VIII
VIII
Vera salió de la casa de Madison Street con el pelo todavía medio húmedo.
Llegaba tarde a la primera clase de la mañana.
Había perdido la noción del tiempo mientras corría y había acabado haciendo un circuito de casi quince kilómetros.
Cuando se había dado cuenta, había esprintado de vuelta a casa, se había duchado a toda velocidad y se había vestido con lo primero que había encontrado: una camisa blanca con un cárdigan verde oscuro y los mismos tejanos y botas del día anterior.
Había pasado la noche dando vueltas en la cama, incapaz de dejar la mente en blanco.
Incapaz de salir del bucle: ¿había hecho lo correcto?
Siendo totalmente sincera consigo misma, había estado a punto de ignorar la propuesta de Connor.
De hecho, lo había tenido claro hasta que se había sentado en su escritorio a primera hora de la tarde.
No, no iba a ir. No era una buena idea por muchísimas razones.
Por ejemplo, los cientos de rumores que, desde que había llegado a Cornell, no había dejado de escuchar.
Kasey había sido la primera en advertirle que no se mezclara con ellos, pero no la única.
Allá donde fuera, el nombre de Nathalie Porter la perseguía como la muerte a los vivos.
«Estaba en el campus y de repente ya no. Algunos dicen que la última noche que la vieron estaba llorando, escapando de ellos. Cagliari le hizo algo, te digo yo que ese cabrón es culpable de más de un crimen. Pobre Nathalie, con lo buena chica que era. Seguro que sus familias tuvieron algo que ver».
Porque ese era el otro tema recurrente en las bocas de los estudiantes de la facultad: los Hannaway, los Jeong, los Aster y los Cagliari.
Kasey no se cansaba de repetir que si Connor y sus amigos estaban entre los mejores estudiantes del JD era por sus familias.
«Manipulan a quien haga falta para conseguir lo que quieren», le había susurrado hacía un par de días en la biblioteca, cuando había visto pasar a Blythe y a Roman.
Y después, cuando se habían cruzado con Charles en una de las cafeterías del campus, había incidido (por enésima vez) en que ni se le ocurriera acercarse a ellos.
Esa era la estrategia que, al parecer, seguían los estudiantes de la facultad: mantener la distancia y hacer todo lo posible por no tener que interactuar con ellos a menos que fuera estrictamente necesario.
E, incluso, en estas pocas ocasiones en las que era inevitable cruzar unas palabras —un debate en clase o un «¿estás en la cola para pedir un café?
»—, los miraban y se referían a ellos con desprecio, rabia y, a veces, asco.
Sentimientos que solo se veían acrecentados cada vez que Roman, Blythe, Charles o Connor respondían con un aire de superioridad (claramente les importaba una mierda lo que pensaran de ellos) o miraban a sus compañeros de clase por encima del hombro porque no solo sabían que eran de los alumnos más inteligentes, ricos y bien posicionados de la facultad, sino que se recreaban en ello.
No, no eran las personas más queridas del campus.
Por ese motivo, Vera había tenido claro que iba a ignorar la propuesta de Connor.
Hasta que minutos después de sentarse en el escritorio de su habitación, se había levantado y salido por la puerta rumbo a la casa de ese chico que acababa de conocer (si una conversación podía considerarse conocer a alguien).
Había estado nerviosa. ¿Cómo no iba a estarlo? Estaba internándose en la boca del lobo pese a las mil señales de peligro dispuestas a su alrededor.
Pero era como si algo dentro de ella quisiera arrastrarla hacia esa casa.
No podía evitarlo.
Necesitaba saber cómo era estar con ese grupo. Aunque solo fuera una vez. Al fin y al cabo, no había conseguido sacarse sus nombres y sus rostros de la mente desde que los había visto en esa aula el día en el que había llegado a Ithaca.
Cuando Roman había abierto la puerta y había clavado sus ojos verdes y fríos en los suyos, había estado a punto de salir corriendo. Vera había podido sentir el recelo emanando de cada poro de su piel. Parecía un depredador preparado para defender a su manada ante un peligro inminente.
«¿Por qué me miras así?», quiso preguntarle, «¿qué te he hecho?».
