VII
VII
—Esta es la peor idea que has tenido en mucho tiempo. —Era como la sexta vez que Blythe repetía aquello.
Estaban los cuatro en el amplio salón de la casa que Connor y Charles compartían en Ithaca.
Como cada miércoles, se habían reunido allí después de clases para pasar un rato juntos repasando sus apuntes y avanzando con los trabajos que tenían pendientes.
La idea se le había ocurrido a Connor a principios de año.
Según él, de esa forma reforzarían su amistad y su conocimiento se vería enriquecido.
—Colectividad frente a individualismo —les había dicho tras proponerles el plan.
Y cuando todos se le habían quedado mirando como «qué te has fumado», había citado a Marx. Vamos, que había sido imposible llevarle la contraria.
Y ese era el motivo por el que, cada miércoles desde principios de curso, se reunían allí. Solo que aquel miércoles era diferente, porque Connor había decidido —por algún motivo que todavía nadie entendía— invitar a la chica nueva.
Sí, la que se parecía a Nathalie.
Blythe estaba de los nervios; Charles, más callado de lo normal, y él, al borde de agarrar sus cosas y largarse al gimnasio.
Como si no tuviera suficiente con lo que lidiar.
De forma inconsciente, su mente vagó a ese último fin de semana, en el que había tenido que acudir a la mansión de Tunkhannock para hacer acto de presencia en una de las reuniones familiares de los Cagliari.
Como de costumbre, alguien había acabado derramando sangre sobre la alfombra y Betsy, la amante de turno de su tío Andrea, había tenido que salir corriendo a por gasas.
Y también como de costumbre, había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano por ignorar las burlas, amenazas y presiones de sus familiares.
Que cuánto tiempo iba a seguir escondido en esa puta universidad (pues el que le diera la gana), que si ya era hora de que hiciera algo para demostrar su lealtad ante los Cagliari (¿no había hecho suficiente?), que si se le estaba olvidando de dónde provenía (ya le gustaría), que si esto, que si aquello.
La mitad de los días del año, Roman deseaba poder enviar a todos los Cagliari a la mierda.
La otra mitad, matarlos.
—He tenido una intuición. —La justificación que Connor les estaba intentando vender desde hacía horas lo trajo de vuelta al salón.
—Tus intuiciones se pueden ir a tomar por culo. —Blythe caminaba de un lado para otro del salón, una bomba a punto de detonar.
—Creo que te has pasado un poco —apuntó Charles de camino a la cocina abierta. Se sirvió un vaso de agua.
—¿Ahora también vas a defenderlo?
—No es eso.
—Sí, sí que lo es. Siempre lo defiendes. Incluso cuando hace estupideces tan sumamente grandes como invitar a una chica que nadie conoce a vuestra casa y que, por si no lo he dicho antes, se parece a Nathalie Porter.
—Deja de hablar así —advirtió Charles.
—Y deja de repetir ese nombre —añadió Roman.
—Entonces deja de defender a tu… a tu… —dijo Blythe, dirigiéndose a Charles.
—Connor —completó Roman.
—Eso.
—¿Podemos no adelantarnos a los acontecimientos?
No sabemos si va a venir —masculló Charles con la mirada clavada en su vaso de agua, ya fuera para evitar el conflicto o a su amigo, que observaba la escena divertido desde el sillón orejero marrón que se había empeñado en traer desde su ático de Nueva York.
—Exacto —coincidió Connor—. Además, como ya os he dicho, he tenido una…
—Como vuelvas a decir «intuición» voy a reventarte el vaso de Charles en la cara.
— Ragazzi , calma. Charles tiene razón, no sabemos si Vera Velasco va a venir. Y si lo hace, qué más da. Ella no es Nathalie…
—No. Digas. El. Nombre —repitió Román.
— … Porter. Ya lo veréis. Blythe, te sorprenderá lo transparente que es. Y Roman, nadie te está pidiendo que repitas errores y corras a follártela, aunque conociéndote…
Ya está, había tenido suficiente de esa mierda.
Como no se largara de allí alguien iba a acabar en el hospital del campus (ese alguien siendo Connor).
Se levantó del sofá y agarró su mochila, dispuesto a marcharse. Sus amigos empezaron a protestar diciendo que ni se atreviera a dejarlos solos (Blythe), que si salía por la puerta estaría demostrando que el individuo era más importante que el grupo (Connor) y que por favor se quedara (Charles).
Pero Roman los ignoró. Cruzó el salón en tres pasos, posó su mano en el pomo de la puerta principal.
Y en ese momento sonó el timbre.
Maldijo por lo bajo.
—¿Qué esperas? Abre —canturreó Connor.
Y eso hizo.
Abrió la puerta.
Más tarde se preguntaría por qué lo había hecho.
El camino fácil hubiera sido negarse y esperar a que la chica, al ver que nadie respondía, se marchara.
Blythe tenía razón: era una mala idea. No necesitaban revivir pesadillas ni mucho menos repetir lo que había sucedido hacía unos meses. Y menos él.
Sin embargo, abrió la puerta.
Debió de hacerlo con más fuerza de la que pretendía, porque la chica estuvo a punto de perder el equilibrio y caerse por los peldaños que separaban la casa del pequeño jardín exterior.
