Hijos dorados VII #2
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VII #2

—Parcialmente. He empezado a trabajar en la tienda oficial del campus para poder pagarme la vida en Cornell y… bueno, intentar ahorrar un poco.

—¿Tus padres no te ayudan? —Para Connor, que llevaba viviendo toda su vida de la fortuna de los Hannaway, aquello era impensable.

—No. Ellos nunca quisieron que viniera a estudiar a Estados Unidos.

Su plan ideal hubiera sido que me quedara en Lima.

Según ellos, todo a lo que podía aspirar se encontraba en casa, en Perú —dijo esto último con una mueca que oscilaba entre el dolor y la diversión.

Como si ni ella misma supiera cómo sentirse ante las palabras y los sentimientos de sus padres—.

Pero yo quería… más. —No paraba de darle vueltas y vueltas a uno de sus anillos—.

Cuando les dije que me habían aceptado en USC me juraron que si ponía un pie fuera del país no se harían responsables de nada; tendría que buscarme la vida.

Su voz se quebró al pronunciar la última frase.

Y fue esa vulnerabilidad, esa manera de mostrarse tal y como era, sin tapaderas ni mentiras, que le llevó a hablar.

—Pero te fuiste.

Ella lo miró.

Y cuando lo hizo, sus ojos no le parecieron tan iguales a los de Nathalie.

—Lo peor fue que mi hermana, Tina, decidió venirse conmigo. Eso les jodió incluso más.

—¿Dónde está ahora?

—Se ha quedado en California. Hace unos meses consiguió una visa y ha abierto un gimnasio con una amiga. Estoy sola en Ithaca.

Vera se concentró en su tableta, seguramente en un intento por desviar toda la atención que, de repente, se había posado en ella. Al fin y al cabo, no solo no los conocía de nada, sino que también debía de haber escuchado los mil rumores que corrían sobre ellos.

Pero a pesar del nerviosismo de quien interactúa con un grupo de personas por primera vez, había algo en ella que derrochaba seguridad e interés.

Estaba allí, saludándolos y explicándoles cosas como si fueran unos estudiantes más, como si le importara que la conocieran.

Y ello pese a todos los rumores y advertencias que debían de haberle llegado de los otros alumnos del JD.

Roman odiaba darle la razón a Connor, pero… quizá su amigo estuviera en lo cierto.

Quizás esa chica no era como Nathalie.

—¿No te ibas, Roman? —Connor se había desplazado hasta la cocina y removía con una pajita uno de esos cócteles dulzones sin alcohol que tanto le gustaba mezclarse.

—No. —Dejó caer la mochila sobre la mesa del comedor y se sentó en una de las sillas.

—Oh, me había parecido que sí.

Connor sonrió con triunfo y movió los labios lentamente pronunciando la palabra «intuición».

Imbécil.

En ese momento le hubiera gustado tirarle algo.

Llevaban una hora trabajando en silencio, cada uno concentrado en sus cosas (o eso parecía), cuando Connor decidió que había llegado el momento de pedir pizzas.

—No aguanto más, necesito comida. —Alargó la mano para buscar su móvil de la mesa del centro—. Vamos a ver, yo quiero una cuatro quesos, Charles una margarita, Blythe…

—La de crema de trufa —añadió la chica sin dejar de teclear en su ordenador.

—Eso. Roman, ¿tú la picante o también una cuatro quesos?

—Picante.

—¿Y tú, Vera? —Connor la miró, a la espera de una respuesta.

Pero Vera murmuró que no quería nada.

—¿No te gusta la pizza? Podemos pedir otra cosa si quieres —propuso Charles.

—No es eso. —Fueron sus únicas palabras.

Blythe habló por segunda vez desde que Vera había llegado:

—No seas tonta, aprovecha que le toca pagar a Roman y pide una.

—Pero si te toca pagar a…

Pero entonces, Roman lo entendió.

Vera no quería gastar dinero en pedir pizzas porque no podía permitírselo y Blythe le acababa de ahorrar el mal trago de tener que admitirlo delante de un grupo de personas que recién había conocido.

Porque una cosa era explicarles que podía estudiar en Cornell gracias a una beca (situación en la que se encontraban muchos estudiantes), pero otra muy diferente tener que admitir que no podía pagarse una mísera pizza.

Roman estudió a Blythe.

Seguía tecleando, como si la situación le importara una mierda; como si no hubiera sido la primera en oponerse (se había puesto como una furia) a que Vera se juntara con ellos.

Al parecer, pensó, su amiga había llegado a la misma conclusión que él. Por muchas similitudes que pudieran encontrar, quizá, solo quizá, aquella chica no fuera como Nathalie.

Claro que esa era una admisión que no iba a pronunciar en voz alta.

Roman entendía el orgullo de Blythe, porque era el mismo con el que convivía día a día y que muchas veces le impedía pronunciar un «lo siento» o «gracias» a tiempo. El mismo que lo obligaba a callarse toda la mierda que rodeaba a su familia y lo avergonzado que se sentía de formar parte de ella.