Connor la había salvado. Había aparecido como un rayo de luz y la había acogido con una calidez totalmente opuesta a la actitud de su amigo.
Lo mismo con Charles que, aunque más cauteloso, había sido amable con ella y se había preocupado por que no se sintiera intimidada por Roman ni por Blythe, que la había observado con una mirada cargada de odio desde el sofá.
Entonces le habían empezado a preguntar por su llegada a Cornell, por las condiciones de su beca (información que Vera sospechaba que ya conocían pero que le estaban preguntando para probar su sinceridad), por su hermana, por sus padres…
Vera solía ser reservada y prefería observar desde la distancia antes que actuar, al menos en cuanto a relaciones se trataba.
No obstante, y contra sus propias expectativas, se había abierto y hablado sobre las dificultades de su llegada a Estados Unidos.
Incluso había confesado que si había roto lazos con sus padres había sido en pos de una vida en la que pudiera alcanzar el éxito y el poder.
De alguna forma que todavía no alcanzaba a comprender, se había sentido cómoda y tranquila y, cuando había llegado el momento de recoger sus cosas y marcharse a casa, había deseado quedarse un rato más.
Porque junto a ellos, se había sentido especial.
Y era esa sensación, más que cualquier otra, la que la estaba irritando y haciendo perder la cabeza. Porque no era un «especial» superficial. Era un «especial» peligroso.
Vera había presenciado lo que era el mundo de Charles, Connor, Blythe y Roman.
Reunirse cada miércoles para estudiar juntos en un inmenso salón y mantener debates que ni los alumnos más avanzados de tercero de JD entenderían.
Dejar un billete de cien dólares sobre la mesa para pagar unas pizzas que, como mucho, costaban sesenta.
Trabajar con ordenadores de última generación y escribir en libretas con bolígrafos más caros que todo el armario de Vera.
Para ella, un mundo inalcanzable.
Imposible.
Inaccesible.
¿O no…?
¿Y si la clave para acercarse a ese mundo que tanto deseaba eran esas cuatro personas?
¿Y si pasar rato con ellos la ayudaba no solo a mejorar en sus estudios sino también a posicionarse en la facultad?
Le constaba que los padres de Blythe, Grace y Heath Jeong, eran socios de Greenberg y en especial y por encima de cualquiera, a ellos.
Así que no, no tenía ganas de pararse a hablar con Kasey y su grupito, pero esta le estaba haciendo señas para que se acercara. No tenía escapatoria.
—¿No te estás congelando? —Se refería a su pelo, que todavía estaba húmedo.
—Oh… —La verdad es que era la primera vez que pensaba en que quizá caminar con el pelo mojado en pleno invierno no era una buena idea—. No he tenido tiempo de secármelo.
—¿Estás bien? Pareces… afectada . Cuando me fui a dormir ayer por la noche todavía no habías vuelto.
Ignoró el hecho de que Kasey estuviera pendiente de sus idas y venidas, y le dijo que sí, que solo estaba cansada.
Kasey abrió la boca para comentar algo más —seguramente insistir en que Vera estaba rara—, pero Susanna la interrumpió:
—Te lo juro, cada día los detesto más.
No hacía falta que siguiera la mirada de aquella chica. Podía intuir a la perfección a quiénes se refería porque, al igual que el trío de idiotas que tenía delante, Susanna era de las que no se esforzaba por ocultar el desdén que sentía hacia Roman, Blythe, Connor y Charles.
En efecto, allí estaban.
Los cuatro.
Acababan de llegar a la facultad. Por lo que parecía, Blythe les estaba explicando algo a sus amigos, porque estos estaban atentos escuchándola.
Roman se detuvo para encenderse un cigarro y le tendió otro a Connor, que se lo agradeció con una palmada en la espalda.
Vera se fijó en las manos del chico de ojos verdes.
Tenía las muñecas vendadas, como si estuviera intentando cubrirlas para que nadie reparara en su piel.
¿Estaría aquello relacionado con su ausencia la noche anterior?
—Sobre todo Blythe —siguió diciendo Susanna—. Da asco lo perfecta que es.
