Hijos dorados X
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Vera recogió sus cosas y salió del aula tras Charles y Roman. Habían terminado su última clase de la mañana, Capital Privado, y habían quedado en encontrarse con Blythe y Connor en el jardín de la Facultad de Ingeniería.

Se notaba que el otoño había caído sobre Ithaca, pensó Vera mientras caminaban por el campus. El suelo parecía una alfombra de tonalidades marrones y anaranjadas y el aire rozaba el punto de asemejarse más a una navaja afilada que a una brisa suave.

Se arrebujó en la chaqueta marrón estilo americana que Blythe le había regalado a principios del mes pasado, cuando había decidido que era hora de renovar su armario porque, según ella, un nuevo curso siempre implicaba nueva ropa.

Había vuelto de entrenar en el gimnasio un caluroso sábado de agosto y se había encontrado a su amiga en el centro del vestidor, rodeada de faldas, mocasines, camisas, americanas…

Al verla, Blythe había levantado un dedo como queriendo decir «dame un momento», y había rebuscado entre la cantidad de prendas que estaban desperdigadas por el suelo hasta encontrar la chaqueta.

«Pruébatela», le había ofrecido Blythe.

«Estamos a casi veintisiete grados y estoy sudada».

A lo que Blythe había contestado que tenían el aire acondicionado encendido y, con una sonrisa triunfante, había añadido que no tenía excusas para evitar lo que le pedía.

Al ver que la chaqueta le «quedaba como un guante» —palabras de Blythe— había insistido en que se la quedara.

Vera no había podido hacer otra cosa más que aceptar el regalo.

Por mucho que odiara sentirse como un proyecto de caridad, sabía que a Blythe le hacía feliz poder ayudarla.

Y eso, a veces, pesaba más que el rechazo y la frustración que le provocaba darse cuenta del abismo que existía entre sus amigos y ella.

Por ahora, se prometió mientras llegaban al jardín de la facultad que, como de costumbre, estaba poco concurrido.

Dejaron sus cosas en el mismo banco en el que Connor le había hablado por primera vez. Vera lo recordaba como si fuera ayer. Se había dirigido a ese jardín con la intención de alejarse de la cantidad de estudiantes de JD que habían abarrotado el patio interior de la Facultad de Derecho.

Para ser totalmente sincera, en cuanto Vera había visto a Blythe, Roman, Charles y Connor en el jardín, a lo lejos, había caminado de forma deliberada hacia ese banco, como atraída por un imán.

Una vez sentada, había sacado su pequeño diario y, sin saber muy bien por qué, había empezado a escribir sobre ellos:

Supongo que es la forma en la que se relacionan, o mejor dicho «no se relacionan», con el resto.

La forma en la que toda la facultad, sin quererlo, gravita a su alrededor.

Porque, aunque se escuden en que los desprecian, la realidad es que siguen estando pendientes de cada uno de sus movimientos.

Blythe es el centro. Solo de ver sus interacciones en las clases uno se da cuenta de que los tres buscan su aprobación para todo.

Charles los mantiene unidos; sin él, el grupo se desmoronaría. Connor es la luz. Roman, la fuerza.

Nota: Buscar más información sobre los Jeong y los Cagliari, así…

Cuando Connor la había saludado, lo había cerrado de golpe.

No quería pensar en cómo sería todo si el chico se hubiera fijado en las palabras que, todavía frescas, habían vibrado en el diario.

Pero no las había visto. Y allí estaban.

Más que sentarse, Charles se dejó caer en el banco. Apoyó los codos sobre sus rodillas y se frotó la sien. ¿Se habría quedado otra vez estudiando hasta tarde?

Roman y ella optaron por quedarse de pie.

—La profesora Wittman los debe de estar reteniendo con una de sus últimas batallitas en los juzgados —dijo Roman.

Anette Wittman era una de las juezas más importantes del estado de Nueva York.

Era brillante y tenía un ego más grande que la propia Cornell, motivo por el cual le encantaba marcarse monólogos sobre su asombrosa carrera profesional.

Blythe solía quejarse alegando que solo buscaba pavonearse y remarcar lo muy relevante que era.

En cambio, Vera hubiera dado lo que fuera por presenciar una de sus clases.

—Me dan un poco de envidia —confesó Vera—, me hubiera encantado estudiar Litigación Colectiva.

—¿Y por qué no lo hiciste? —Roman se encendió un cigarro y exhaló el humo en dirección contraria a donde estaba Vera.

Era algo que había empezado a hacer desde que Vera le había comentado que, pese a que se hubiera acostumbrado al humo del tabaco, no le gustaba.

Y, la verdad, no sabía cómo interpretarlo.

Si viniera de otro de sus amigos no habría dudado ni dos segundos en concluir que aquel era un gesto empático.

Pero con Roman nunca se sabía. Y eso, el no saber cuáles eran sus intenciones, la irritaba.

—No todos podemos permitirnos escoger las asignaturas que nos dé la gana. —Las palabras sonaron más secas de lo pretendido.

Aunque era la verdad. A la hora de elaborar su plan de estudios, había tenido que ser estratégica y pensar con vistas a futuro.

¿En qué rama del Derecho se movía más dinero?

En mercantil. ¿Qué departamento era el más completo en Greenberg & Hughes, el despacho que junto con Cornell iba a dar las cuatro becas?

