IX
IX
Descenso
Sabía que el mundo albergaba oscuridad. Lo que no sabía era que esa oscuridad lo acabaría encontrando, se plantaría en su casa y que él le daría la bienvenida.
Crees que eres invencible hasta que ya no lo eres.
Recordaba el momento en el que su amigo, sentado en el mismo banco en el que ahora se encontraba, le había susurrado aquellas palabras.
Como si no quisiera que nadie las escuchara.
Como si el hecho de pronunciarlas fuera una manifestación, un faro en la noche, un «ya lo hemos dicho, siéntete libre de venir a por nosotros».
Ojalá hubiera escuchado las palabras de su amigo. Ojalá hubiera puesto más atención en los pequeños detalles que, como pistas, le advertían de que una nube se estaba cerniendo sobre su aparentemente perfecta vida.
Hijo Dorado, bendecido por la fortuna, adorado por la energía de este mundo.
Lo peor es que, creciendo, se lo había llegado a creer.
Incluso cuando se sintió abandonado se lo siguió creyendo.
Y es que es así: crees que eres invencible .
Que puedes con todo y más. Que no hay nada que pueda derrumbarte.
Que si a veces caen lágrimas de tus ojos es porque todos debemos llorar en algún momento; que no son lágrimas profundas, arraigadas en la ansiedad y el sufrimiento de saber que ya no hay vuelta atrás.
Hasta que ya no lo eres.
Y todo lo que conoces se va a la mierda.
Sentado en el mismo banco en el que su amigo le había confesado que hacía mucho tiempo que ya no era invencible, se llevó las manos a la sien.
Cerró los ojos y contó hasta treinta. Cuando llegó a veintinueve y se dio cuenta de que no había conseguido calmar su respiración, volvió a empezar.
¿Qué le estaba pasando? Y luego contó de nuevo: quince, dieciséis, diecisiete.
No, para , se recriminó, no estás centrado en contar y esto solo va a funcionar si te centras en contar .
Pero hacía semanas que ya no podía centrarse en nada. La maldita nube no hacía más que crecer, la tormenta perfecta.
La oscuridad lo había encontrado.
Y él le había abierto la puerta de par en par.
En vez de intentar luchar, se había resignado. ¿Quieres pasar? Pues pasa y haz lo que quieras . Estaba tan cansado.
Y una vez más: veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro… La respiración se le entrecortó y las manos le empezaron a sudar. Era octubre.
Lo intentó una y otra vez hasta que, rendido, abrió los ojos y clavó la mirada en el río, en la hierba, en el perro que corría sin preocupaciones ni bajo el peso de las malas decisiones. Fijó la mirada en tantas cosas… menos en él mismo.
Hijo Dorado, mecido por la suerte, querido por el propio destino.
Todavía con la vista centrada en los árboles, en la madera del banco, en la brisa de otoño que ni podía ver, dejó escapar una risa irónica. Lo había creído, de verdad que lo había hecho, con todas sus fuerzas.
Hasta que ya no lo eres .
Y así, empezó el descenso.