—No es perfecta —apuntó Mark Tahoe. Vera pudo palpar el desprecio en su voz—. Ninguno lo es. Son unos putos desequilibrados.
—Ya sabéis lo que dicen. Dios los crea… —empezó Gavin.
El grupito murmuró su aprobación.
Vera nunca había sido invadida por un instinto de protección tan grande como el que la sacudió al escuchar las palabras de Kasey y sus amigos.
Se giró de golpe, dispuesta a decirles que se callaran, pero la chica pelirroja habló primero:
—¿Por qué vienen hacia aquí?
Kasey tenía razón, estaban caminando en su dirección.
Al ver que habían captado su atención, Connor esbozó una media sonrisa traviesa.
«Sí», parecía decir, «preparaos porque aquí venimos».
A su lado, Blythe fijó sus ojos rasgados en los grandes y azules de Kasey.
Se movía con una seguridad y una presencia imposibles de obviar.
Charles y Roman los seguían un par de pasos por detrás.
El primero parecía relajado, sumido en su propio mundo.
El segundo le daba caladas al cigarro como si aquello no fuera con él.
Como si no tuviera ningún interés en lo que estaba a punto de suceder.
Fue como si la Facultad de Derecho se hallara suspendida en un espacio-tiempo en el que solo existían ellos.
Vera sintió lo mismo que había sentido cuando los había visto por primera vez: fascinación, anhelo, atracción.
Al igual que también sintió ese anhelo de estar junto a ellos y no marcharse nunca.
Quería compartir más tardes a su lado, que Blythe le sonriera de la forma en que le había sonreído la noche anterior (como si entendiera algo sobre ella que ni la propia Vera comprendía), que Connor y Charles la acogieran al igual que ayer, que Roman la mirara con esa intensidad que solo era suya.
De forma inconsciente, o quizá de forma muy consciente, dio un paso adelante, acortando la distancia que la separaba de los cuatro estudiantes.
El gesto provocó que Kasey posara una mano sobre su hombro y Mark Tahoe, Gavin Fuller y Frank Root se colocaron detrás de ella, como perros guardianes.
Pero ella no necesitaba su auxilio.
—Vera… —advirtió Kasey.
Vera solo tenía ojos y oídos para los cuatro estudiantes que cada vez estaban más cerca.
¿Quién era Kasey en comparación con ellos?
Nadie.
¿Quiénes eran Susanna Parsley, Mark Tahoe, Gavin Fuller y Frank Root?
Nadie.
Cuando ya solo los separaban unos pocos metros, se detuvieron.
— Buongiorno, principessa —la saludó Connor, todavía sonriente y con la ligereza propia de quien sabe que tiene el control de una situación.
—Desequilibrados —volvió a murmurar Mark Tahoe.
El insulto no pasó inadvertido por nadie. Ni siquiera por el propio Connor, que solo ensanchó más su sonrisa. Era como si, en lugar de humillarlo, la ofensa hubiera alimentado su ego.
—¿Vienes? —preguntó.
Y Vera entendió tres cosas:
La primera, que le estaba hablando a ella. Solo a ella.
La segunda, que aquel «vienes» no era un «vienes» insustancial, de los que se empleaban para decir si «vienes a tomar algo» o «vienes un momento». No. Era un «vienes» trascendental. Connor le estaba pidiendo que tomara una decisión: unirse a ellos o darles la espalda.
Como leyéndole la mente, el chico murmuró:
—Aut necare, aut necari.
Vera dio otro paso al frente.
Y otro.
Y otro.
Porque la tercera cosa que había entendido era que aquella decisión la había tomado desde el primer momento en que los había visto.
Sí, desde ese instante, algo dentro de ella la había querido arrastrar hacia ese grupo.
No había otra opción.
No había otro camino.
Al menos, no para Vera.
Connor, Blythe, Roman, Charles y Vera dejaron atrás a Kasey y a su grupo de amigos. No se pararon a escuchar lo que seguro estaban diciendo a sus espaldas ni a mirar las caras de rabia y desprecio que les debían de estar dedicando.
Que dijeran y los miraran como quisieran.
Aut necare, aut necari.
«Matar o ser muerto».