XIII #2
—Cuando vengo a la biblioteca suelo poner el móvil en silencio.
Blythe agarró los papeles que Vera tenía desperdigados sobre la mesa y los leyó por encima.
—¿«Gerstein contra Pugh»? —inquirió con el ceño fruncido, haciendo referencia a una de las sentencias que Vera había estado estudiando esa tarde.
Vera y Roman llevaban unos días leyendo a fondo toda la jurisprudencia relevante que habían encontrado sobre la Cuarta y la Decimocuarta Enmiendas. Era un trabajo tedioso pero necesario para construir una buena línea de defensa.
—Blythe, los papeles —le susurró extendiendo la mano.
Su amiga dejó escapar un suspiro y se los entregó.
Unos días después de que les asignaran los roles para el Caso Magno, al ver que tenían que defender posiciones contrarias del mismo supuesto y que, por lo tanto, iban a enfrentarse en el simulacro de juicio de febrero, Blythe y Vera habían pactado que ninguna interferiría en el trabajo de la otra ni intentaría sonsacar información relacionada con el caso.
Si Connor y Roman querían jugar sucio entre ellos —algo que en ocasiones hacían, aunque fuera en tono de broma—, era su problema.
Blythe y Vera iban a darlo todo por hacerlo lo mejor posible y ganar el caso, de eso no cabía ninguna duda.
Ambas eran competitivas y ansiaban la beca.
Pero lo que no iban a hacer era obstaculizarse el camino a propósito.
Y la verdad, Vera lo prefería. Había visto hasta dónde podía llegar Blythe para destacar frente a otros estudiantes o conseguir aquello que quería. Su amiga podía ser despiadada. Por eso, consideraba que era mejor no entrometerse en su camino a menos que fuera necesario.
Lo que le hizo pensar en…
—¿Qué tal con Jared? —Hacía tiempo que Vera no le preguntaba por el chico con el que Blythe había estado quedando.
Blythe compuso una mueca que podría describirse como de asco.
—¿Por qué me preguntas por… eso ?
Vera se encogió de hombros.
—Pensaba que tenías algo con él.
— Ew , Vera, no. —Su amiga alzó la mano y la movió de izquierda a derecha, como queriendo descartar la idea—. ¿Cómo voy a tener algo con una persona que ni siquiera puede permitirse un Uber y que solo compra en Wallmart?
—Te has acostado con él. Más de una vez.
—Oh, sí, pero es solo sexo. Los orgasmos me ayudan a liberar estrés.
—Blythe.
—Dime.
—Yo tampoco puedo permitirme un Uber. Y compro en Wallmart.
—¿Estás proponiendo que nos acostemos?
—¿Qué? ¡No!
—No es que desapruebe las relaciones homosexuales ni bisexuales ni nada por el estilo. Por Dios, si soy la primera que me muero de la frustración con Connor y Charles. Además, nunca digas «nunca». Pero, Vera, ¿tú y yo?
—¡Blythe!
—Dime.
—No estoy… No quiero decir que…
Su amiga esbozó una sonrisa diabólica que le hizo ver que, por supuesto, le estaba tomando el pelo. Vera abrió la boca, dispuesta a señalar que, de todas formas, el comportamiento que estaba teniendo con Jared le parecía insano, pero cambió de opinión en el último segundo y decidió pasar del tema.
—¿Cómo ha ido la clase de tenis? —Discutir con Blythe sobre aquello no la llevaría a ninguna parte.
—Bien. Mi entrenadora me ha propuesto apuntarme a un campeonato que se celebra en febrero en Cornell.
—¿Y vas a hacerlo?
Blythe llevaba jugando a tenis desde los siete años.
Sus padres la habían apuntado a clases un verano, mientras disfrutaban de unas merecidas vacaciones en su casa de los Hamptons.
Blythe no había tardado en demostrar que era la mejor jugadora de su grupo, posición que había consolidado con los numerosos torneos que, año tras año, había ido ganando.
De hecho, a Vera le constaba que hacia los dieciséis años le había surgido la oportunidad de dedicarse al deporte de forma profesional.
Pero no había podido ser. Por mucho talento que tuviera su amiga, sus padres se habían negado.
El único futuro viable para Blythe era convertirse en abogada y acabar ejerciendo la profesión en el mismo despacho en el que trabajaban ellos: Greenberg & Hughes.
Sí, el señor y la señora Jeong eran socios del despacho implicado en otorgar la beca a cuatro estudiantes del JD.
Kasey se lo había explicado la mañana siguiente de la llegada de Vera a Ithaca.
Ella había estado desayunando en la cocina de la casa de Madison Street y, para qué negarlo, se había puesto a investigar sobre los cuatro estudiantes que había visto el día anterior.
Sorprendentemente, no había sido nada difícil dar con ellos y aprender un poco de cada uno.
Estaban por todas partes: artículos que habían escrito, ponencias en las que habían participado, debates que habían organizado…
Había estado tan abstraída que no se había dado cuenta de cómo Kasey se le había acercado por detrás y, con una exclamación dramática, le había repetido que dejara de interesarse por ese grupo (literalmente, le había apagado la tableta en sus narices).
Según la chica, no eran trigo limpio y, si todos los estudiantes los evitaban, era por algo.