Cuando se hubo recompuesto, levantó la mano derecha en señal de saludo. En la izquierda sostenía la libreta medio roñosa en la que había estado escribiendo frenéticamente esa mañana, cuando Connor la había abordado en el jardín de la Facultad de Ingeniería.
—Soy Vera Velasco —dijo—. Connor me ha invitado.
Como invocado, Connor se acercó y, asomándose por encima de su hombro, exclamó:
—Vera, has venido. —Por su tono, cualquiera diría que la conocía de toda la vida.
Al verlo, la chica sonrió. Pero su expresión, consideró Roman, era falsa.
Carecía de sentimiento o emoción. Lo sabía porque él había empleado la misma arma justo ese fin de semana, en Tunkhannock, cuando se había visto obligado a tragarse el orgullo y mostrarse como una persona dócil y conforme pese a las ganas que había tenido de subirse al coche y alejarse todo lo posible de su familia.
—Pasa, pasa. Estábamos esperándote impacientes. —Connor se hizo a un lado y tiró a Roman de la mochila para obligarlo a hacer lo mismo.
Ese, pensó, era el último adjetivo que utilizaría para describir el ambiente que se había respirado hacía escasos minutos.
Desde el sofá, Blythe la estudiaba con una expresión de odio digna de admirar.
Charles se puso de pie y fue hacia Vera. Probablemente era consciente de la tormenta que se desataría si su amiga decidía abrir la boca.
—Dame —se ofreció, y agarró la chaqueta que la chica se acababa de sacar—. ¿Quieres algo de beber? Por cierto, soy Charles —dijo a la vez que le tendía la mano.
Vera se la estrechó.
Llevaba un jersey de cuello alto de rombos marrones, unos vaqueros oscuros más anchos que estrechos y unas botas negras de estilo militar que estaban de moda. Tenía las uñas pintadas de marrón y varios anillos. Su piel era de un ligero tono tostado y, sus ojos, dorados.
Como sus ojos.
No pienses en esa zorra , se reprendió. Pero las similitudes eran casi imposibles de obviar.
No solo era cómo se movía, con seguridad pero a la vez con reserva, como si un movimiento en falso pudiera revelar sus más oscuros secretos.
Era su voz, los anillos, la forma en la que se había presentado («soy Vera Velasco», apellido incluido), y por encima de todo, los ojos.
Agarra tus cosas y márchate, Roman. Esto no pinta nada, pero nada, bien.
Sin embargo, se quedó.
—Gracias —murmuró Vera. Cautelosa. Confiada.
—Ella es Blythe. —Charles la señaló y rápidamente, para que Vera no se fijara en su amiga (que seguía enfurecida), añadió—: Y él, Roman.
Vera se giró y clavó esos ojos en él.
Fue como si dos agujeros negros lo empezaran a absorber lenta, muy lentamente. Solo que no eran negros, sino dorados . Solo que no estaba siendo absorbido, porque seguía en casa de Connor. De pie. La mochila cargada a su espalda porque su plan había sido salir por la puerta pero todavía no…
—Hola. —Un saludo seco pero amable.
—Hola. —Una respuesta ronca y estrangulada.
Antes de que pudieran intercambiar una sola palabra más, Connor la rodeó con un brazo, alejándola de Roman y llevándola hacia los sofás.
—Siéntate donde quieras, Vera. Charles, Blythe y yo solemos ocupar el sofá o los sillones, alrededor de la mesa de centro. Roman prefiere la mesa del comedor.
La chica escogió uno de los sillones y, tras guardar su libreta en la mochila, sacó una tableta y un par de folios en blanco.
—¿Cómo vas con las clases? —le preguntó Charles. Luego le ofreció un refresco, que la chica aceptó, y se sentó junto a ella—. Transferirse desde otra universidad a mediados de curso no debe de ser nada fácil.
¿A qué se suponía que estaban jugando? , pensó. ¿No veían que no tenían nada que ganar y mucho que perder?
Al parecer no, porque Charles la animó a contestar a la vez que Connor le sonreía como si llevara años esperando ese momento.
Vera empezó a explicarles que, en realidad, no le había costado nada hacer el cambio. Su objetivo siempre había sido Cornell. Estaba convencida de que, de una forma u otra, acabaría allí.
—¿Estás becada? —Blythe lanzó la pregunta sin ningún tipo de miramiento y compasión porque, por supuesto, sabía la respuesta. Su amiga se había encargado de exprimir toda la información posible sobre Vera y explicárselo a ellos ese mismo día.
«Su familia no es nadie», les había siseado hacía unas horas, «su padre solía tener dinero pero lo perdió todo y ahora es un simple empleado en una empresa de seguros.
Tiene una beca del cincuenta por ciento pero aplicó para la completa, por eso trabaja algunas tardes en la tienda del campus, lo necesita para cubrir sus gastos», había expuesto como si aquello se tratara de un estudio de investigación y estuviera dispuesta a sacar la mejor nota.
Así que aquello era un reto. La estaba poniendo a prueba. Si mentía… Era mejor no pensar en cómo reaccionaría Blythe si la chica nueva se inventaba una vida que en realidad no tenía.
Pero Vera asintió.