Hijos dorados XIII
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XIII

XIII

Vera cerró el manual de Derecho Penal Avanzado y se dejó caer sobre el respaldo de la silla. Después de las dos horas que llevaba leyendo sin pausa en la biblioteca, se sentía ligeramente mareada.

La preparación del Caso Magno la estaba estresando a un nivel que no se había imaginado. Y eso que, a diferencia de la mayoría de los estudiantes que luchaban por la beca —«los quince fantásticos», como los llamaban ahora en la facultad—, ella contaba con un compañero.

Tenía que admitirlo, trabajar junto a Roman estaba resultando ser una bendición.

Blythe se lo había dejado caer un día volviendo a casa, que Roman estaba muy implicado en sus estudios y que haría todo lo posible por sacar adelante el Caso Magno.

Al principio, ella no se lo había acabado de creer.

Pero la primera tarde en la que había acudido a casa de su compañero, esa incredulidad se había convertido en un tal vez .

Tal vez tenerlo en el mismo equipo fuera un punto a favor.

Tal vez trabajar con él no fuera tan difícil como se pensaba.

Tal vez él tampoco detestaba que lo hubieran emparejado con ella.

Tal vez esto, tal vez aquello.

Y, a medida que habían ido avanzando con el caso, Vera lo había confirmado: Roman era de las personas más trabajadoras, resolutivas y eficientes que había conocido nunca. En el duro camino por conseguir la beca, organizarse con él estaba siendo de lo más sencillo.

Eso no quitaba que en ocasiones siguiera sin entender su actitud y la mayor parte del tiempo no supiera lo que estaba pasando por su cabeza.

Se podría decir que Roman… la confundía .

A veces tenía gestos que le hacían pensar que la tenía en consideración, y otras sentía que solo le provocaba indiferencia.

Y esos pequeños gestos: exhalar el humo del tabaco en dirección contraria a donde ella estaba u ofrecerse a prestarle un manual de litigación en masa porque sabía que le interesaba la asignatura, la descolocaban y le generaban una sensación que prefería ignorar.

Aunque cada vez le estaba resultando más difícil hacerlo.

Vera apoyó los codos encima de la mesa y posó la cabeza sobre sus manos. Tanto estudio iba a acabar con ella.

Agarró la botella metálica de agua de su mochila y se levantó, pensando que moverse un poco la ayudaría a despejarse.

Bajó los dos pisos de escaleras hasta la planta baja y se dirigió a los baños que quedaban más lejos de la entrada.

A Vera le fascinaban las bibliotecas. La concentración que se respiraba en el ambiente; el conocimiento aglomerado en las estanterías, en las mesas, en las mentes de los estudiantes.

«Imagina que consiguiéramos extraer ese conocimiento y lo derramáramos sobre un campo. ¿Cuántos kilómetros crees que cubriría?», le había comentado a Tina en una de sus llamadas.

«Vera, no te entiendo», le había respondido Tina, que acababa de llegar a casa después de trabajar en el gimnasio y sonaba cansada. «¿Derramar conocimiento? Estás empezando a hablar como el personaje pretencioso de esa serie de abogados que tanto te gusta y, créeme, no quieres hablar como él».

«Retira eso ahora mismo o te cuelgo». No iba a tolerar que la compararan con el personaje que más odiaba de Better Call Saul.

«Lo retiraré cuando me dejes de hablar como una abogada pedante». Lo había dicho de forma mordaz, sin un ápice de cariño.

Vera había sentido el rechazo de su hermana incluso estando a más de cuatro mil kilómetros de distancia, y por eso, unos minutos después, había puesto fin a la llamada.

De hecho, desde que había llegado a Cornell hablaban cada vez menos.

Tina estaba convencida de que Vera se estaba convirtiendo en una niñata presuntuosa y ella se había empezado a cansar de intentar convencerla de lo contrario.

Aunque si tenía que ser cien por cien sincera consigo misma, le gustaría gritarle a su hermana que tenía todo el derecho del mundo a, si le daba la gana, sentirse una niñata presuntuosa.

Porque a fin de cuentas había conseguido entrar en la maldita escuela de Derecho de Cornell y era una de las quince mejores estudiantes de su promoción.

Vera rellenó su botella de agua y volvió a subir las escaleras de la biblioteca hasta el tercer piso.

Pasó de largo varias mesas repletas de estudiantes hasta que llegó a la suya, vacía.

Esa tarde había preferido estudiar en uno de esos enormes escritorios de madera colocados entre estanterías repletas de libros que había en una de las salas que ella y sus amigos solían reservar.

Se sentó en su silla, la más alejada del pasillo, y se permitió cerrar los ojos, simplemente disfrutar de los rayos de sol que entraban por los cristales del ventanal y le calentaban la piel del rostro y las manos.

El silencio le permitió oír los susurros de un par de alumnas que, de seguro, estaban buscando un sitio libre para sentarse.

