al igual que Vera, tenía deudas y gastos que pagar, se las había concedido sin demasiados problemas.
Parecía que el claustro se había puesto de acuerdo para sepultarlos en trabajos y exámenes, como si quisieran llevar al extremo a los quince alumnos que, además de todo aquello, tenían que preparar el Caso Magno.
Si ellos cinco ya estaban agotados y, en palabras de Blythe, «tensos», no quería ni imaginarse cómo se sentirían los otros diez estudiantes que también competían en esa recta final por la beca.
Bueno, Connor no daba la imagen de persona preocupada, pensó Vera observando cómo su amigo se estaba sirviendo un plato enorme de lomo saltado mientras les contaba algo sobre el masaje que se había dado ese fin de semana.
—Tenía el cuerpo destrozado, y más después de que Thomas y yo…
Oh, no importa. —Desvió la mirada hacia Charles, claramente intentando captar su atención, pero este lo ignoró mientras se servía otra copa de vino.
Siguió con su relato—. Os lo aseguro, Tatiana hace magia.
Si en algún momento necesitáis que alguien os descontracture os la recomiendo.
No hay nadie mejor. —Hizo una pausa para servirse un poco más de arroz y añadió—. Vera, esto está buenísimo. ¿Qué era?
—Lomo saltado —contestó Roman al instante.
— Delizioso .
—¿Sabes lo que hubiera sido delizioso ? —Blythe habló con esa voz grave que no auguraba nada bueno—. Que en lugar de pasarte la tarde del sábado disfrutando del masaje de Francesca…
— Tatiana .
Blythe lo ignoró.
— … hubieras venido conmigo a la biblioteca porque, no sé si lo sabes, tenemos un Caso Magno que preparar.
Sí , pensó Vera, aquello podía ponerse muy feo muy rápido .
—Sabes que los sábados son mi día de relajación. —Mirando a Vera añadió—: Shabbat.
—No eres judío —espetó Blythe.
—Señoría, objeto —exclamó Connor dirigiéndose a Roman—. La abogada de la contraparte —señaló a Blythe con el tenedor— está formulando alegaciones falsas y que, además, no guardan relación con el objeto del pleito.
Roman tomó la copa y, como si estuviera pensando su veredicto, empezó a oxigenar el vino.
—Rechazado.
Connor ahogó un grito dramático.
—Señoría, permiso para reformular…
Pero Blythe cortó aquel juego:
—¡Puedes callarte de una vez! No voy a permitir que me dejes en ridículo el día del Caso Magno. Además, harías bien en espabilar y empezar a preparar tu entrevista en Greenberg para Vera, una cuestión de vida o muerte.
O al menos eso era lo que pensaba.