Hijos dorados VI #2
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VI #2

Oh, claro. Se le olvidaba que, en lo que respectaba a Vera, a Roman solo le interesaba el Caso Magno.

—Creo que el primer paso es que los dos tengamos claro el caso. Podemos repasarlo y señalar aquellos hechos que consideramos más importantes. A partir de allí, haremos una lista de los argumentos que se nos ocurran. Una lluvia de ideas de la que poder partir.

—Voy a buscar el ordenador. Ponte cómoda.

Roman dejó la cerveza sobre la encimera y desapareció por las escaleras que llevaban a la segunda planta. Un poco sorprendida por el gesto, Vera decidió dejar sus cosas en la mesa grande y se sentó.

—Quizás hubiera preferido un supuesto mercantil, pero creo que podemos encontrar argumentos sólidos que defiendan la posición de Kelly. —La voz de Roman llegó hasta ella desde alguna habitación de arriba.

¿Cómo sería su habitación?

Apareció de nuevo tras un par de minutos y colocó el ordenador en la mesa, delante de Vera. También dejó una libreta con hojas a cuadros, un par de bolis, su móvil y lo que parecía un vaper . Agarró esto último y se lo llevó a la boca.

—¿Te molesta? —preguntó al ver que Vera seguía el movimiento de sus labios.

—No, Connor y tú estáis todo el día fumando, ya me he acostumbrado.

—Pero no te gusta.

—¿Dejarás de darle caladas a esa cosa si te digo que no?

—No.

—Entonces, ¿por qué lo preguntas?

Roman frunció el ceño.

—Curiosidad.

Vera no sabía cómo responder ni cómo interpretar aquel comentario, así que decidió volver al caso.

—Tenemos a Charlie Kelly, demandante y nuestro cliente. En 2015 es detenido durante un control de tráfico por la policía vial de Montana. Lo acusan de exceso de velocidad, conducir bajo los efectos del alcohol y portar un arma peligrosa en estado de ebriedad.

—La policía lo detiene sin una orden —Roman tomó el revelo— y es llevado a los juzgados a la espera de que se celebre una vista por causa probable en la que se evalúe si existen suficientes indicios para justificar la detención.

Vera se levantó, bolígrafo en mano.

—Kelly alega que, durante su estancia en los juzgados, fue físicamente agredido por varios policías. Una hora y media después del supuesto incidente, el juez competente declara que sí existían causas probables para detener a Kelly.

—Así que Kelly decide presentar una demanda por privación de derechos en base a la Sección 1983 del Título 42 del Código de los Estados Unidos y la interpone contra el condado de Rosebud y los cuatro policías que lo asaltaron.

—Presuntamente.

—Es nuestro cliente, Vera, por supuesto que fue agredido por esos hijos de puta.

Vera no pudo evitar esbozar una media sonrisa. Otra cosa no, pero Roman iba a meterse en el papel y a tomarse aquel caso como si fuera real.

Continuó:

—En su demanda, Kelly declara que los policías han vulnerado sus derechos de la Decimocuarta Enmienda al emplear fuerza letal durante la paliza que sufrió en los juzgados en 2015.

—Y aquí estamos —terminó el chico.

—Sí, aquí estamos.

Roman fue a la cocina y empezó a sacar cosas de la despensa: patatas fritas, galletas saladas, cacahuetes. Lo sirvió en boles y lo colocó en la mesa junto con un par de cervezas más. Se llevó una patata a la boca.

—La defensa de los codemandados es sencilla. Consideran que Kelly debería haber basado su demanda en la Cuarta Enmienda en lugar de en la Decimocuarta, porque en el momento de producirse la paliza el juez todavía no había resuelto sobre la existencia o inexistencia de causa probable.

—Estamos bailando alrededor de una línea muy fina —agregó Vera—.

Un hombre es agredido por cuatro policías y todo el caso se puede ir a la mierda por algo tan absurdo como un escrito mal fundamentado.

Nadie excusa la conducta que lo llevó a ser arrestado, pero eso no significa que pueda servir de saco de boxeo.

No hizo falta que Roman hablara. Vera sabía lo que estaba pensando.

Dura lex, sed lex.

—La clave es centrarnos en lo que realmente importa. —Roman escribió algo en su libreta y se lo enseñó.

Detenido vs. Preso preventivo.

Ella asintió.

—Si en el momento de la paliza Kelly era considerado un detenido, entonces debería haber basado su demanda en la Cuarta Enmienda. En cambio, si era un preso preventivo, esto es, si se encontraba sujeto al régimen de prisión preventiva…, no hay ningún problema en alegar la Decimocuarta.