Vera estaba convencida de que debían de estar debatiéndose entre colocarse junto a ella o hacerse hueco en alguna de las otras mesas pese a estar abarrotadas.

Así como también tenía claro cuál sería el resultado.

En efecto, unos segundos después, los susurros se perdieron y Vera se volvió a quedar sola.

La soledad no le importaba. Estaba acostumbrada a ella. En Lima había tenido más bien pocos amigos y, una vez en Estados Unidos, había priorizado sus estudios frente a forjar amistades de esas que duran para siempre o vivir la vida universitaria de la que tanto hablaba la gente.

Es más, ya en Cornell, su idea había sido focalizarse solo en la beca.

Antes incluso de poner un pie en Ithaca, había asimilado que le esperaban tres años más bien solitarios.

No quería distracciones. Nada que la pudiera apartar de su camino: acabar primer año de JD con una de las quince mejores medias de la promoción para, de esta forma, conseguir una plaza en el Caso Magno y, en última instancia, hacerse con una de las cuatro becas para trabajar en Greenberg una dinámica que, pese a las ocasiones en las que se había visto obligada a pasar tiempo con Kasey y algunos de sus amigos, había conseguido mantener.

Claro que todo había cambiado el día en el que había decidido aceptar la invitación de Connor para ir a su casa y pasar la tarde con ellos.

Vera inclinó un poco más el rostro, siguiendo la luz.

Pensó en la Vera de principios de año, en la Vera de ahora, en la relación con sus amigos, en lo que había sido y en lo que se había convertido.

Pensó en los secretos que nunca podría decirles y los que sabía que ellos tampoco le confesarían, por mucho que ansiara conocerlos.

Pensó en esa chica, Nathalie Porter, y en cómo pese a no haberla conocido y no haber hablado de ella con ninguno de los cuatro, parecía que estuviera presente en cada conversación e instante.

«No te pareces en nada a ella», le había susurrado Connor, una tarde en la que se habían encontrado a las afueras de la facultad y Vera le había confesado que estaba preocupada por Blythe porque hacía un par de días que la veía alicaída.

«¿Perdona?», había preguntado, porque su amigo lo había soltado así, sin más.

«No es nada».

Pero Vera había sabido que aquello sí tenía importancia y, por eso, había insistido e insistido, hasta que Connor había revelado que Vera era un poco, solo de primeras, la viva imagen de una chica que habían conocido.

«¿Una chica? ¿A qué te refieres, Connor? ¿Y ahora por qué dices que no me parezco a ella?», había conseguido articular de forma calmada, pese a que le hubiera encantado gritar y romper algo.

Connor se había puesto en modo Connor, agitando las manos de un lado para otro y diciendo de manera atropellada que se tenía que ir porque se había comprometido con Charles a pasar por el supermercado para comprar los ingredientes para la cena (Connor no había pisado un supermercado en su vida) y «lo siento, Verus, después hablamos».

Vera se había quedado sola en medio del campus, la rabia y el miedo azotándola y provocándole ganas de vomitar.

Porque no había ninguna duda, Connor se había estado refiriendo a Nathalie Porter, la chica que decían que había desaparecido de la noche a la mañana de Cornell y que había formado parte de ese grupo antes que ella.

Lo que no había sabido, y acababa de descubrir, era que esa chica se parecía a Vera.

Era su viva imagen.

Y era ese hecho, más que ningún otro, el que la había dejado confusa y asustada.

Desde entonces, raro era el día en que no le daba vueltas a aquello. El pensamiento, el pánico, la asaltaban en los momentos más inoportunos e innecesarios, recordándole que antes que ella había habido otra chica, esa chica , Nathalie Porter.

¿Qué había pasado? ¿Por qué no se lo explicaban? ¿Por qué evitaban el tema y hacían ver como si no hubiera existido nunca? ¿La echaban de menos? ¿La odiaban? ¿Y si cuando la miraban pensaban en ella? ¿Y si cuando él la miraba pensaba en ella? ¿Y si habían tenido algo? ¿Y si…?

Pum.

Vera abrió los ojos de golpe y se llevó una mano a la boca para ahogar el grito que había estado a punto de soltar.

—No pretendía asustarte. —Blythe la miraba desde el otro lado de la mesa con una expresión divertida.

Vestía uno de los cientos de conjuntos que tenía para jugar al tenis (falda pantalón corta pese al frío incluida), y llevaba el pelo recogido en una coleta alta que se había sujetado con una goma de pelo rosa chillón, a conjunto con sus muñequeras.

El golpe seco lo había causado la enorme bolsa de deporte que había dejado caer sobre la mesa.

—Me ha costado la vida encontrarte —empezó a contarle en voz baja mientras se sentaba en la silla de enfrente—.

Connor me ha dicho que habías venido aquí, pero no estabas en ninguna de las salas de estudio.

Me he recorrido todo el primero y el segundo piso hasta dar contigo. También te he llamado un par de veces.