Le había explicado las conexiones y los contactos que tenían, motivo por el cual estaban tan bien posicionados en la universidad y, con un deje de rabia que no se había molestado nada en ocultar, había añadido:
«No tardarás en darte cuenta de cómo funcionan las cosas en Cornell, están los Hijos Dorados, y después, muy por debajo, estamos el resto».
«¿Hijos Dorados?», había preguntado Vera, extrañada al escuchar esas dos palabras.
«Así los llaman», se había resignado Kasey.
«¿Quién?».
«Pues no lo sé. Todo el mundo».
«Es un buen nombre», había murmurado Vera. En su imaginación, había paladeado ambas palabras como si fueran bombones de chocolate, esos que se deshacían al mínimo contacto con la boca. Hijos Dorados. Hijos. Dorados. Hi-jos-Do-ra-dos .
«Si tú lo dices…».
Como Kasey no había sonado muy convencida (más bien todo lo contrario), Vera había intentado tranquilizarla asegurándole que no era lo que parecía y que no tenía ninguna intención de juntarse con el grupo.
Pero sabía que, por mucho que lo intentara, esos cuatro nombres, «los Hijos Dorados», seguirían persiguiéndola.
Y así había sido, porque pese a todas las advertencias y los consejos, allí estaba.
—No lo sé —continuó Blythe—. Por un lado, me apetece, hace tiempo que no juego un torneo y he de admitir que echo de menos competir. Roman insiste en que me apunte y dice que él vendría a verme. Pero por otro… —se ajustó la cola—. Están siendo unos meses intensos. Y mis padres…
No terminó la frase. No hacía falta.
Sus padres desaprobarían que su hija dedicara tantas horas a un «simple hobby » en lugar de estar estudiando y esforzándose en sacar adelante el Caso Magno.
Por primera vez desde que la conocía, Vera se planteó la posibilidad de que el Derecho no fuera la verdadera pasión de Blythe y que solo estuviera persiguiendo esa carrera porque era lo que se esperaba de ella.
Si aquella era su realidad… sintió lástima por Blythe.
—Roman tiene razón, deberías apuntarte. Podemos ir todos a verte.
Los ojos de Blythe brillaron, como emocionada ante la idea, y empezó a explicarle el funcionamiento del torneo y quiénes serían sus contrincantes si finalmente decidiera apuntarse.
Vera recogió sus cosas mientras la escuchaba, y cuando estuvo lista, ambas chicas se levantaron y salieron de la biblioteca.
Ignoró las miradas de reproche que le dirigieron varios estudiantes al pasar junto a sus mesas.
Ya estaba acostumbrada y, honestamente, le daban igual.
Las había empezado a recibir el mismo día en que le había dado la espalda a Kasey.
De hecho, Kasey había sido la primera en clavar sus enormes ojos en ella y negar con la cabeza en un gesto de evidente rechazo.
Esa tarde, cuando había llegado a la casa de Madison Street, Kasey no había salido de su habitación a saludarla como de costumbre.
Vera tampoco había llamado a su puerta. Sabía que su relación había cambiado en el momento en el que había decidido unirse a ellos.
Ya fuera de la biblioteca, Vera sacó el teléfono. Connor les había enviado un par de mensajes por el grupo que tenían los cinco.
Les proponía cenar esa noche porque, según él, hacía demasiado tiempo que no celebraban sus miércoles de estudio y estaban perdiendo el espíritu colectivo que tanto los unía.
—Pero hoy es lunes —comentó Vera.
—No sabe ni en qué día vive. —Blythe puso los ojos en blanco, tecleó una respuesta y se la enseñó a Vera, quien asintió, mostrando su conformidad.
Blythe le dio a enviar y, un par de segundos después, Vera recibió el mensaje en su propio móvil.
Esta noche a las 7 en nuestra casa. Vera y yo nos encargamos de cocinar. Traed postre. Y vino.
Connor apareció a las siete menos cuarto. Traía una tarta de queso y unas galletas que había comprado en Sweets & Lattes, su pastelería preferida de Ithaca. Cuando se las entregó, les explicó que la tarta no era como las de Nueva York, pero que cumplía su función.
—¿Y Charles? —preguntó Blythe.
Connor se subió de un salto a la encimera de la cocina y se llevó un par de patatas que Vera acababa de freír a la boca.
—¡Quema, quema! —gritó mientras las escupía.
Agarró el vaso de agua del que Blythe había estado bebiendo y le dio un largo trago.
—Dios, Vera, ¿nos pretendes calcinar vivos o qué?
Vera le espetó que eso le pasaba por comer algo recién hervido y siguió removiendo la carne en la sartén.
Connor le dio otro sorbo al agua y le contestó a Blythe que no tenía ni idea de dónde estaba Charles.
—¿No lo has visto hoy? —Blythe se cruzó de brazos.
—No. Últimamente no pasa mucho tiempo en casa. —Sacó la lengua—. ¿ Cdeez que debedía ponedme hiedo?
—No digas estupideces. —Blythe lo calló con un golpe en el brazo.
El timbre volvió a sonar.
—Ya voy yo. —Se ofreció Vera.
Añadió la cebolla y las patatas a la sartén, bajó el fuego y se dirigió a la puerta principal.
Era Roman.