—La contraparte defenderá que estaba detenido y que por eso el caso está mal fundamentado.

—Y nosotros tenemos que convencer al tribunal de lo contrario.

—Eso es. —Roman la miró con complicidad y le tendió la bebida que le había traído.

Esta vez, Vera la aceptó.

Y se quedaron así, en silencio. Roman le daba caladas a su vaper mientras miraba el techo absorto en sus cavilaciones. Vera apuntaba lo que habían hablado en su tableta y añadía posibles argumentos y contraargumentos.

Hasta que Roman lo interrumpió:

—Tendremos que machacar a Connor y a Blythe.

A sus amigos les habían asignado el mismo supuesto de hecho, pero defendían la posición contraria: la del condado de Rosebud y los cuatro policías que habían agredido a Kelly.

¿Qué significaba eso? Pues que el día en el que defendieran el Caso Magno frente al jurado tendrían que verse las caras en el estrado.

Siendo sincera consigo misma, Vera hubiera preferido enfrentarse a cualquier otro estudiante.

No porque Blythe y Connor fueran sus amigos, sino porque era consciente de lo brillantes que eran y lo letales que podían llegar a ser cuando se trataba de cuestiones académicas (en particular Blythe).

—¿Sin piedad? —Vera enarcó las cejas.

—Sin piedad —confirmó Roman—. Nada me daría más satisfacción que ver la cara de rabia de Blythe al perder el juicio.

—Dio otra calada y expulsó el humo—. Aunque pensándolo bien, que ganemos o perdamos da igual, lo que importa es lo bien que lo hagamos nosotros y cómo defendamos a nuestro cliente.

Gustarle al jurado. —Una calada más—. Al final solo cuatro personas conseguirán la beca.

Esas palabras pusieron en alerta a Vera.

Como cada vez que alguien hablaba de la beca, sintió un nudo en el pecho y su mente entró en bucle con el pensamiento de que era posible que ella no fuera una de las cuatro escogidas.

Sí, la resolución del Caso Magno era vital.

Pero no era lo único que contaba. La calidad de su participación en el simulacro les daría una serie de puntos, y estos tendrían que sumarse a la media con la que habían acabado primero de JD.

Ambos elementos determinarían su posición entre los quince.

Roman, Charles y Blythe no tenían mucho de lo que preocuparse.

Ocupaban los primeros puestos del ranking.

De hecho, Charles era el primero de la promoción, Blythe la tercera y Roman, el cuarto.

Connor estaba en la posición decimosegunda, aunque tampoco parecía importarle mucho.

Pero en su caso… era diferente. Era la décima, lo que significaba que tenía más probabilidades de quedarse a las puertas del billete dorado que de conseguirlo.

Y para Vera, conseguir la Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes era cuestión de vida o muerte.

Por eso, la mera mención del tema le generaba un malestar y un terror que a veces le era imposible gestionar.

Como en ese momento: se sintió invadida por un calor intenso y unas ganas de gritar lo salvaje que le parecía la forma en la que la facultad los llevaba al borde de la demencia y el agotamiento.

Y todo por conseguir aquella oportunidad.

¿Por qué no podían abrir más plazas? ¿Tan malo sería que diez personas pudieran gozar de la beca?

Pero lo que quería Cornell era causar esa sensación de exclusividad, de privilegio, y, lo peor, quería que solo cuatro personas pudieran ser las beneficiadas.

Con esa estrategia, la universidad mandaba un mensaje a sus estudiantes: ser admitido en una de las facultades de Derecho más reconocidas del mundo no era suficiente.

No.

Si de verdad querías destacar, debías coronarte como uno de los cuatro optimates , como solía llamarse a los estudiantes que eran galardonados con aquella oportunidad de oro.

—A veces me siento como un peón en medio de una partida de ajedrez. —Vera hizo todo lo posible por calmar su respiración. No podía dejarse llevar porque entonces los ojos se le empezarían a llenar de lágrimas y el pulso se le aceleraría y la visión se emborronaría y…

Para.

Tenía que parar.

—Lo somos. La cuestión es: ¿qué clase de peón quieres ser?

—¿A qué te refieres? —Inspiración, espiración.

—Bueno… —Roman agarró el vaso de cristal y empezó a deslizarlo por la mesa hacia Vera—, a mi modo de ver puedes ser un peón como cualquier otro o uno de esos que luchan, llegan hasta el final del tablero y… —dejó el vaso frente a Vera y, en su lugar, asió la cerveza— consiguen convertirse en reina.

Le dio un trago largo.

—Y tú quieres ser uno de esos peones —sentenció Vera.

Roman clavó su mirada en ella. No la apartó.

—A toda costa.