Hijos dorados XII
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Roman salió del polideportivo con el pelo húmedo y un humor de perros.

Y eso que había empezado la sesión de boxeo con ganas.

Al ser sábado, disponía de más tiempo para estar en el ring y descargar la tensión acumulada durante la semana.

Golpe tras golpe, había soltado todas las emociones que debía guardarse y las conversaciones que no podía compartir con sus amigos (y en realidad con nadie).

Hasta que el entrenador Brooks había decidido emparejarlo con Mark Tahoe, un estudiante de su misma promoción, y había perdido el foco, que era otra forma de decir que su entrenamiento se había ido a la mierda.

Conocía a Tahoe: compartía con él algunas clases y, desde hacía un par de meses, también el ring .

La verdad es que hasta hacía unas semanas su existencia le había parecido insignificante e irrelevante. Pero desde que Vera les había contado lo mucho que los detestaba a él y a sus dos amigos, Gavin Fuller y Frank Root, su animadversión hacia el trío no había hecho más que crecer.

«Es la forma en la que me miran», les había explicado Vera después de habérselos cruzado una mañana de camino a la facultad. «Como si no fuera más que un trozo de carne, un objeto del que se quieren apropiar. Además…».

Pero Vera había negado con la cabeza, como queriendo quitarle importancia a lo que estaba a punto de decir.

«¿Además qué ?», había insistido Blythe.

Vera había desviado la mirada y la había posado en un grupo de estudiantes que, a lo lejos, conversaban de forma desenfadada.

«No me gusta cómo hablan de vosotros», había confesado.

«Todo el mundo habla mal de nosotros», la había tranquilizado Charles.

«Ya. Pero no me gusta».

Las palabras de la chica habían hecho mella en Roman.

Y por eso, cuando Tahoe había entrado en el cuadrilátero con aires de superioridad y una soberbia repulsiva, Roman solo había tenido un objetivo: machacarlo .

Sí, podría decirse que había perdido el foco.

Tahoe había acabado en el suelo, las manos agarrándose la nariz para intentar contener la hemorragia, la ira relampagueando en sus diminutos ojos.

—Fuera de aquí —le había ordenado el entrenador. Y al ver que Roman no se había movido ni un centímetro sino que seguía con los guantes enfundados, esperando el momento para volver a atacar, había gritado—: ¡Cagliari! ¡A la ducha!

Roman había bajado del ring a regañadientes mientras Tahoe, todavía desplomado sobre la lona, había mascullado que aquella pensaba devolvérsela, que cuando menos se lo esperara le partiría la cara.

«Me gustaría verte intentarlo», le había querido responder Roman, pero para cuando la voz del chico le había llegado, ya se había encontrado a medio camino de los vestuarios.

Una larga ducha de agua fría después, durante la cual había intentado calmarse y repetirse que no era necesario volver al pabellón para acabar de romperle la nariz a Tahoe, había salido del polideportivo.

Roman fue directo al parking del recinto.

Y allí, esperándolo apoyado en su coche, vio a Charles.

Vestía una chaqueta jaspeada, un gorro de lana gris y una bufanda a juego. Con las manos enfundadas en guantes de piel, sujetaba un libro.

Esa imagen, la de su amigo leyendo tan plácidamente una mañana de sábado, esperándolo, abrigado como si estuvieran en Alaska, le transmitió la paz que no sabía que necesitaba y le arrancó una sonrisa.

Y así, Mark Tahoe, Gavin Fuller, Frank Root y todos los demás idiotas de Cornell quedaron en un segundo plano.

—¿Qué lees? —le preguntó cuando estuvo lo suficientemente cerca como para hacerse oír.

—Oh. —Charles dio un pequeño brinco. Típico de Charles , pensó Roman, meterse tanto en lo que está leyendo, estudiando o viviendo, que ni se da cuenta de lo que tiene a su alrededor —.

Es fantasía. —Alzó el libro para enseñarle la portada.

En ella, en blanco y negro, aparecía la figura de una chica de pelo corto.

Se encontraba sobre una especie de roca, en posición de ataque, y sujetaba un arco—.

Va sobre una joven que se alista en la academia militar de su país para escapar de un matrimonio forzado.

La historia está basada en la segunda guerra sino-japonesa.

Es cruel. Y brillante. —Hizo una pausa y luego concluyó—: Brillantemente cruel.

—¿Me lo recomiendas? —Roman sacó las llaves del coche de su bolsa de deporte y lo desbloqueó.

—Te obligo a leerlo —expresó Charles cuando estuvieron los dos dentro.

Roman encendió la calefacción y, solo entonces, su amigo empezó a desprenderse de la bufanda, los guantes y el gorro.

—Después mándame una foto, así me acuerdo. —Roman salió del parking y condujo rumbo a la cafetería más cercana. Necesitaba café e ingerir algo de comida.

Charles continuó hablándole del libro: sus impresiones y opiniones hasta el momento, cómo había descubierto a la autora y los motivos por los cuales le recomendaba ( obligaba ) leerlo.

Su amistad era así: sencilla, tranquila, apacible.

Había días, como aquel, en los que Charles aparecía de la nada, sin aviso previo, y simplemente se unía a lo que fuera que estuviera haciendo Roman.

Y otros en los que le enviaba un mensaje diciéndole que estaba a punto de llegar a su casa para, minutos después, llamar al timbre y presentarse con unas hamburguesas o pizzas.

Roman sospechaba que, a su lado, Charles se sentía con la confianza para comportarse como le viniera en gana. Si estaba triste, triste. Si era feliz, feliz. Si le apetecía estarse callado mientras comían y miraban una película en la televisión, pues no decía ni una palabra.