Precisamente porque entendía a Blythe y lo que debía de haberle costado tener aquel gesto, dijo:

—Un día me arruinaréis. Connor, llama ya y pide las pizzas. Pero que sean dos margaritas y dos cuatro quesos. Las podemos compartir.

Seguro que a la chica nueva le gustaba alguna.

Connor puso el altavoz y exclamó un buonaaaseraaa innecesario cuando el camarero del restaurante descolgó la llamada.

Roman desconectó. No necesitaba escuchar a su amigo pedir las pizzas en su italiano chapurreado pero que, según él, hablaba a la perfección porque había pasado cinco veranos seguidos en la Costa Amalfitana y bla, bla, bla .

Sacó su móvil para mirar la hora.

Tenía tres llamadas perdidas y cinco mensajes.

Eran de Carter.

Tenemos que hablar.

En una hora en el Liberty.

Eso se lo había dicho a las cinco. Eran las seis menos cuarto.

¿Hola?

¿Por qué coño no contestas?

Más te vale estar allí cuando llegue.

Tenía quince minutos para ir a su casa, buscar el coche y conducir hasta el bar que se encontraba a las afueras de Ithaca. Llegaba tarde. Joder.

Se levantó de la silla y empezó a recoger sus cosas.

—¿Qué ha pasado? —Charles se había acercado y él ni se había enterado.

Guardó el ordenador en la mochila y se puso la larga chaqueta negra.

—Carter —murmuró mientras sacaba un billete de cien dólares de su cartera y lo dejaba encima de la mesa.

—¿Necesitas algo? —Frunció el ceño, claramente preocupado.

—No. Después te escribo.

Charles se limitó a asentir, sabía que no podía hacer nada más por su amigo, y se apartó para dejarlo pasar.

Roman lanzó un «nos vemos luego» y abrió la puerta principal. Lo último que vio antes de salir a la calle fueron unos ojos dorados observándolo desde el sofá.

Carter lo estaba esperando con una expresión cabreada y un vaso de whisky. Se había sentado en una de las mesas más alejadas de la barra, lo que significaba que no quería que nadie los escuchara.

Roman se acercó y ocupó la silla frente a su hermano.

—Y aquí llega el niño rico de Cornell.

—¿Qué quieres?

Carter apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hasta que su rostro estuvo a escasos centímetros de los de Roman. Su aliento olía a alcohol y tenía las pupilas dilatadas, consecuencia de lo que se debía de haber metido esa tarde.

—Para empezar, que contestes al puto teléfono cuando te llamo.

—Estaba ocupado —lo dijo con un tono plano, carente de toda emoción.

— Estaba ocupado . —Carter lo imitó, despectivo—. Haciendo qué, ¿chupándosela a tus dos amiguitos?

—Ni se te ocurra mencionar a mis amigos.

Una cosa era que Carter le hablara mal y se mofara de él.

Eso podía aguantarlo sin problemas. Al igual que los puñetazos y patadas que llegaban en los momentos más inesperados, cuando nadie —en especial Stefano— estaba mirando.

Pero Roman no iba a consentir que su hermano pronunciara el nombre de sus amigos.

Por supuesto, Carter siguió:

—Me dais asco. Sabes lo que dicen de vosotros, ¿no? Que os folláis los unos a los otros. Que sois una especie de…

—¡Cállate la puta boca! —Roman golpeó la mesa con ambos puños.

El Liberty quedó en silencio. Roman sintió cómo los ojos de los clientes del bar se le clavaban en la nuca. Se centró en respirar y controlar el temblor que había empezado a sacudirle el cuerpo.

Su hermano se reclinó en la silla y soltó una carcajada que más bien sonó como un cerdo en el matadero.

—Tranquilo, Romie, tranquilo. Mira que te lo tomas todo en serio, eh. Bebe algo para relajarte.

Le hizo una seña al camarero, que se aproximó a la mesa con cautela. Roman murmuró que no quería nada, pero Carter lo ignoró. Pidió dos whiskies más. El camarero apuntó la comanda y unos minutos después les sirvió el alcohol.

Carter apuró su segundo vaso en apenas dos tragos.

Roman no lo tocó.

—Voy a empezar a vender en tu bonito campus.

Nada del otro mundo: hierba y coca. Pero se moverá bien.

Va a volar. Te sorprendería la cantidad de niños ricos que quieren meterse.

Pagan oro por un chute. —Rebuscó en el bolsillo de su chupa negra y sacó una bolsita de plástico transparente con marihuana—. Huélela, es de la buena.

—¿Estás loco? Esconde esa mierda. —¿Acaso pretendía que todo el Liberty lo viera?—. Como te arresten, Stefano va a ir personalmente a la cárcel a matarte.

Stefano era su padre, pero Roman nunca se refería a él así.

Había dejado de hacerlo hacía mucho tiempo, tras recibir una de sus primeras palizas a los cinco años.

Carter y él habían estado jugando con sus primos al béisbol.

Habían convertido el jardín de la mansión de Tunkhannock en un campo improvisado y se habían dividido en dos equipos.

A Roman le había tocado batear. Tres strikes después lo habían eliminado y Carter y Wess —uno de sus primos— se habían abalanzado sobre él para enseñarle el trato que recibían los perdedores en la familia Cagliari.