Hijos dorados VII #3
16%

VII #3

Tras un labio partido y varias heridas, Roman había conseguido escapar y correr hacia la mansión.

No había recurrido a sus padres, sabía que no serviría de nada, pero aterrorizado de que Carter y Wess volvieran a por él, se había escondido en el pequeño armario que había debajo de las escaleras que daban a las habitaciones del servicio.

El problema fue que a la hora de cenar todavía no había salido.

Allí dentro no había tenido forma de saber qué hora era y el comedor quedaba demasiado lejos como para escuchar a su madre llamarlo a la mesa.

Fue Stefano quien lo encontró. Lo agarró por el cuello del jersey y lo arrastró fuera del armario.

«Qué se supone que estás haciendo aquí», le había gritado.

Llevaban un buen rato buscándolo. Roman había empezado a explicarle que se estaba escondiendo de su hermano y su primo, pero Stefano lo había silenciado con un tortazo.

«¿Esconderte? Los Cagliari no se esconden. Si el idiota de tu hermano te pega, tú se la devuelves. ¿Lo entiendes, mocoso?».

No, no lo entendía, pero había asentido. No podía hacer otra cosa.

Desde ese día, su padre dejó de ser su padre y pasó a ser Stefano: el hombre que estaba al mando de los negocios de la familia, el capo , el maltratador de su madre y la pesadilla que lo había acechado cada noche hasta que había sido lo suficientemente mayor como para entender que si no tenía corazón, no era su culpa.

—¿Te crees que soy imbécil? Si vengo a este bar es por algo, nadie va a llamar a la policía. —Carter le arrojó la bolsita con la marihuana y Roman no pudo hacer otra cosa que atraparla al vuelo—. Tengo la zona y los caramelos. Solo me falta un camello. Y tú, hermano, eres la persona perfecta.

—No. —Roman le lanzó la droga de vuelta y se cruzó de brazos.

Una cosa era que Stefano le diera órdenes que no podía negarse a cumplir.

Porque por mucho que lo aborreciera, Roman todavía dependía de su familia y estaba obligado a obedecer como un chucho.

Stefano se había encargado de pagarle los cuatro años de universidad en Dartmouth y, ahora, el JD.

Si Roman daba un paso en falso… adiós a Cornell.

Adiós a ganar la beca.

Adiós a su plan para escapar de aquel infierno.

Una cosa era estar forzado a cumplir la palabra de Stefano, pero otra muy diferente que Carter intentara meterlo en sus negocios paralelos de mierda.

—¿Cómo que no? —Carter volvió a inclinarse hacia él, pero Roman no titubeó.

—No —repitió—. No voy a ser tu camello. Búscate a otro.

Hizo ademán de levantarse. Ya había tenido suficiente, pero su hermano le apresó ambas muñecas con fuerza.

—Piensas que esto no va contigo, ¿no? Que estás por encima de mí.

Mírate, jugando a ser un estudiante rico de Derecho, yendo y viniendo con tu grupito de empollones como si fueras uno más.

—Le clavó los dedos con todavía más fuerza.

Roman hizo todo lo posible por mantenerse impasible—.

¿Cómo te sientes sabiendo que todo es una fachada y en el fondo eres como papá y como yo?

¿O acaso tengo que recordarte toda la mierda que llevas haciendo estos últimos años?

Creo que el policía al que enviaste al hospital de una paliza…

—Cállate.

Aquellas palabras fueron suficientes para que su mente, sin quererlo, recordara.

Era de noche. Roman se vio a sí mismo, de pie, en un callejón sin salida de un pueblo perdido en Pensilvania.

Había estado con Carter, esperando un camión que tenía que entregarles un cargamento de armas.

Y entonces habían aparecido dos policías.

Alguien los había delatado. En cuestión de segundos, Carter había disparado a uno de ellos, un balazo directo al pecho, y antes de desaparecer para llamar a Stefano y alertarle de que algo iba mal, muy mal, le había pedido a Roman que se encargara del otro.

Y eso había hecho Roman: encargarse. No había permitido ni que el policía sacara la pistola.

Se había abalanzado sobre él y lo había tirado al suelo.

El forcejeo lo había obligado a propinarle golpe tras golpe tras golpe en la cabeza hasta que había perdido la conciencia.

Solo había querido detenerlo, por eso no había sacado su arma.

Solo había querido frenarlo, por eso había utilizado los puños.

Pero había infravalorado su fuerza.