Lo sospechaba porque él se sentía igual.

Era indudable que cada uno tenía demonios con los que lidiar.

Charles venía de una familia desestructurada, con una madre que ya no era una madre y un padre que había decidido desechar su vida para empezar una nueva junto a una mujer más joven, abandonando al único hijo que tenía, el mismo que siempre lo había dado todo por él (incluso sus sueños).

En cuanto a Roman… no hacía falta entrar en la jodida pesadilla que eran los Cagliari.

Sí, a veces necesitaban la compañía del otro.

Así de sencilla, tranquila y apacible. Sin Blythe queriendo tomar las riendas de situaciones que no tenían solución.

Sin Connor siendo Connor y soltando cualquier tontería sin ningún reparo, o simplemente para llamar la atención y provocar una reacción en Charles.

Y por este motivo, porque a veces tan solo se necesitaban el uno al otro, cuando esa mañana Roman se apeó del coche y entró en la cafetería, Charles lo siguió.

Se sentaron en una de las mesas y abrieron los menús, aunque Roman ya sabía lo que iba a pedir.

—¿Quieres algo? —preguntó.

—Un té negro.

—¿Nada más?

—¿Tú vas a comer algo?

—Unos huevos revueltos.

—No entiendo cómo puedes comer huevo.

—Y yo no entiendo cómo tú no lo comes.

—Me da asco.

—¿Entonces?

—¿Avena?

Roman llamó a uno de los camareros y le preguntó si tenían lo que Charles pedía. Sí, tenían avena con manzana y frutos secos o con plátano y crema de cacahuetes.

—¿Puede ser con manzana y crema de cacahuetes?

Al camarero no le hizo mucha gracia la petición de Charles, pero asintió y se alejó de la mesa.

Desayunaron mientras Roman le explicaba a su amigo que casi le había roto la nariz a Tahoe pero que se lo merecía.

—¿Qué te ha dicho Brooks?

—Nada. Solo me ha mandado a la ducha. Creo que también odia a Tahoe y en el fondo se ha alegrado de que le jodiera la nariz.

—Últimamente vas cada fin de semana a boxear. —Charles se sacó las gafas y las depositó sobre la mesa.

—Ya.

—¿Y?

—El otro día vi a Carter.

Desde aquel encuentro en el Liberty, hacía unas semanas, no podía desprenderse de una sensación de peligro, casi nociva. Como si un pensamiento lo persiguiera a todas partes, sin descanso:

Permanece en alerta permanece en alerta permanece en alerta…

Quizá, si hablaba con Charles, parte de ese sentimiento lo abandonaría. Al fin y al cabo, de sus amigos, era el que más conocía sobre su familia. De vez en cuando, Roman le dejaba caer lo mucho que detestaba a Stefano y a Carter, o le contaba de forma ambigua cómo se sentía.

Además, lo que Carter le había propuesto no tenía nada que ver con los Cagliari. Al contarlo no estaría rompiendo el pacto de sangre y silencio que Stefano no se cansaba de recordarle.

Así que se lo contó: que Carter planeaba empezar a vender droga en el campus porque, según él, había muchos alumnos desquiciados por un «buen chute», y que le había pedido a Roman que fuera su camello.

Por supuesto, él se había negado. Lo último que necesitaba era que su hermano lo metiera en sus «proyectos paralelos», como los llamaba.

—Carter está loco —terminó Roman—. No me gusta la idea de tenerlo rondando por Cornell. Me da miedo lo que pueda llegar a hacer.

Al principio, Charles no respondió. Normal , se dijo Roman, en su situación yo tampoco sabría cómo reaccionar.

Pero entonces preguntó:

—¿A qué tipo de persona busca?

Roman lo miró, confundido.

—No tengo ni idea, Charles. Supongo que alguien lo suficientemente desesperado como para querer vender droga en una universidad, con todos los riesgos que ello conlleva.

Una pausa. Y después:

—Olvídalo. Solo espero que, sea quien fuere, a mí me deje en paz. No quiero cruzármelo. No quiero saber nada de él. No en Cornell.

«No en el único lugar en el que puedo ser mínimamente feliz», quiso decir, pero se tragó sus palabras.

Buscando apartar su atención de los Cagliari, desbloqueó su móvil y comprobó si tenía alguna notificación. Contestó un par de mensajes que le habían llegado (uno de Blythe preguntándole si tenía planes para comer) y, tras dejarlo sobre la mesa, se excusó con su amigo y se levantó en busca del baño.

Cuando volvió, Charles ya estaba listo para irse.

Pagaron, salieron de la cafetería y volvieron a entrar en el coche.

Roman condujo por las calles de Ithaca y aparcó frente a su casa. Una vez dentro, se dejó caer sobre el sofá, derrotado. Charles lo imitó.

A veces solía hacer eso: aparecer de la nada sin previo aviso, acompañarlo a donde fuera sin explicaciones ni justificaciones. Su amistad era así: sencilla, tranquila, apacible. Como los primeros copos de nieve en invierno o el crepitar del fuego en una chimenea.

Roman nunca ponía objeciones. Si Charles estaba a su lado, él se sentía con la confianza para actuar con sinceridad. Para ser real. Si quería pasar las horas dibujando a su lado, lo hacía. Si quería confesarle que, incluso en los días más soleados, temía a su hermano, lo confesaba.

Y Charles tampoco objetaba, juzgaba, ni cuestionaba.

Porque Roman sabía que, en el fondo, su amigo se sentía igual.