Hijos dorados XI
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XI

XI

Blythe agarró las llaves del coche y salió por la puerta de casa.

Hacía cinco minutos que había colgado con Vera.

Cinco minutos que había tardado en vestirse con las primeras mallas de deporte y la sudadera que había encontrado.

Cinco minutos en los que se había esforzado en focalizarse solo en un pensamiento: llegar a la dirección que su amiga le había mandado.

Pero antes tenía que pasar por casa de Connor y Charles.

Cerró la puerta del coche y marcó el número de Connor.

Su amigo contestó al primer tono.

—Al habla. —Su voz, amplificada por el altavoz, sonaba distante, difusa.

¿Qué se había fumado ahora?

Arrancó el motor.

—Con. —Blythe trató de transmitirle a su amigo la mayor urgencia posible—. Estoy en el coche viniendo a tu casa. Ha pasado algo.

Connor no respondió.

—Con —repitió—. Es importante.

Un murmullo empezó a sonar al otro lado de la línea. Blythe se acercó el móvil a la oreja para escuchar bien.

Connor estaba cantando.

Tenía que estar tomándole el pelo.

Se lo imaginó tal y como se lo había encontrado hacía una semana, cuando había pasado por su casa para asegurarse de que estaba bien, de que todavía seguía allí: tirado sobre la alfombra del salón (esa que tanto se había empeñado en comprar), con la mirada perdida clavada en el techo y fumando Dios sabía qué mientras entonaba canción incoherente tras canción incoherente.

¿En qué momento habían acabado así?

¿En qué momento habían dejado de ser ellos?

Lo peor era que, muy en el fondo, Blythe lo sabía. Conocía todos y cada uno de los motivos por los que sus vidas se habían ido a la mierda.

Y la verdad, ya había tenido suficiente. Suficiente de conformarse con que Vera se alejara de ella o con que Connor se pasara la mayor parte del día colocado.

Suficiente.

Por eso, y porque se negaba a aceptar una realidad que fuera distinta a la que llevaba imaginándose durante años, esa por la que tanto había luchado, volvió a acercarse el móvil y dijo:

—En menos de diez minutos voy a aparcar delante de tu casa. Como no estés allí, preparado para subirte al coche, vas a arrepentirte el resto de tu vida.

Colgó sin esperar a que su amigo dijera nada y siguió conduciendo a toda velocidad por las calles de Ithaca.

Sí, había tenido suficiente.