El de M&A, que trataba operaciones mercantiles como fusiones y adquisiciones.

Conclusión y resultado: la gran mayoría de asignaturas en las que Vera se había matriculado eran de Derecho de empresas.

Roman se encogió de hombros y continuó fumando en silencio hasta que, de forma abrupta, Charles soltó:

—¿Me das uno? —Extendió la mano hacia su amigo.

Este último compuso una expresión confusa, pero, aun así, sacó el paquete de tabaco de su bolsillo. Se lo mostró a Charles como queriendo decir «¿te refieres a esto?».

Él asintió, contundente.

—¿Desde cuándo fumas? —inquirió Vera intentando que sus palabras no sonaran como una acusación.

No quería que Charles se pensara que desaprobaba su comportamiento, porque, honestamente, hacerlo sería injusto.

Roman y Connor solían fumarse una media de un paquete al día.

A veces incluso más. Pero, por lo que sabía, Charles no fumaba.

De hecho, Connor solía bromear con que llevaba una vida demasiado saludable como para ser buena.

Por eso, el gesto le pareció raro. Y más cuando Charles añadió en un tono distante y muy poco común en él:

—Desde ahora.

Roman le tendió el tabaco a su amigo y, cuando este se lo pidió, le encendió el cigarro. Charles le agradeció y se puso a fumar como si llevara años haciéndolo.

—En casa tengo un libro sobre litigación en masa. —Roman retomó la conversación—. La próxima vez que pases te lo doy.

—Oh. —Las palabras la tomaron por sorpresa.

La comisura izquierda de Roman se inclinó hacia arriba.

—¿Eso es un «sí, gracias» o un «métete el libro por el culo»?

Vera se cruzó de brazos y se forzó a no corresponderle la media sonrisa.

—Las dos.

Roman soltó una risa apenas audible. Pareció que iba a decir algo más, pero la voz de Charles lo detuvo.

—Mierda, mierda.

El chico tiró el cigarrillo al suelo y, tras levantarse del banco, lo pisó de forma frenética.

—Charles, qué… —Vera siguió la mirada nerviosa de su amigo y los vio.

Connor y Blythe se acercaban por uno de los caminos de piedra que cruzaban el jardín. Por alguna razón, Charles no quería que lo vieran fumando.

Por el semblante de Roman, él también había llegado a la misma conclusión.

— Scusate, amici —exclamó Connor gesticulando de forma exagerada cuando ya solo los separaban unos pocos pasos—. Si me pagaran un dólar por cada palabra que sale de la boca de la profesora Wittman una vez acabada la clase, sería millonario.

—Ya eres millonario —le recordó Roman sin un ápice de emoción.

Connor lo ignoró.

—Me muero de hambre y un pajarito me ha chivado que hoy es martes de tacos en el mexicano de Ithaca.

—Te lo ha dicho la profesora Wittman al final de clase. Y si nos hemos retrasado no es por ella, es porque te has quedado hablando con Thomas. —Blythe se cruzó de brazos.

—Irrelevante. —Connor movió las manos de izquierda a derecha, como queriendo quitarle importancia a las palabras de Blythe—. La cosa es, ¿quién quiere ir a por tacos? Vera, ni se te ocurra abrir la boca. Te puedes comer tu túper de fideos por la noche.

—¿Thomas? —El nombre, en boca de Charles, sonó seco.

—Sí.

—¿Qué quería?

— Niente .

—Pensaba que ya no ibas a quedar más con él.

Connor se irguió y con una sonrisa propia de quien conoce un secreto que el otro no, soltó:

—¿Qué más te da?

Charles metió las manos en los bolsillos de sus pantalones y negó una, dos veces.

—Nada.

Pero en sus ojos oscuros, pensó Vera, se estaba formando una peligrosa tormenta.

—¿Nada?

—Nada.

Connor abrió la boca, dispuesto a decir algo más, pero Blythe (consciente de que aquella conversación podía acabar todavía peor) lo cortó devolviendo la atención al apetito que, de repente, tenía.

—Vamos a por tacos. —Agarró a Connor del brazo y empezó a tirar de él para alejarlo del grupo (o más bien de Charles).

—¿Charles? —Roman posó una mano amable sobre el hombro de su amigo que, de repente, se había quedado absorto, con la mirada clavada en algún punto lejano, más allá del jardín.

Como si hubiera visto a un espectro.

—Id vosotros, tengo que hacer un par de cosas. —Se cruzó el maletín que había dejado en el banco y se ajustó la bufanda.

Una brisa fría los rodeó y trajo las palabras iracundas de Blythe que, ya a unos metros de distancia, le estaba gritando a Connor que se estaba comportando como un idiota y que más le valía parar con ese comportamiento destructivo porque no le iba a llevar a ninguna parte.

—¿El qué? —A Roman tampoco le había pasado por alto el extraño comportamiento de su amigo.

—Eh… Una cosa del programa de tutoría de alumnos de primero de JD en el que estoy metido.

Vera y Roman intercambiaron una mirada de desconcierto.

— ¿Programa de tutoría? No me habías dicho que formaras parte de uno.

—Te lo estoy diciendo ahora.

Y antes de que Roman o Vera pudieran decir nada más se despidió y se alejó a paso rápido.

—¿Qué acaba de pasar? —murmuró Vera.

—No tengo ni idea.