Había infravalorado el monstruo en el que era capaz de convertirse.

Él mismo había llamado a la ambulancia. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Dejarlo morir en el asfalto?

Quizás eso, la muerte, hubiera sido mejor que el destino al que lo había condenado.

Porque el policía, ese hombre que seguramente tenía una familia y amigos y toda una vida construida, había entrado en un coma profundo.

E incluso dos años después, todavía no había despertado.

Roman lo sabía porque se encargaba de visitarlo en el centro en el que llevaba ingresado desde esa horrible noche en Pensilvania.

Era su penitencia.

—¿Qué pasa, Romie? ¿Duele que te recuerden lo hijo de puta que eres?

Roman se zafó de su hermano y se levantó bruscamente. La silla en la que había estado sentado cayó al suelo con un golpe seco.

—Di lo que te dé la gana, pero no voy a ser tu camello.

Agarró su mochila y se marchó del Liberty sin importarle que el camarero, el cliente de la barra o quien fuera hubieran presenciado aquella escena.

Fue hacia su coche, lo arrancó y pisó el acelerador para largarse de ese lugar cuanto antes. Carter era capaz de salir del bar y empezar a perseguirlo como un loco.

Solo cuando hubo llegado a su casa y asegurado todas las puertas y ventanas con pestillo, se permitió caer sobre el sofá y cerrar los ojos asimilando la sensación aguda que le subía desde las manos. No hacía falta que mirara sus muñecas para saber el estado en el que estaban.

Perdió el sentido del tiempo. En algún momento de la noche el móvil vibró una, dos, tres veces. Lo ignoró. Volvió a vibrar. Lo sacó de su chaqueta, dispuesto a bloquear el número de Carter para que no pudiera volver a contactarlo, pero era Charles.

¿Roman? ¿Todo bien?

Habías dicho que me escribirías y llevas horas sin decir nada.

Estoy preocupado.

Dime algo cuando puedas, por favor.

Roman ignoró la punzada de dolor que le causó leer los mensajes de su amigo.

Por un momento, pensó en llamarle y contarle todo, sin tapujos ni medias verdades.

Que odiaba a su familia, que no soportaba ser su esclavo, que estaba harto de fingir y mentir, que le aterrorizaba pensar que en el fondo era todo lo que su hermano le había dicho: un hijo de puta, una rata criminal como Stefano, un Cagliari.

Al fin y al cabo, ¿quién había machacado tanto a ese policía que lo había dejado en coma?

, ¿quién había convencido a sus amigos de hacerle a Nathalie lo que le habían hecho?

, ¿quién tenía las manos manchadas de sangre?

Sí, había hecho cosas de las que se arrepentía, que lo perseguían por las noches (y tenía la certeza de que lo seguirían persiguiendo por el resto de sus días).

Había hecho cosas que solo un monstruo sería capaz de hacer.

Pero fue un pensamiento fugaz y, tal y como pasó por su cabeza, se fue. Si llevaba años ocultándole a sus amigos la verdad sobre su familia, era por una razón: cuánto menos supieran, mejor para ellos; cuánto menos supieran, más a salvo estarían.

Era consciente de que Charles, Blythe y Connor sospechaban; que intuían que tenía un reverso oscuro vinculado a su familia del que no estaba orgulloso, pero tampoco podía desprenderse (al menos de momento).

Pero mientras fueran solo sospechas, podía seguir adelante.

Mientras no descubrieran qué se cocía en las reuniones familiares a las que acudía recurrentemente y los motivos por los cuales a veces volvía a Cornell magullado y apaleado, podía fingir que todo estaba bien y que Roman era Roman y no un Cagliari.

Respondió el mensaje de Charles:

Ya estoy en casa, todo bien.

La contestación de Charles llegó al instante:

¿Necesitas algo?

No. Mañana nos vemos.

En el chat aparecieron tres puntitos. Charles estaba escribiendo. Borró el mensaje. Volvió a escribir. Volvió a borrar.

Sabía que su amigo no se creía ni una de sus palabras y estaba dudando de si debía confrontar la situación o dejarlo estar. El mensaje llegó:

De acuerdo. Buenas noches.

Sí, era mejor dejarlo estar. Porque no existía nada ni nadie que pudiera sacarlo del hoyo en el que se encontraba. Era demasiado profundo, demasiado abismal. Y si Roman tenía clara una cosa era que no iba a permitir que sus amigos se vieran arrastrados a esa oscuridad.

Bajo ninguna circunstancia.